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Coliseo: capítulo V

Coliseo: capítulo V

Coliseo Relato Lésbico

Capítulo V

Como cada lunes en la mañana, la rutina del tráfico matutino en la ciudad, no evitó que llegara con buen humor y optimismo, consecuencia de haber convencido a Cetti de su propuesta. Estaba segura que Conti ya estaría informado y lo confirmó cuando tras cruzar la calle desde el parking, vio un camión de Ermiento descargando sacos de cinco kilos de cal, cemento y arena, inequívocamente los componentes de la argamasa.

Llegó a su lugar de trabajo, donde todos los obreros pululaban por el lugar solo para descargar y regresar a la entrada. Satisfecha llamó a Nataly, incapaz de hacer nada más en la obra hasta poder disponer del material.

-Hey, justo te iba a llamar.
-Dime que porque ya tenemos regalo para Ro.
-Si eso te hace feliz…Pero nada más lejos de la realidad. Estoy en blanco. Estoy a un paso de legarte ese asunto.
-Nataly, ¿me estás insinuando que te rindes?
-Lo único que digo es que pensé en un libro pero Emi y Gemma no se ponían de acuerdo, luego pensé en ropa o calzado, pero tras recorrernos el centro comercial, no nos poníamos de acuerdo. Vimos un reloj de esos de muñequera y al fin parecía que era el regalo perfecto, pero Laura nos dijo que ella ya le había comprado uno. Así que sí, me rindo.
-¿Qué tal un ipod? Creo que le sacaría bastante provecho.
-¡¿Serás…?!
-Eh eh eh.
-No se me había ocurrido. Pero oye, para esas cosas yo no tengo ni idea. Vas a tener que acompañarme.
-El sábado hablamos.
-¿Sábado? ¿Y qué hay del viernes?
-No lo sé. He tenido cambios en el trabajo y mucho por hacer, pero te llamo, ¿ok?

Cuando llegó a la pequeña terraza de la cafetería, pudo ver a Hali Dalaras sentada en una de las mesas, totalmente absorta en ojear el periódico, mientras que seguramente esperaba por su rutinario capuchino. No pudo evitar sentir la tentación de acercarse a su mesa, sin embargo lo único de lo que fue capaz, fue de sonreír al ceño fruncido de la mujer y como con un movimiento de su mano apartaba parte del cabello de su rostro situándolo tras su oreja. Prefiriendo no entorpecerla mientras ojeaba mirarla furtivamente, tomó asiento en otra mesa cercana, al tiempo que un familiar sonido salía de su móvil.

Sin demorarse mucho, abrió el mensaje esperando que Nataly le contara que habría buscado la solución para el regalo de Ro, pero lo que se encontró fue con uno de los mensajes inocuos de Celina “Tenemos que hablar, tengo algo que contarte”. Por un instante no pudo evitar que un rayo de esperanza la llenara desde algún lugar involuntario y lejano a la sensatez y su conciencia. Quizás ya se había cansado de hacer de su vida una película, quizás había sacado al fin el valor necesario para ser quien era, quizás el echarla de menos le había hecho retomar su corazón y hacerlo suyo, no a merced de su familia, amigos y amigos de sus amigos. Habría pagado con la mitad de su alma por ser testigo de que el amor era más poderoso que cualquier otro sucedáneo a ese sentimiento, a pesar de que igualmente eso no podría borrar el daño hecho.

Durante unos minutos el mundo se paró a su alrededor, incapaz y lejana del murmullo de la gente, los claxon de los coches, los gritos de los niños que correteaban por la plaza, ni tan solo la voz de Jim cuando le dejó su café sobre la mesa.

En un segundo, como si un golpe despertara su consciente, regresó a la realidad, volviendo a ser consecuente con todo lo que le rodeaba. Ladeó su cabeza mientras alzaba sus ojos grises de aquellas palabras digitales, promesas de un deseo irreconciliable con la realidad. Alzó sus ojos hacia el tumulto de personas a su alrededor y solo le bastó un segundo para darse cuenta de que su deseo y la realidad estaban divididos por un fino velo, más potente e impenetrable que su necesidad de creer, la verdad, que no era otra que ella ya no estaba, Celina no era sino un recuerdo que traía consigo cientos de fantasmas, algunos pululaban por su mente como hechizos de magia blanca y pura, pero otros se clavaban en su corazón como dagas ardientes que tardaban más en ahondar con solo un recorrido por los días felices que había compartido con ella, que en sanar en cada mes que utilizaba en llegar a la otra orilla con la imagen de verla acercarse al altar al lado de su marido. Respiró hondo devolviendo sus ojos grises a la pantalla de de su teléfono y no dudó en pulsar a botón de borrar. Sin poder evitar sentir un escalofrío al recordar cuanto tiempo había pasado lamentándose y lo culpable que se sentía de dejar que le afectara ese ápice que aun era capaz de herirla, giró su cabeza hacia la mesa de la escultora, esperando quizás que una de sus sonrisas le hiciera olvidar aquel sentimiento agotador y si hiciera falta acercarse a charlar un rato sobre su trabajo o lo que fuera.

Solo descubrió una taza vacía en una mesa desierta ante la cual un grupo de turistas rubios, casi albinos trataban de distribuirse el espacio para sentarse ante ella.

Su mirada giró por el espacio hasta dar con la silueta de la otra mujer que avanzaba hacia la puerta atravesando con paso firme la concurrida plaza.

Dio el último sorbo de café. Metiendo la mano en su bolsillo, dejó cinco euros sobre la mesa y tomando su casco emprendió el camino hacia la entrada, masticando aún la comida en su boca.

Avanzó hasta quedarse a unos diez metros de la otra mujer. Metió la mano cuyo brazo rodeaba el casco apoyado en su cintura, en el bolsillo, mientras que con la otra intentaba apartar cualquier rastro de azúcar glas ayudada de su dedo pulgar y corazón en ambas comisuras de sus labios.

Hali caminaba ajena a cualquier cosa que no fuera llegar con el descafeinado a salvo hasta el monumento, evitando tropezarse con la gente que merodeaba el lugar.

Con ambas manos en el bolsillo Raquel observaba su espalda, el ondear de su pelo que el impulso lo hacía bailotear hacia su espalda y su silueta perfectamente enmarcada bajo sus vaqueros ceñidos a sus caderas. Arqueó su ceja y rascó su nariz como siempre e involuntariamente solía hacer cuando no quería ser descubierta en algo que se guardaba para sí. Sonrió de sí misma, de estar haciendo realmente lo que estaba haciendo. Luego aceleró su paso hasta colocarse junto a la otra mujer.

