Lo hiciste bien

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A veces las palabras es música, las escuchas, las sientes y no hay nada que decir, sólo dejarse llevar. Sobre todo esas palabras que bailan una confesión que esperan por un maldito invento de un idioma en el que, ese esfuerzo de dar forma a lo informe, lo remplace acercarme y besar su frente… con … Leer más

Hablemos de mujeres

mujeres

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De esa especie que se nos meten por los ojos, por los sentidos, por cada poro de la piel. De todas ellas. Desde las que apenas rozar la superficie, les sobró para provocar una de esas heridas que nos empeñamos en que siempre estará ahí. Sí, porque somos así de dramáticas y fantásticas. Como las que hoy llenan tu vida impregnándola de ese halo femenino con el que decoras tu corazón por necesidad.

Ellas, que nos desquician hasta volvernos locas, y otras, enloqueceríamos sólo de pensar en un mundo sin ellas. Sí, sí, lo son, no te engañes, son una jodida adicción. Ellas, a veces corderas y otras lobas. Pero benditas todas.

Las malditas culpables de la bendición que es hacernos reincidentes, carne de cañón, primerizas con cada una de ellas. No importa lo mucho que crea conocerlas, la verdad que ante una de ellas es como estar en el chasis, un lápiz sin punta, más indefensa que una guillete blue con lonchas de mortadela por filo.

Más de una habrá pensado alguna vez, o tal vez, como un martillo de herrero, a cada momento, que debieran traer un manual de uso, un certificado de advertencia, qúe sé yo! Ruegos y preguntas…. Pero en lugar de eso, como esto va de mujer a mujer, dejamos nuestra guardia en alto hasta que la primera línea de defensa empieza a caer descaradamente ante nuestros ojos. Porque sí chicas, tenemos líneas de defensas, son esas que caen cuando ella, que sospechabas, que intuías que iba a escribir una página en tu vida, te mira a los ojos y te atraviesan, y el iceberg se vuelve gelatina, la sientes caer casi hasta dejarse oir, y sientes que en su lugar una avalancha de nudos se alojan de manera brutal y sin aviso, dónde? No podía ser en cuello, ni una mano, o la pantorrilla derecha, eso sería muy fácil; en pecho…para no sentir los latidos de tu corazón acelerarse, garganta…para poner un poco difícil el decir lo que ya ni siquiera recordabas que estabas por contar, ojos…que de pronto sientes que se van a cantar como un condenado lo que está pasando por toda tú, y bajas la mirada hacia cualquier lado esperando que el segundo siguiente todo te lleve a la normalidad. Y de esta forma tan sutil te quedas como una indigente en tu propio cuerpo. Esperas unos instantes eternos para recuperarte, e incrédula, vuelves a levantar los ojos, cuando, de nuevo, se cruza tu mirada con la suya…y todo vuelve a empezar.

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Feliz No Aniversario – Relatos Lésbicos

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La convencí de que un paseo por la playa nos vendría bien. Tenía mucho trabajo pendiente esperando para el fin de semana, y ella había decidido ocupar ese tiempo en escribir un artículo que ya iba a entregar con retraso.
Ahora estamos aquí sentadas, la arena aún guarda esa calidez que suele almacenar un par de horas antes de que el sol empiece a caer sobre el horizonte. Nos trajimos un par de cafés y nos sentamos cerca de la arena mojada. A las dos nos gusta contemplar cómo se forman las olas y avanzan hasta la orilla. Todo está en movimiento, el aire, las ondas, la espuma, y la sal que salpica en nuestra cara, apenas imperceptibles en mini chispas que se camuflan perfectamente en la brisa que acaricia la piel.

Siempre fui de sangre caliente, pero a ella le suele dar frío hasta un golpe inesperado de aire. Poco a poco se acerca y acaba abrazándose a mi antebrazo.

Saboreamos el café. Es viernes por la noche, mañana no hay relojes, no hay nada que nos impida que esta noche sea una que dure hasta el amanecer, y cómodamente vemos como el sol desaparece y empieza a oscurecerse el cielo sobre nosotras.

Hablamos, de nada importante, su nuevo artículo, su próximo viaje, sus ventas de esta semana, y hasta es posible que en las dos horas en las que no se ha soltado de mi brazo, hayamos acabado charlando del último episodio de una de nuestras series preferidas.

Sé que tiene frío porque siento la piel de su rostro en mi hombro y está helada, sin embargo disfruta tanto de estos momentos que en un segundo me olvido de invitarla a regresar a casa.

