Coliseo: Prólogo
La insistente brisa removía a su antojo su cabello ondulado desde la mitad de su espalda hasta su rostro. Presionó sus labios saboreándolos dentro de su boca, recogiendo la fina capa de sal que los cubría, sintiéndolos ligeramente secos al instante de exponerlos de nuevo a la brisa marina. Con uno de sus codos apoyado en la barandilla recién barnizada, sostenía su móvil junto a su cara, mientras que en la otra sujetaba una pequeña bolsa de almendras. Su rostro encaraba el manto azul del Mediterráneo, con sus ojos grises bajo sus gafas de sol, siguiendo el recorrido de una gaviota que volaba a su lado, usando el viejo trasbordador como cortaviento.
-A ver Paolo… no, no. Escúchame. Los arcos son de medio punto… No, olvídate de los rebajados, y junto a la columna, ochenta centímetros, ni uno más ni uno menos. No te salgas de los planos… Está bien…Nos veremos en quince días.
Colgó el móvil y, por unos instantes, dejó sus ojos fijos en él dejando vagar un pensamiento de esperanza, mezclado con cierto temor a que su ausencia trajera más contratiempos de los que ya habían tenido en ese proyecto. Tomó aire introduciendo un par de almendras en su boca, esforzándose en complementar esa acción con la tranquilidad que prometía el saberse alejándose de la rutina, de la presión del ayuntamiento para finalizar el dichoso proyecto del complejo de viviendas de San Basilio, de las continuas y tediosas llamada de Paolo, el capataz de la obra, y se dispuso a procurar disfrutar plácidamente de contemplar la extensa masa azul que el viejo trasbordador cortaba en dos, en su rumbo a Cerdeña.
En ese momento, bajo un cielo claro y una brisa húmeda y fresca, cargada de sal, no lamentaba tanto de poder disponer de tan solo quince días de liberación, y de que su elaborado plan de viajar a Turquía desde hacía meses, se hubiera truncado por la agresiva bancarrota por la que pasaba Nataly y Ro en esos momentos. Pese a ello, empezaba a apreciar la sencilla idea de tumbarse en cualquier playa de la isla y sumergirse en unos días de rutinaria y merecida pereza junto a un par de cervezas. El fin era evadirse y alejarse de todo, y sabía que esas dos semanas colmarían esas expectativas por completo.
Atrás, en la fina y difuminada franja de costa de la península, quedaba anclada la presión del trabajo y el ritmo acelerado al que se había visto forzada los últimos seis meses.