-Buenos días escultora.
-Buenos días -respondió la escultora girando su rostro hacia ella, notando como la fría y distante mirada de hacía un momento, ahora había cambiado a una mucho más afable y cálida.
-¿Tu ayudante ya ha regresado?
-Pues sí, no en muy buenas condiciones, pero ahí está. ¿Qué tal te fue con tu propuesta?
-¿Cetti? Todo para adelante.
-Me alegro de oír eso, y no me extraña. Imagino que sacaste tu mejor cara de …hormigón armado.
-No -respondió con una amplia sonrisa-. En realidad no me hizo falta, me bastó con no dejarle opciones.
-Yo diría que eso sonó precisamente a hormigón armado -replicó mirando a sus ojos y arrugando su nariz con una de sus únicas sonrisas.
-Bueno, ¡vaya una reputación que arrastro! -dijo Raquel desviando sus ojos hacia adelante.
-No, yo…-Hali aminoró su paso e intentó disculpar sus palabras temiendo haber sobrepasado alguna línea invisible que hubiera molestado a la otra mujer.
-Venga, solo bromeaba -dijo con una blanca y abierta sonrisa, colocando su mano en su hombro por un instante, el suficiente como para sentir la calidez sobria de su contacto.

Hali caminó por inercia con sus ojos verdes momentáneamente en la parte de su hombro en donde la había tocado.

-No me gusta nada ser predecible, pero la verdad es que tienes razón.

Hali la miró interrogante mientras no podía contener sonreír al perfil de la otra mujer que parecía seguir en la tarea de bromearla.

-No lo creo.

Ahora fue Raquel la que miraba el perfil de suaves líneas de Hali que caminaba con sus ojos hacia adelante. Durante unos pocos metros, ninguna de las dos medió palabra alguna. Raquel miraba de reojo a la mujer a su lado, que caminaba con paso firme a medio camino de la entrada.

-¿Cómo llevas tus remiendos de Eros? -preguntó con la necesidad de romper el silencio y con una tímida necesidad de sentir su mirada una vez más.
-¿Remiendos? Con remiendos te refieres a mi trabajo, claro -contestó la escultora ladeando su cabeza y aminorando su paso, jugando a hacerse la ofendida con la frente arrugada.
-Oye, perdona, quería decir…-Raquel estiró su mano colocándola en el antebrazo de Hali mirándola con seriedad esperando que no añadiera la irrespetuosidad al escandaloso currículum que la escultora empezaba a hacerse de ella.
-Tranquila, ahora era yo la que bromeaba -Hali golpeó su mano con una de las suyas en unas pequeñas palmadas, con una sonrisa que a Raquel le pareció que iluminaba la plaza y paraba toda actividad consciente a su alrededor.
-Touché -dijo la otra mujer ladeando su cara hacia el lado opuesto a la mujer escondiendo una leve sonrisa y asintiendo con su cabeza.

En ese mismo momento el guardia de la entrada les abrió paso entre la fila de turistas. Raquel cedió el paso a la escultora que avanzó ligera por el pasillo.

Raquel contemplaba a lo lejos, como los peones habían colocado finalmente todo el material. Pudo distinguir a Conti entre ellos dándoles instrucciones con el plano abierto entre sus manos. Avanzó con la idea de unirse a él y escuchar sus palabras, sin percatarse de que Hali ya daba los últimos pasos hacia la escalera que la llevaría hasta su taller.

-Arquitecta. -Raquel frenó en seco su paso al escuchar su voz. Se encontró con la mujer en el segundo escalón con una de sus manos apoyadas en la fina barandilla de metal negro.
-Recuerde que el mármol puede parecer sutil, pero aunque esté disfrazado en bellas líneas y formas, siempre será mármol al fin y al cavo.
Raquel no consiguió mediar palabra alguna a las suyas, simplemente se quedó mirando sus ojos verdes desafiantes y su sonrisa con un leve tono irónico durante el instante que se tomó en dar sentido a sus palabras. Finalmente le sonrió comprendiendo su alusión.
-Suerte con todo -añadió Hali apuntando con la barbilla a su lugar de trabajo y al equipo que posiblemente esperaba por ella.
-Lo mismo digo.
-Hasta luego -dijo mientras emprendía la subida a la empinada escalera.

Solo le guiñó un ojo antes de darse la vuelta colocando su casco en su cabeza y emprender su camino hacia el fondo del pasillo. Extrañando al momento la sonrisa y la mirada de la mujer que dejaba atrás, se giró dando un par de pasos de espalda, indecisa en qué medio usar para lograr ver sus ojos una vez más.

-Te veo mañana para el café- gritó antes de que la otra mujer llegara al final de su escalera.
-Es un hecho. -respondió Hali con su dedo pulgar hacia arriba.

Dejó de avanzar de espaldas y se giró caminando con ímpetu por entre las columnas, manteniendo su sonrisa unos paso más.


-Eres mi salvación -dijo Andrea nada más ver entrar a Hali por la puerta del taller, acercándose a ella mientras pasaba una vez más un clínex arrugado por su nariz enrojecida.
-Toma anda. Mira que eres bruto, debiste de haberte tomado un par de días más.
-Tonterías. No puedo estar encerrado en casa sin hacer nada y encima dejarte este placer solo para ti -respondió quitando el vaso de líquido de su mano.
-Eres un buen ayudante… pero terco como una mula -dijo acercándose y diciendo esto último junto a su oído.
-No sé como tomarme eso… Por cierto… ¿qué te pasa?
-¿A mí? Nada ¿a qué viene eso?
-Hali Dalaras, a ti te pasa algo. De hecho entraste por esa puerta como si el mismísimo Eros te hubiera abierto la puerta ¿Nos han ampliado el plazo del final de la restauración?
-Las ganas Andrea. Para nada. Tendremos suerte si no nos lo recortan.
-Pues será lo que quiera que sea, pero algo te pasa.
-Andrea, está dopado -respondió la escultora tratando de apartar un pensamiento de su mente y centrándose en acercarse a ver los avances en la escultura ante ella.
-Evádete cuanto quieras pero mi olfato me dice que algo pasa.
-¿Tu olfato? -preguntó con sarcasmo mirando directamente a su nariz hinchada y enrojecida, rodeada por un nuevo clínex.
-No te hagas la lista, o mejor aún, no me des por tonto. Tú sabes a qué me refiero.
-Te diré lo que me pasa. Tengo un ayudante que apenas se tiene en pie. Vete a casa y date un baño de agua caliente, acuéstate en el sofá y ponte a ver esas pelis de los cincuenta que tanto te gustan.
-Juro que me tientas, pero no.
-Pues ve a la sala, mira que todo esté en orden y supervisa a los demás, pero sal del taller, esto está lleno de polvo.
-De acuerdo jefa -dijo comenzando a caminar hacia la puerta del fondo que comunicaba directamente con la sala de exposición-. Pero sé que algo pasa. Lo sé….. -Y un estornudo le impidió acabar con la frase.