En su lugar le invito tomar algo, y saco de mi mochila una botella de Amaretto. La abro y le invito a dar un trago mientras empezamos a ver las primeras estrellas brillando sobre nuestro cielo.

La luna llena nunca dejó que la oscuridad nos rodeara, ahora el azul del mar luce oscuro y casi tenebroso para cualquiera que no disfrute el misterio que eso le hace trasmitir. Me pasa la botella y nos quedamos en silencio disfrutando el último rayo de sol perderse, naranja y único, como el día que ha pasado, como el instante que estamos viviendo.

Se acomoda entre mis piernas y la abrazo. Siento el olor de su pelo, la suavidad de la piel de su cuello que disfruto dando un ligero beso en él, y aparto su pelo largo y liso para acomodar mi cara junto a la suya. Tiene las mejillas heladas y la abrazo desde atrás tratando de darle ese calor que busca cada noche al buscarme en la cama, esa necesidad que tiene involuntaria y casi obsesiva que buscarme al otro lado, y si no me encuentra se despierta, como si le faltara la razón de existir de estar sobre ese colchón. Esa necesidad que hace que cada mañana, cuando hago el café y salgo temprano a la oficina, le dejo sobre su mesa de noche, no sin antes besar su frente y arroparla, y somnolienta siempre saca sus labios pidiendo uno más…cómo ella suele decir…pagar peaje. Y así es cada mañana, salgo dando una última mirada atrás y verla salir de su lado de la cama, deslizarse hasta el mío y abrazar mi almohada. Siempre es lo último que me llevo cada día que salgo, una semi sonrisa inhalando la almohada como si en ella pudiera rescatar mi olor.

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No me roben el año que es mío

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Quizás nos sentemos esta noche perdida hasta el amanecer, charlando…pensando sobre la mejor forma de hacer a nuestra alma un cómodo traje a medida, y no tardemos hasta la salida del sol en concluir que la mejor forma de vestirla es de libertad. O aprender a provocar, con más frecuencia, esos momentos en los que ni la piel la pueden mantener dentro.

En algún momento de un día como este, dónde se mezcla lo ido y el porvenir, nos de por rescatar del recuerdo de nuestro olvido algunos momentos que el tiempo va borrando pero que son ya parte de nosotros mismos y no desees perderlos del todo.

Sea como fuera, con nostalgia al año que se va, con ilusión al que llega, lo bueno de todo es que no perdemos la manía de tener esperanza, que el que no haya nada escrito sobre este final, ni sobre este comienzo, lo vuelve un lienzo en blanco donde comenzar nuevas historias, o seguir continuando con las empezadas.

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Mini Relatos: Tasiri y Magec

relato lésbico

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Magec se había levantado pronto esa mañana. Solía utilizar las hojas secas del viejo olmo junto a su granja, para abonar los campos, pero esta vez, el resto del pueblo,bajo la desesperación de las lluvias que inundaron en el invierno, y el calor abrasador del verano, no habían dejado ni una sola hoja seca en kilómetros a la redonda. A duras penas, había conseguido volver a dar cierta fertilidad al pequeño terreno del que dependía para sustentar a sus padres y sus dos hermanos pequeños y no estaba dispuesta a rendirse.

Caminó hacia la orilla en busca de algas secas, que iba metiendo en su viejo bolso de piel curtida de cabra.

El sonido de las olas que se estrellaban contra sus propias aguas, siempre le había hecho estremecer, así como despertado un gran sentido de respeto, casi miedo, a aquellas ondas de masas de agua que parecían desquitarse del peso del cielo sobre él, empujando su reboso hacia la arena.

Caminó, viendo a lo lejos como una enorme ola trepaba sobre una enorme roca en mitad de todo aquel azul, para luego, cientos de litros de agua en forma de espuma blanca, emprendiera un impetuoso vuelo hacia el cielo.

Clavó sus pies al suelo, sintiendo aquel vértigo inundar su mente y sus sentidos, y siguió su camino por la orilla, agachándose ante un pequeño montón de algas rojas varadas entre unas rocas.

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Coliseo: capítulo VI

Coliseo

Coliseo

Eran las diez de la mañana cuando Raquel abrió sus ojos. Perezosamente, se dio la vuelta hacia la ventana al lado contrario del espacio de cama que solía usar. Durante unos minutos permaneció mirando la luz del día a través de las cortinas blancas. Adoraba esa sensación de libertad de cada sábado, desde que estaba trabajando en el Coliseo, porque en otro caso, estaría en la oficina avanzando con el trabajo de su estudio.

