Yo lesbicanaria: Cartas entre amigas

Pareja de amigas divirtiéndose

Esta edición de Yo Lesbicanaria es un poco diferente, se trata de dos cartas intimas compartidas entre dos amigas de la infancia que una lectora ha decidido compartirnos para hacernos partícipes de lo que ha vivido

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Primera Carta
Vane:

Estuve rezando mucho antes de escribirte esta carta. En el corazón siento algo, que no puedo guardar, que no puedo callar. Es como una alegría inmensa que se desborda, como la que debe haber sentido María Magdalena cuando encontró a su Señor resucitado, una alegría que no se puede callar. Estoy viendo un poco de luz y te lo quiero compartir.

Te quiero mucho Vane, hemos compartido mucho, creo que muchas veces me has abierto el corazón y te doy gracias por la confianza que me has tenido.

Después de ir rezando, siento que el Señor me pide que te comparta lo que viví cuando me dijiste que salías con Lis, y siento que el Señor me invita a jugarme, a ayudar sin pensarlo tanto. Dentro mío siento mucho dolor y quiero ayudarte, no puedo ni quiero dejarte sola. No sé si me vas a entender, no sé cómo te va a caer esto, pero lo hago con amor y si pienso tanto, termino no haciendo nada, y no es a eso a lo que estoy llamada.

Tengo muy presente ese día que fui a tu departamento a comer unos ravioles. Me insististe que fuera porque tenías algo para contarme, antes de que volviera al noviciado. Yo también tenía muchísimas ganas de ir, quería verte y que compartiéramos cómo andábamos. Recuerdo que estaba sola en casa, hasta que vino mi papá y me llevo. Después, entendí que querías que llegue antes de que Lis volviera de trabajar.

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Yo lesbicanaria: Un día de la mujer diferente

Hace unos días fue noticia la aparición, con motivo del 8 de marzo (día de la mujer), de un cursillo sobre cómo ser una «mujer 10». No, en ese curso no explicaban qué derechos debemos exigir como mujeres o cómo luchar contra la discriminación, la violencia doméstica o el machismo. La asociación universitaria granadina que lo impartía (vinculada al Opus, y con eso creo que ya está dicho todo) y subvencionada con dinero público, por el módico precio de 10 euros, ofrecían la oportunidad -sólo a las universitarias- de aprender cómo hacer una buena tortilla de patatas, una compra inteligente, a planchar, o a coser el dobladillo del pantalón. Y a mí que se me ponían los pelos de punta cuando mi madre me enseñaba sus libros de texto franquistas de la asignatura «Educación del Hogar»… resulta que se hace algo parecido (aunque no obligatorio) en pleno siglo XI…

Si la indignación ya os corroe, ahora viene lo más irónico: el Ayuntamiento de Granada a la vez de promocionar webs de carácter sexista, está dentro de la plataforma de lucha por la mujer trabajadora.

Este cursito para todas las universitarias no es solamente ridículo por otorgar a las mujeres tareas que mentes retrógadas se empeñan en imponernos. Lo es también por el simple hecho de establecer una diferencia biológica a nuvel social, político y educacional. Es absurdo porque de este modo volvemos al clásico y penoso esquema de «esto es lo que las mujeres saben hacer» (lo femenino) y «esto lo que los hombres no deben aprender».

Imponer una carga biológica a cualquier diferencia social conlleva la desigualdad y, por lo tanto, la violencia que todavía hoy estamos «obligadas» a «soportar». Y ponfo el «obligadas» y el «soportar» entre comillas porque no todo es tan blanco ni tan negro. Soportar es lo que han hecho cantidad de mujeres que nos preceden. En parte por lo impuesto, en parte por la ausencia de voluntad para abrir la boca, los ojos, y revelarse. Ni el sistema patriarcal es tan malo e indiscutible ni nosotras tan angelicales y desamparadas. Lo «obligado» es así solamente cuando la parte que lo recibe lo toma como tal, y no porque una fuerza extraña y ajena lo dicte.

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