Hali tomó su bata blanca de su perchero y sujetó su pelo en una cola. Sus ojos verdes se desviaron desde el grupo de universitarios que inundaban en el fondo del monumento, hasta una zona cercana al taller. Observó a Raquel Eiraldi hablando con Conti, señalándole varios puntos en el plano abierto ante entre las manos del hombre.

Una leve sonrisa iluminó su rostro fijando sus ojos en la otra mujer que se movía ligera y dispuesta por entre los miembros de su equipo, los sacos de cemento, cal y las máquinas que llenaban su espacio de trabajo.


Tras dar las pertinentes instrucciones al equipo, todos los obreros se pusieron manos a la obra. Los destellos de los sopletes que cortaban los hierros para el cocido, salpicaban un par de metros alrededor de la zona destinada para ello.

Raquel tomaba las medidas necesarias para los cortes de los dos primeros pilares, un tanto incómoda por llamar la atención de los turistas que merodeaban por el lugar a pesar de la lejanía que los separaba.

Entregó las medidas al obrero soldador y se encaminó hacia su mesa elevando su mirada un instante hacia las dos ventanas que daban hacia fuera desde el taller de restauración.

Cogió su móvil de su mesa y marcó alejándose pasillo adelante, casi hasta llegar hasta la escalera que la separaba del taller.

-¿Carla?
-Raquel, ¿qué tal? ¿Algún problema?
-Ninguno que no pueda lidiar.
-De eso no me queda ninguna duda.
-Oye ¿cómo te va con la obra de San Basilio?
-Muy bien, ya casi tengo domesticado a Paolo. -Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Raquel-. Lo tendremos para el plazo convenido. Ya han empezado a venir a visitar el piso piloto y los de la inmobiliaria están contentos.
-Permíteme que dude lo de Paolo. Es el mejor capataz que conozco pero tiene un problema muy gordo a la hora de poner atención a lo que se le ordena…y a reconocerlo.
-Eso se acabó. Le he comprado una agenda electrónica y le dejo todo por escrito con días de antelación.
-Muy ingeniosa.
-Lo soy, pero porque conseguí convencerlo asegurándole y perjurándole que se trataba de un regalo por su gran labor y eficiencia. Como ves no te asociaste con cualquiera.
-De eso no me queda ninguna duda. Por cierto ¿qué te parece si comemos juntas y nos ponemos al día?
-¿Qué pregunta es esa Raquel? Me muero porque me cuentes todo de todo. Dime solo cómo lo hacemos.
-¿Te viene bien pasar por mí?
-¿Al Coliseo?¿Bromeas? Dime una hora que te venga bien, me ajustaré a lo que me digas.
-¿Te va bien a las tres?
-Claro. Cuenta conmigo. Conozco un restaurante con especialidad en pastas por la zona.
-Pues te espero.
-Te veo en una hora. Chao
-Chao.

Caminó hacia su mesa pasando junto al soldador que ya tenía un buen montón de barras amontonadas a su lado, colocadas por tamaños.

-¿Cómo lo llevas Pietro?
-Todo bien. Tenemos material para dos de los pilares.
-Deberíamos comenzar con uno de ellos. Esta misma tarde.
-En realidad, por mi parte, podríamos empezar ya mismo.
-Cierto, eso nos daría más tiempo para el secado y podríamos ir secuencialmente con cada pilar, antes de se sequen para aplicar la argamasa.
-Dos compañeros andan ya purgando las grietas del segundo pilar.
-Lo sé. Daré la orden de que comiencen con el cocido de la primera.
-Saldrá en el plazo convenido, ya lo verá.
-No lo dudo, sois un equipo muy capaz.
-Y usted se lo toma en serio, no es como los demás arquitectos con los que hemos trabajado a los que apenas les vimos el pelo un par de veces en cada proyecto.

Raquel le dedicó algo parecido a una mirada cómplice antes de acercarse al resto del grupo y dar la orden de comenzar con el cocido del primer pilar.


El reloj marcaba las dos y cinco cuando se acercó hacia la puerta en busca de Carla. Sabía que le ilusionaría entrar al monumento, estar en sus mismísimas entrañas, escudriñar toda aquella zona vetada al público.

Vio su silueta en medio de las pocas personas que paseaban por la plaza. Hacía un sol de justicia que caía sin piedad obligando a los pocos turistas del lugar a guarecerse en cualquier sombra que ofrecía los muros del edificio, los árboles, el pequeño toldo de la cafetería que lucía llena a rebosar en esos momentos.

-Aquí estoy cariño, puntual como un reloj londinense.
-Hola -dijo Raquel dando un beso en su mejilla.
-Ahora dime que me vas a invitar a entrar.
-Contaba con ello. Sígueme.

El guardia abrió la pequeña reja que mantenía cerrada a esas horas y ambas mujeres se introdujeron por los majestuosos pasillos, llenos de columnas, pilastras, arcos.

Carla apartó sus gafas de sol y dejó vagar su mirada experimentada por el lugar.

-Cielo santo, es grandioso.

Raquel no añadió palabra alguna a su socia. Compartían la pasión por su trabajo, y podía entender el estado de éxtasis que estaba viviendo Carla en ese instante. Caminó tras ella dejándola disfrutar de la majestuosidad de las estructuras del monumento.

Cuando llegaron a la zona de los contrafuertes, Carla no pudo evitar su visión crítica y profesional al respecto.