Se levantó y. nada más salir de su habitación, se fue directa a su cafetera. De repente la mañana tenía olor al capuchino que sostenía en su mano, y ya con su cara lavada y su pelo recogido en una cola, se colocó ante su mesa de trabajo, ojeando los planos extendidos por toda ella.

Puso en marcha su portátil y se lo llevó consigo hasta el sofá. Se sentó cómodamente y, sin soltar su taza, usó una de sus manos para abrir una búsqueda en su explorador.

“Eros y Psique” escribió, y esperó que la página se cargara dando un sorbo de su taza.
No había pasado un par de minutos, estaba sumergida en una historia que ya le era familiar, ante unas imágenes de obras de artes relacionadas con esos míticos personajes.

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Coliseo: capítulo V

Coliseo Relato Lésbico

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Capítulo V

Como cada lunes en la mañana, la rutina del tráfico matutino en la ciudad, no evitó que llegara con buen humor y optimismo, consecuencia de haber convencido a Cetti de su propuesta. Estaba segura que Conti ya estaría informado y lo confirmó cuando tras cruzar la calle desde el parking, vio un camión de Ermiento descargando sacos de cinco kilos de cal, cemento y arena, inequívocamente los componentes de la argamasa.

Llegó a su lugar de trabajo, donde todos los obreros pululaban por el lugar solo para descargar y regresar a la entrada. Satisfecha llamó a Nataly, incapaz de hacer nada más en la obra hasta poder disponer del material.

-Hey, justo te iba a llamar.
-Dime que porque ya tenemos regalo para Ro.
-Si eso te hace feliz…Pero nada más lejos de la realidad. Estoy en blanco. Estoy a un paso de legarte ese asunto.
-Nataly, ¿me estás insinuando que te rindes?
-Lo único que digo es que pensé en un libro pero Emi y Gemma no se ponían de acuerdo, luego pensé en ropa o calzado, pero tras recorrernos el centro comercial, no nos poníamos de acuerdo. Vimos un reloj de esos de muñequera y al fin parecía que era el regalo perfecto, pero Laura nos dijo que ella ya le había comprado uno. Así que sí, me rindo.
-¿Qué tal un ipod? Creo que le sacaría bastante provecho.
-¡¿Serás…?!
-Eh eh eh.
-No se me había ocurrido. Pero oye, para esas cosas yo no tengo ni idea. Vas a tener que acompañarme.
-El sábado hablamos.
-¿Sábado? ¿Y qué hay del viernes?
-No lo sé. He tenido cambios en el trabajo y mucho por hacer, pero te llamo, ¿ok?

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Coliseo: capitulo III y IV

Coliseo capitulo III

Coliseo capitulo III

Capitulo III

A las ocho y media de la mañana, mostró su identificación al guardia local que evitaba que se estacionaran en el aparcamiento del Coliseo. El hombre le cedió el paso con un ademán de su mano. Estacionó y salió del vehículo portando no solo los planos del proyecto sino una amplificación de la zona de la gran pared de los contrafuertes.

Cuando llegó a la plaza, tuvo que esquivar la presencia de una furgoneta estacionada ante la puerta. Pese a que aún no era la hora de apertura al público, la puerta estaba abierta con un guardia muy joven con sus manos atrás supervisando la entrada.

-Buenos días -dijo al joven al tiempo de mostrar su identificación colgada de su cuello.
-Buenos días Sra. Eiraldi -respondió el hombre apartándose de la entrada y liberando el espacio para permitirle el paso- . Tenga cuidado, están descargando el material para el taller de la Sra. Dalaras.
-Gracias -dijo la mujer avanzando ya por el corredor.

Caminó con paso firme hasta alcanzar a unos hombres que vestidos de forma informal, pero sin monos de trabajo, portaban unas cajas de herramientas que parecían pesar lo suyo, dado el esfuerzo que empleaban en portarlas. Subieron la escalera mientras Raquel proseguía su camino hacia su propio espacio de trabajo.

Cuando llegó al lugar soltó sus tubos y su portafolio en una esquina y se acercó a inspeccionar detenidamente el primero de los contrafuertes. Se agachó hasta la base de uno de ellos y se limitó a dar unos ligeros golpes con su puño. Empeñada en no perder el tiempo fue hacia uno de los tubos y abriéndolo contra uno de los contrafuertes se puso a comparar la realidad con sus planos, haciendo una nota mental del paso inicial a seguir una vez llegado el equipo. Sacó su cámara de fotos y acercándose a cada grieta, se dispuso a fotografiar cada falla en los rudos bloques de hormigón.