-Poner hormigón en esto es un sacrilegio.
-Sí, por eso convencí al concejal para usar argamasa.
-El cocido le dará consistencia, quizás más elasticidad que el hormigón pero respetará la estructura.
-Tú sí que sabes.
-Estás haciendo un buen trabajo.
-Eso espero, quizás sea el último que haga mientras Cetti esté de concejal, pero se hará como se debe hacer. Carla le sonrió complacida de la ética de su socia.
-Y ahora querida socia, llévame a comer -Raquel puso su brazo por su hombro y la dirigió hacia el pasillo de salida.
-Es verdad. Además, se me olvidó decirte que a las seis he quedado en la oficina con un cliente de los que a ti te gusta, una constructora. Me va a exponer los términos de su contrato, pero tiene la intención de C&R tengan la exclusividad de sus proyectos.
-¿En serio? Eso nos llenaría de proyectos al menos durante cuatro años.
-O más.
-Buenas tardes. -Una voz se escuchó que las hizo dirigir sus miradas hacia la mitad de la escalera.
-Hola Hali -dijo Raquel sorprendida de verla a esas horas por el lugar- .Te presento a mi amiga y socia, Carla Bernini.
-Un placer.
-Hali Dalaras es la restauradora asignada para el museo de Eros.
-Hali Dalaras, ¿del museo Campidoglio? -preguntó a la mujer mientras caminaban juntas hacia la salida.
-Así es -respondió cambiando su sonrisa por un gesto de extrañeza que de alguna manera amplificó el color verde de sus ojos.
-Conozco su trabajo, es excelente.
-Vaya, muchas gracias. No mucha gente reconoce a los que nos dedicamos a remendar obras de arte -miró hacia Raquel haciendo una mueca con sus labios con una sonrisa discreta escondida en su mirada.
-¿Remendar? Es el arte de conseguir que el arte no muera. -Carla observó la sonrisa en la cara de Raquel, bajando su mirada a un punto cualquiera del suelo ante sus pies.
-Nos vamos a almorzar, si quiere acompañarnos sería un placer -dijo mirando de reojo la aprobación de Raquel que solo arrugó su frente extrañada ante la espontaneidad de su invitación.
-No puedo, lo siento. Hoy mi equipo y yo comeremos en el taller, vamos con un poco de retraso y no dejan de presionarnos.
-Seguro, es lo mejor que saben hacer esos lameculos del ayuntamiento. En fin, pues vámonos Eiraldi. Nos esperan unos buenos platos de espaguetis a la boloñesa.
-Sí. Hasta luego Hali –respondió la arquitecta comenzando a avanzar junto a su amiga pero sin apartar sus ojos de Hali por unos leves instantes.
-Buen provecho.

Hali separó su camino del de las otras dos mujeres, encaminándose hacia la cafetería, mientras que las otras siguieron el camino contrario.

-Es toda una artista esa mujer.
-Sí, eso parece.
-Y es bastante guapa. Creía que sería un tanto… ya sabes…museo, trabajar en el Campidoglio.
-Sé a lo que te refieres, pero no, Dalaras no es así, ella…
-Ha despertado tu interés -la interrumpió.
-¿Y eso a qué viene? ¿De dónde sacas eso?
-Tus ojos, su sonrisa, algo se está cociendo y yo sé oler una buena sopa antes de que empiece a hervir.
-Tu celebro, eso es lo que se está cociendo. Anda busquemos una sombra, ya empiezas a preocuparme.
-Te conozco desde la universidad Raquel, sé lo que digo y se me da perfectamente leer entre líneas.
-¡Ay madre! Sí…sí. Lo que tú digas, camina anda, que ya se ha puesto en verde.

Carla emprendió su paso por el paso de cebra sorteando a la gente que se cruzaba con ella en sentido contrario. Raquel, a su lado, ladeó su cabeza y vio la espalda de Hali alejarse de ellas rumbo al otro extremo de la plaza. “¿Su sonrisa?”, pensó un instante antes de devolver su atención al otro lado de la acera.


La comida duró no menos de dos horas, como siempre que se reunían las dos. Alertadas por el paso del tiempo y volver a sus respectivos trabajos, se despidieron en la puerta del restaurante.

Media hora después, Raquel entraba en su la obra, esperando encontrar a los obreros en la labor de cocido del primer de los pilares, Sin embargo se sorprendió de que esta ya estuviera alicatada y la mitad del equipo estuviera concentrado en limpiar el segundo y tercer pilar.

-Buenas tardes Sra. Eiraldi -dijo uno de ellos justo a su lado, esperando que de un momento a otro la mujer se rodara de su espacio de trabajo.
-Disculpa -dijo apartando la mirada de los pilares y encontrándose de lleno con la aguda y burlona mirada del peón al que el primer día de trabajo tuvo que parar los pies.
-¿Señora?

El hombre no respondió, solo se quedó expectante esperando quizás otra reprimenda.

-Pietro, si hay algo que me moleste tanto o más que me miren el trasero, al menos en horas de trabajo… -arqueó sus cejas arrugando su frente levemente -es que me traten de señora.

El hombre asintió con su cabeza, con respeto y un pequeño atisbo de vergüenza en una tímida sonrisa al recordar aquel momento.

-Buen trabajo.
-Gracias… Eiraldi…-Pietro se quedó clavado al momento en el que se percató de haberla llamado por su nombre -. Hemos comenzado con la limpieza de las grietas de los demás pilares.
-Sí, me he dado cuenta. Se lo dejaré saber a Conti y a Cetti. -Raquel sonrió levemente, reconociendo de nuevo que una vez marcada la línea roja, la cercanía a su equipo, siempre era la mejor manera de sacar lo mejor de ellos.

Tras dar una ojeada al pilar recién alicatado se fue hacia su mesa, no sin antes poder evitar alzar su vista hasta la ventana del taller con una leve sonrisa que se le dibujó en su rostro, recordando las palabras de Carla. Sin poderlo evitar el pensamiento de que su observación hacia la escultora fueran ciertas, hizo que su mirada gris expresara un ligero atisbo de ilusión.

Empezaba a caer la tarde y tras contemplar el buen trabajo que había hecho su equipo de trabajo con el segundo de los pilares, dio por terminada su jornada laboral. Varios de los hombres tomaron las palabras de Raquel como una liberación y se encaminaron directos a guardar las herramientas de trabajo, mientras que un par de ellos, haciendo caso omiso, se esmeraban en dar los últimos toques al pilar en el que habían pasado toda la tarde.

Raquel, analizaba el trabajo en el primer de los pilares. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro al ver a aquellos hombres rematando su trabajo por propia iniciativa.

-¡Dejado ya chicos! Mañana será otro día -dijo intentando parecer complacida con su actitud.

Los hombres empezaron a recoger sus útiles y dejar el espacio libre y limpio.

Como si algo más rondara en su cabeza durante toda esa tarde, Raquel alzó sus ojos hacia el cristal de la planta superior, de donde salía la luz necesaria como para que iluminara parte de su zona de trabajo.

Miró su reloj dándose cuenta de que eran casi las ocho y empezó a recoger su mesa con una idea fija. Caminó pasillo adelante entre las espesas paredes del monumento hasta llegar a la base de la escalera que llevaba a la segunda planta. Titubeó un momento, en medio de dos polos opuestos, uno que le hacía desistir y dar forma a la idea de subir con cualquier excusa, y por otro lado la necesidad que sentía de ver a aquella mujer, que poco a poco, se estaba volviendo una costumbre en su día a día. Ella y la sensación que le daba sentirse a gusto ante su sonrisa y la facilidad con la que era capaz de iluminarle el día.

Levantó sus ojos hacia la cima de la escalera y con un simple movimiento de cabeza, apartó sus demonios y comenzó a subir. Hacía tiempo que no dejaba que nadie ganara esas batallas que se le presentaba cada vez que alguien se había querido acercar a ella.

La puerta estaba abierta. Por una pequeña abertura intentó ojear dentro antes de dar un ligero golpe en ella. Hali apartó sus ojos de la estatua de Eros que tenía delante y dirigió sus ojos verdes hacia la puerta. En ese momento Raquel abrió la puerta lo suficiente como para ver a un lado del salón a la restauradora mirando hacia ella.

-Hola
Hali no contestó, pero una sonrisa de sorpresa adornó su cara sin poderlo evitar.
-¿Molesto? -preguntó la arquitecta viendo como la otra mujer tenía unos finos guantes puestos y un foco de luz intensa iluminando la escultura en la que trabajaba.
-Claro que no. Pasa -respondió la otra mujer invitándola con un gesto de su mano a acercarse a su lado.
-Vi la luz encendida y me preguntaba quien osaba trabajar más que yo por estos lares -dijo Raquel intentando trivializar y justificar su presencia allí. Dejó sus portaplanos cerca de la puerta y empezó a avanzar hacia ella.
-Como ves, remendar puede ser un trabajo muy duro…aunque algunas no lo crean -dijo Hali con media sonrisa. Raquel no dijo nada, solo le sonrió y parando a su lado, frente a la estatua. Una vez ante ella, ladeó su cabeza, intentando apreciar cada detalle de la figura, que sabía no tendría otra oportunidad de verla tan de cerca.
-Es preciosa ¿no crees? -acabó por decir la otra mujer a su lado al notar un atisbo de interés en la mirada gris de la arquitecta.
– Supongo que sí. Este es Eros, ¿no?
-Lo es.
-¿Y quién es esta? ¿Afrodita?
– Psique, por supuesto -hizo una pausa para mirar a la mujer a su lado, arrugó su frente extrañada del desconocimiento del otro personaje que aparecía con Eros y casi todas las esculturas, retablos, pinturas en referencia a él. De alguna forma Eros siempre pareció vivir a la sombra de madre, y no eran muchos los que conocían realmente su historia.
Raquel solo miraba la estatua con los brazos cruzados, ladeando su cabeza como queriendo seguir cada curva de esta con el movimiento de su cuello.
-Es preciosa, aunque un tanto fría…no sé -acabó de decir finalmente casi como para sí misma.
Hali sonrió al ver la forma en que la arquitecta no se conformaba con dar una simple ojeada, sino que realmente parecía buscar algo más de una enorme pieza de mármol blanco frío y distante.
Tras cerrar sus ojos un instante en el que pareció cuestionarse algo, reaccionó rompiendo con el silencio del taller. Se quitó los finos guantes de latex de sus manos, con una idea rondando su cabeza.
-Cierra los ojos dijo de pronto a la arquitecta.

Raquel ladeó su cara hacia ella alzando su ceja, desconociendo la causa de que de pronto aquella mujer le sugiriera algo así de repentino.

Hali sonrió levemente y asintió a su petición, animándola con un afirmativo movimiento de su cabeza y un parpadeo.

Raquel, extrañamente, y ante aquella mirada de Hali, no se sintió capaz de llevarle la contraria. Cerró sus ojos sin moverse un ápice de la postura que había mantenido todo el tiempo, con sus brazos cruzados.

-Solo déjate llevar -dijo Hali desde algún lugar junto a ella.

Raquel dejó caer sus brazos y no tardó en sentir las manos de Hali tomando las suyas.

Aunque la situación le inquietaba más de lo que quisiera, respiró despacio esperando un segundo movimiento por parte de la escultora.

Hali tomó sus manos y la acercó lentamente hacia la escultura, satisfecha de haber conseguido que aquella mujer inquieta se entregara a su petición con tanta facilidad.

Se situó tras ella y rodeándola entre sus brazos, tomó sus manos que acercó hasta el rostro de Psique y dejó que sintiera la frialdad inicial de la piedra, pero también la suavidad de aquella roca finamente tallada. Cuando, por fin, se dio cuenta de que la arquitecta empezaba a palpar con delicadeza la textura de la piedra, rompió el silencio, hablando cerca de su hombro.

-En una ciudad de Grecia hubo un rey y una reina que tuvieron tres hijas…
Raquel se relajó al momento en que entendió lo que pretendía hacer la escultora por ella.
-Las dos primeras hijas eran hermosas – Hali notó como las manos entre las suyas, se aligeraron y palpaba casi en un roce el fino mármol blanco, y luego continuó con la historia- …Pero la tercera, llamada Psique era tan hermosa que, desde todas partes llegaban extranjeros, solo por verla y disfrutar de su visión. Su belleza era tal…-las manos de la escultora guiaron las de Raquel por las mejillas de la figura femenina ante ellas- …que cometieron el error de llegar a compararla a la propia Venus, y con ello, solo consiguieron que la diosa sintiera celos de ella. Herida en su orgullo, encargó a su hijo Eros que lograra que se enamorase locamente del más horrendo de los hombres – Hali guió sus manos hasta el cuello hasta sentir la curva que se deslizaba hacia uno de sus hombros.
-Psique, sin embargo, fue conociendo el precio de su belleza. Sus hermanas mayores se habían casado ya, pero nunca nadie se había atrevido a pedir su mano: al fin y al cabo, la admiración es vecina del temor… Sus padres desconsolados, consultaron entonces al oráculo: “Llevadla a lo más alto del monte y allí la desposará un ser ante el que tiembla el mismo Júpiter”. El corazón de sus padres se heló, y la felicidad se transformó en lágrimas de tristeza por la suerte final de su hija.

Muerta de miedo, Psique esperó en lo alto del monte, mientras el fúnebre cortejo nupcial se retiraba, aceptando casarse con alguien a quien aún no había visto -dijo esto mientras que los dedos de Raquel vagaban por el cabello de Psique-. Se dice, que una vez a solas, se levantó un viento que se la llevó y la depositó con delicadeza en una pradera rebosante de flores. Tras toda esa emoción, Psique se adormeció. Al despertar, la joven se vio junto a un prado con una fuente, y más allá un palacio. Entró en él y se quedó asombrada por lo magnífico del edificio y sus estancias; y su asombro creció cuando unas voces sin rostro retumbaron entre las paredes la invitaron a comer de una mesa cubierta de espléndidos platos y luego a acostarse en su lecho- Los ojos verdes de la escultora siguieron sus manos hasta una de las manos de Eros, sintiendo en ellas sus músculos que parecían estar en tensión, hasta casi poder sentir la sangre fluir por las venas bien delineadas en la piedra-. Al caer la noche, y en la más absoluta oscuridad sintió que su secreto marido se había deslizado junto a ella. La hizo suya, y antes de que amaneciera, desapareció entre las sombras.

Pasaron los días, y con ellos sus noches de pasión con su misterioso esposo. -Hali movió la mano izquierda unida con la de la arquitecta a otra de las manos de Eros, que mantenía sujeta la de Psique-. En una ocasión este le advirtió: “Psique, tus hermanas querrán perderte y acabar con nuestra dicha”. Ella le confesó ser la mujer más feliz del mundo por tenerlo pero que extrañaba a los de su sangre, a lo que él sucumbió. Así que al día siguiente aparecieron en el palacio sus hermanas y, como era de esperar, le preguntaron, envidiosas, quién era su rico marido. Ella trató de evadirse de una respuesta y dijo que se trataba de un apuesto joven que ese día andaba de caza y, para matar su curiosidad, las colmó de joyas.

Con el tiempo Psique quedó encinta -Hali dejó que las yemas de los dedos de Raquel recorrieran el vientre de la figura femenina antes de proseguir -.Una vez más le pidió a su marido que la dejara ver a sus hermanas de nuevo para compartir con ellas su alegría. Él a regañadientes, acabó accediendo. Así que, no mucho después, llegaron a palacio sus hermanas. Sí, la felicitaron, pero de nuevo le preguntaron por su marido. Psique trató de inventar otra excusa pero finalmente bajó la cabeza y acabó reconociendo lo poco que conocía de él, aparte de su voz dulce y la ternura de su contacto… “Tiene que ser un monstruo “, dijeron ellas, aparentemente horrorizadas, “posiblemente sea la serpiente de la que nos han hablado”. Y, con esa idea, instaron con tal insistencia a su hermana a que acabara con él mientras dormía cortándole la cabeza, que la joven acabó convencida de ello.

Al caer la noche, llegó el amor al que estaba acostumbraba y, tras el amor, él sucumbió al sueño – Esta vez, la escultora guió sus manos hacia el rostro de Eros-. Decidida, ella sacó de bajo la cama el cuchillo y una lámpara de aceite. La encendió y la acercó despacio al rostro de su marido. Era… el propio dios Eros: unos mechones dorados acariciaban sus mejillas, y dormía plácidamente dejándola ver las facciones perfectas del rostro ante ella. Pero la mala suerte quiso que una gota encendida del aceite de la lámpara cayera sobre el hombro del dios, que despertó sobresaltado.

Eros, sintiéndose traicionado, se zafó de los brazos de ella y se alejó mudo y triste. En la distancia se volvió y le dijo: “Desobedecí a mi madre Venus desposándote. Me ordenó que te rindiera de amor por el más miserable de los hombres, y aquí me ves. No pude resistirme a ti. Y te amé…tú lo sabes. Ahora el castigo a tu traición será perderme” -Las manos de Raquel descubrieron el tacto fino y delicado de las alas de Eros-. Psique se quedó desolada al verlo desaparecer y desde entonces, se dedicó a vagar por el mundo buscando recuperar, inútilmente, el favor de los dioses. La diosa Venus finalmente dio con ella, y menospreciando el embarazo de la joven, la encerró con sus sirvientas Soledad y Tristeza.

El caso es que Venus decidió someter a Psique a varias pruebas, convencida de que no podría superarlas, pero equivocándose repetidamente con cada una de ellas. Así que llegó el momento de la última prueba, que fue la más terrible de todas. Le ordenó bajar a los infiernos en busca de una cajita que contenía belleza divina. En el camino de regreso, sin embargo, ella quiso ponerse un poco, pero al abrir la caja, cayó en un sueño irresistible que le hubiera llevado a la muerte si no fuera porque Eros, su enamorado, acudió a despertarla: “Lleva la cajita a mi madre, que yo intentaré arreglarlo todo” dijo, y se fue volando – Hali dejó la mano izquierda en la mejilla de Eros mientras que colocó la otra en la de Psique. Tras una pequeña pausa continuó con la historia.

-Desesperado, Eros acudió al Olimpo y pidió al mismísimo Zeus porque abogara a favor de dejarles permanecer juntos. Y Zeus aceptó los ruegos de Eros. Mandó a Hermes a que raptara a Psique y la llevara al cielo, donde la hizo inmortal.

Y desde entonces Eros y Psique pudieron vivir su amor eterno.

Hali perdió el contacto con las manos de Raquel, dando por acabado ese paseo por la mitología que pretendía trasmitir algo que no sabía aún si había recibido la otra mujer ante ella, posiblemente su pasión por el arte desde una perspectiva mucho más concretas que la visual.

Supo que el método había surtido algún tipo de efecto, cuando al situarse junto a Raquel, esta aún permanecía con los ojos cerrados, pasando el revés de sus dedos, por la mejilla de Eros.

Se quedó mirando como su rostro relajado disfrutaba de la sensación y, casi sintió envidia de ella en esos momentos en que estaría viviendo su propia visión de la historia y sus propias emociones al unirlas al tacto de aquella escultura…a pesar de que en esos momentos, ella misma disfrutaba del arte de contemplarla de un modo en el que hasta ahora, nunca había podido verla.

Cuando vio que la arquitecta, muy lentamente empezaba a abrir sus ojos, temiendo ser descubierta, desvió su atención a la escultura.

Raquel abrió los ojos y, durante un instante más, se quedó observando las siluetas de mármol ante ella. De repente, la frialdad que había sentido en un principio había desaparecido, la suavidad de aquella piedra hasta casi un pulido natural, debió de ser un trabajo arduo para el escultor, que en esos momentos admiraba por la fidelidad con la que había logrado trasmitir el amor de aquellos dos personajes.

Sin mediar palabra, dejó de observarla y miró hacia Hali, que le sonrió al notar su propia perplejidad.

-Es usual que al conocer algo del artista o del personaje que representa, cambie las perspectivas de la obra.
-Es… increíble -dijo Raquel finalmente, impresionada de sí misma y de la facilidad con la que la escultora había logrado de forma tan sutil un cambio en sus percepciones.
-Así es el arte…perspectivas, inconstancia, emociones.
-Ahora entiendo por qué te has dedicado a esto.
-Porque quiero que todo esto, -dijo apuntando al resto de la sala, por donde se repartían decenas de esculturas, pinturas y retablos -perdure lo máximo posible.
-Y porque se te da muy bien.
-¿Ah sí? ¿Entiendo que lo que tienes delante ya no es un bulto frío de piedra? -Hali sonrió abiertamente a su comentario.
Raquel miró de reojo la escultura.
-Definitivamente no -le correspondió con una sonrisa igual de abierta.

Durante unos instantes ambas se miraron manteniendo lo divertido del momento en sus rostros, hasta que Raquel, al sentirse abrumada, rompió con el silencio dejando salir la excusa más cercana que se le había venido a la cabeza.

-Te invito a un café. Me siento en deuda -sugirió esquivando su mirada, incapaz de mirar fijamente a la mujer frente a ella.

Hali, agradeció de algún modo esa invitación, que había dejado atrás ese instante casi incómodo que se produce siempre, cuando descubres algo nuevo en alguien y eso se vuelve algo a lo que podrías volverte adicto. Miró su reloj antes de contestar.

-Sí, no se me ocurre mejor pago que ese. Se encaminó hacia el fondo de la sala. -Espérame un segundo.
-Claro. Sin problemas -respondió Raquel sonriendo al espacio ante ella. Sin saber por qué ni cómo detener esa sonrisa que trataba de calmar antes de que la escultora regresara. Se puso a mirar los cuadros y las demás esculturas de los alrededores.

Hali, ya sin su bata blanca, se acercaba desde el fondo del pasillo, con un abrigo y su bolso en una de sus manos. El eco de sus pisadas alertó a la otra mujer que trató de no mirarla, en un intento de esquivar otro de esos momentos extraños que cada vez se repetían con más frecuencia con ella.

-Si estás interesada, recuérdame que te muestre el museo. En tres semanas abrirán sus puertas.
-Claro que sí. Te tomo la palabra -Mientras Hali se acercaba a ella y empezaban el camino hacia la puerta, Raquel hizo una nota mental de las últimas palabras que había dicho. -¿Tres semanas?
-Así es. Tengo hasta entonces para poner esto a punto.
-¿Entonces…?
-Será hora de recoger y dejar paso al personal del ayuntamiento, que concertará las visitas -respondió abriendo la puerta y cediéndole el paso.

Raquel esperó que la otra mujer cerrara la puerta y pasara la llave. Hali se unió a ella en la escalera, poniéndose su chaqueta de cuero marrón al tiempo que avanzaban escalera abajo.

-¿Y tú cómo llevas lo tuyo? -preguntó la escultora casi a punto de llegar al último escalón.
-A toda mecha creo que podremos acabar en un mes -respondió haciendo una nota mental de las previsiones que tenía calculadas al respecto.

Las tenues luces de los focos apenas alumbraba la ruta de salida del monumento. Sus pisadas hacían un eco profundo entre las espesas paredes de piedra. Las dos siluetas se perdieron tras el tramo de corredor, hasta girar hacia la puerta.

Avanzaron por la plaza camino a la terraza usual, en la que solían desayunar. A esa hora, la visión iluminada del Coliseo, era un atractivo más para los turistas, así que había una cantidad respetable de ellos repartidos por todo el espacio.

Raquel cedió el paso a Hali al legar a una de las pocas mesas libres. No tardaron en tener delante dos humeantes tazas de café.

Mientras que la escultora empezaba a dar remover el azúcar de su café, la arquitecta la contemplaba con una sonrisa en sus ojos. No sabía qué había en ella, pero sin hacer nada excepcional era de ese tipo de personas con las era muy fácil pasar un buen rato. Se preguntó qué hacer o cómo lidiar que más allá que acostumbrarse a ella como una compañera de fatigas en el grandioso monumento que, majestuoso, se levantaba como un coloso ante ellas en ese momento, le gustaría mantener el contacto por encima de eso. Sonrió desviando su atención de los gestos de Hali, girando su propia cuchara dentro de su café.

La escultora alzó sus ojos y la contempló sonriendo levemente a la dura cerámica verde a golpe del tintineo de la pequeña cuchara. Se preguntó qué estaría pasando por su cabeza en esos momentos, al tiempo que empataba su imagen de mujer dura y complicada, con la mujer a la que había visto emocionarse momentos antes con un simple ejercicio que acostumbraba a utilizar en los colegios en los que la invitaban a dar conferencias, y a las que siempre estuvo presta. Acentuó su sonrisa al pensar que no sería muy buena idea decirle a ella que ese ejercicio era un estímulo que utilizaba en los niños de primer grado de educación básica, para acercarlos a una percepción más cercana al arte.

Raquel acabó de marear su café y alzó sus ojos a la mujer frente a ella. Inmediatamente Hali trató de borrar aquella furtiva sonrisa, la arquitecta simplemente sonrió del gesto, sin cuestionarse el motivo. De algún modo cuando el rostro de Hali sonreía, solía hacerlo con toda ella. Las facciones de su cara no podrían mentir nunca acerca de cualquier de sus estados de ánimo. Y, a pesar de que disimuló mordiendo su labio inferior, aún sus ojos verdes mantenían esa sonrisa que, de algún modo, sacaba una en ella.

Quizás por darle su espacio, quizás por no saber qué decir, Raquel dio un ligero sorbo de su café, y desvió su mirada hacia el monumento frente a ellas. Hali hizo lo mismo.

  • Así que en tres semanas. Creía que el proyecto tardaría un poco más -dijo Raquel finalmente rompiendo el silencio, tratando de indagar en los motivos del adelanto en las fechas y haciendo un cálculo mental en lo que tardaría en dejar de ver a escultora por aquellos alrededores.
    -Política -dijo escuetamente Hali antes de dar otro sorbo a su café.
    -Marcelo Cetti -añadió igual de escueta la otra mujer.
    -¿Qué harás luego?
    -Continuar con mi trabajo en el Campidoglio, aunque es muy probable que me salga un proyecto en Grecia.
    -Los griegos y su mitología -dijo Raquel casi sin pensar recordando la historia reciente de Eros y Psique. -¿Algún problema con mis paisanos?
    Raquel soltó el aire dentro de la taza ante su cara, con sus ojos fijos en los de Hali, sin saber si salir de allí o quedarse para siempre lamentando su comentario.
    -¿Eres griega?
    Hali sonrió al ver la actitud casi desesperada de Raquel, que la miraba con cierta inquietud esperando no haberla ofendido.
    -Mi padre es griego y yo también, al menos de nacimiento.
    Raquel se quedó esperando algún añadido más a su confesión.
    Hali, al ver su mirada interrogante puestos en ella, se animó a hablar de sí misma un poco más.
    -Apenas tenía dos años cuando nos mudamos a Nápoles, la tierra natal de mi madre, así que recuerdo más bien…nada de allí.
    -Visité Atenas en una ocasión -dijo Raquel.
    -¿En serio? Tendrás que hacerme un plan de viaje porque un día de estos pienso visitarla. Es…
    -Algo así…como una ¿deuda pendiente? -añadió la arquitecta casi sin pensar antes de acercar su taza a sus labios.

Hali no respondió más que con un movimiento leve de su barbilla, sonriendo y tomando su taza de sobre la mesa.

Quizás había sido uno de esos momentos absurdos, que nadie, sino los que los viven, reconocen. Uno de los que dejan una especie de rubor en alguna parte, pero de pronto Raquel se sintió como capaz de estar horas allí sentada, a las sombras de las sombras del Coliseo, ignorando cómo su cuerpo clamaba por una ducha y su estómago rugía en reproche del poco líquido que bajaba por su garganta. Guiada por esa sensación, miró a Hali, que, sin decir nada, mantenía su mirada en ella.

Hali trataba de descifrar en la mujer ante ella, esa dualidad que a veces trasmitía. Podía parecer cercana, cordial, apasionada en todo lo que hacía, incluso en la forma en la que acercaba la taza a sus labios, sin embargo, existía una dualidad que a veces la hacía sentir distante, fría y casi lejana. No es que eso le inquietara lo más mínimo, pero empezaba a sentir curiosidad por ella.

De pronto, un ruido característico de metal contra metal, hizo que Hali girara su cabeza. Raquel solo desvió sus ojos hacia el lugar. Uno de los camareros empezaba a colocar las sillas vacías sobre las mesas. Sin saber cuándo el lugar empezó a despejarse, solo quedaban dos ocupadas, las de un par de ejecutivos en un extremo de la terraza y la de ellas.

Hali miró su reloj.
– Tengo que irme -dijo de pronto tragando el último trago de café.
Raquel se colocó en su silla, asimilando como en un momento toda la tranquilidad que reinaba a su alrededor, de repente se había vuelto un caos a través de la cara de Hali.
La escultora, al percatarse de su reacción, le habló mientras se colocaba su chaqueta.
-Pierdo el metro. Tengo que ir al taller a buscar mi coche y…. -miró el reloj de nuevo-…no llego.
-A ver, a ver… relájate -dijo Raquel instándola a que explicara su prisa repentina.
-Tengo el coche en el taller desde hace una semana. Cierran a las nueve y son las ocho y media. -Bueno, sí que vas justa -añadió Raquel mirando su reloj -…pero si quieres te acerco.
– Está por el centro ¿te queda de paso?
-Francamente no, pero es viernes, por mi parte no tendría problemas por acercarte.
-¿Lo dices en serio? Lo menos que me apetece en este momento es correr hasta el metro y…
-Sin problemas -la interrumpió limpiando sus labios con una servilleta que no tardó en hacer un ovillo y arrojarla en el cenicero. Sacó de su bolso un billete de cinco euros y lo colocó bajo él.
Hali recogió su bolso del espaldar de su silla y, antes de levantarse de su asiento, ya Raquel la esperaba ante ella.
-De verdad te lo agradezco -dijo mientras ambas empezaban a caminar a través de la plaza.
-¿Agradecer? -dijo con cierta ironía sin ni siquiera mirar hacia la mujer a su lado -Esto te va a costar un café…un café y un donut -añadió mirándola al fin.
La escultora sonrió mirando hacia adelante, tratando de adivinar la dirección de los pasos de Raquel.
-Eso está hecho -respondió finalmente arrugando su nariz, disfrutando una vez más de esas veces en las que había podido bromear con ella.


-Tenía que haber adivinado que este era tu coche -dijo Hali acercándose al cuatro por cuatro.
Raquel la miró fijamente esperando una explicación.
-No conozco a un arquitecto que no tenga el coche lleno de polvo.
-Pues lo pillas en un buen momento -respondió la otra mujer riendo y entrando en el lugar del piloto. Ambas rieron mientras abrochaban sus cinturones.
-Tú me dirás -dijo finalmente Raquel colocando ambas manos en el volante.
-En el centro. Te iré guiando.
Raquel puso en coche en marcha y salieron del aparcamiento lo más rápido que pudo.
-Por suerte es viernes, con este tráfico llegaremos en menos de quince minutos.
-Eso espero. Mañana tengo que madrugar y mataría tener que ir al Coliseo en metro…un día más.
-¿Mañana? ¿Al Coliseo? No sabía que trabajabas los sábados en el taller.
-No lo hago. Mañana nos traen unas de las piezas claves de la exposición, y nada, ahí debo estar para recibirlo.
-Qué presión. Se notan las prisas.
-Es lo usual. Son raras las veces que no me hacen trabajar contrarreloj -respondió la escultora mirando atenta las calles a las que se aproximaban. -Ahora a la derecha -dijo reconociendo la estrecha vía que llegaría directamente hacia su lugar de destino.
-Esos miserables burócratas -El rostro de Raquel volvió a endurecerse bajo la mirada atenta de de Hali que fue testigo de unas de esas veces en la que podía dar miedo con solo una mirada de aquellos ojos grises.
-Es ahí -dijo la escultora viendo aún encendido el rótulo del taller -Están abiertos. Hemos tenido suerte.
-Ya te lo dije. Llegaríamos a tiempo -Una tímida sonrisa iluminó el rostro de Raquel mientras ojeaba un lugar en donde parar su vehículo.
-No te preocupes en intentarlo, es imposible aparcar en esta zona -dijo Hali soltando ya su cinturón de seguridad.

La arquitecta paró justo ante la puerta de aquel taller escondido del mundo, en un callejón que no sabía ni que existía. Inmediatamente, un coche tras ella hizo sonar su claxon.

Sus ojos se clavaron en el retrovisor mientras sacaba su mano en señal de rogar paciencia.

-Gracias Raquel, te veo en lunes -dijo Hali mientras sujetaba su bolso, abría la puerta y se acercaba a ella para dar un beso en su mejilla

El gesto tomó de sorpresa a la arquitecta que solo pudo afirmar con un movimiento de su cabeza a su despedida. Justo cuando el claxon del coche de atrás daba un nuevo aviso, Hali ya se perdía por la puerta del taller. Ella la miró avanzar de espaldas hasta que la perdió de vista al tiempo que hacía mover su coche.

Durante unos segundos se quedó mirando hacia adelante, conduciendo como por costumbre, sorprendida por la despedida inesperada y natural que le había dedicado la escultora. Extrañamente aquel sencillo gesto le ocasionó una sonrisa de esas sin rostro que duró hasta que el coche de atrás le reclamaba que avanzara con más velocidad.

Presionó el pedal, no con la idea de complacer al inútil, sino la necesidad de dejarlo atrás antes de que le sacara de sus casillas y acabara aminorando su velocidad solo por darle un motivo de peso para fastidiarlo.

Sobre el Autor

Genix

Amo el mar, los días soleados tumbada en la arena, pasear por la orilla en las noches cálidas. A veces me voy a mi propio mundo, escribiendo hasta conseguir sentirme una espectadora en las realidades que invento. Si te gustan mis intentos de ser una aprendiz de besar con palabras puedes encontrarme en mi página de Facebook

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