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Coliseo: capitulos I y II

Coliseo Relato Lésbico

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CAPITULO I

El regreso a Roma no solo les hizo llegar luciendo un bronceado envidiable, sino con un afán de rescatar sus vidas con fuerzas renovadas y un cierto atisbo de optimismo.

Raquel entró en su casa con una serenidad impropia en ella. Nada más abrir la puerta vio el parpadeo del let rojo de su contestador. Soltó su maleta a un lado de la puerta mientras notaba que ese espacio tan familiar se le volvía un tanto extraño, como siempre que se ausentaba de ella por algún tiempo. Avanzó hacia el aparato y con un gesto de su mano, se dispuso a escuchar los mensajes mientras se ocupaba de abrir las puertas correderas del balcón para airear un poco el apartamento. Un pitido daba paso al primer mensaje.

-Hija, hace días que no sé de ti. Tu tía está sobre de mí para el tema de la reforma de su casa de la Toscana. Llámame o mejor aún, llámala tú misma por lo que más quieras.
Otro pitido se escuchó antes de comenzar otro mensaje.
-Raquel, tenemos que hablar, yo…yo sé que lo necesitas tanto como yo. -La voz de Celina se escuchó con cierto punto de exigencia e impaciencia.
-No sabes cuánto -respondió Raquel con ironía mientras caminaba de regreso recogiendo su pelo en una cola mientras miraba de reojo su mesa de dibujo que ocupaba un par de metros cuadrados de su salón. Sobre ella descansaba los planos de las viviendas en las que estaba trabajando y un par de reglas colocadas al azar sobre él.
Un nuevo pitido dio paso a otro mensaje.
-Ya de regreso ¿eh? Intenté ponerme en contacto contigo un par de veces pero no me costó mucho darme cuenta de que no querías ser encontrada. En fin, al grano. Tu proyecto del Coliseo, parece ser que el Vaticano va a aprobar las obras y el ayuntamiento ha llamado al estudio. Así que…
Raquel pulsó el botón de apagado del contestador y tomó el auricular sin dudarlo. Mientras sonaba la línea y permanecía en espera de respuesta, se sentó en el sofá, manteniendo el auricular con su hombro, y ocupó sus manos en liberarse de sus deportivas.
-¿Diga?
-Carla, cuéntamelo todo.
-Hey Raquel, por fin. Se trata del ayuntamiento, ha llamado para invitarte a una conferencia para pasado mañana.
-¿Conferencia? -preguntó tendiéndose en el sofá, dejándose caer hacia atrás.
-Bueno, es algo así como la exposición de la obra hasta donde el Vaticano permite, ya sabes, una especie de centro de instrucciones. No sé nada más, y hasta eso me costó sacárselo al tipo ese que llamó.
-Es decir… que habrá obra -dijo ayudándose de sus pies para quitarse sus deportivas y dejándolas caer al suelo.
-Así es. Y tú estás entre los invitados… piensa un poco mujer.
-Cielos, no puedo creerlo. ¿Tú crees que…?
-Sí, lo creo. Ya sabía yo que podrías con eso. No conozco a nadie tan cualificada para ese trabajo.
-Exageras, como siempre. En realidad cualquiera podría hacer esa restauración, al fin y al cavo solo se trata de reforzar los pilares de soporte.
-Posiblemente, pero nadie lo haría con tanta ilusión como tú. Adoras ese lugar.
Raquel sonrió con sus ojos grises llenos de sorpresa.
-Oye, pero la obra de San Basilio…
-Nada, sobre eso hablamos mañana en el estudio. Tú solo ponme al día que yo me encargo. No pusieron problema al respecto siempre que me supervisaras. Imagina, tú supervisándome a mí, lo que hay que aguantar.
-Bueno si te sirve de consuelo trataré de ser justa contigo.
Ambas mujeres rieron en un silencio momentáneo que Raquel volvió a romper.
– Lamento que tengas que aguantar a Paolo -dijo esto arrugando su frente y temiendo la reacción de la otra mujer.
-Tendrá que aguantarme él a mí. Esta vez no pienso dejar pasarle ni una, te lo advierto. De todos modos, llevo una semana pasando por la obra y hasta ahora no ha habido problemas. Tú tan solo relájate y céntrate en todo esto.
-Dalo por hecho -dijo dejando asomar una tímida sonrisa hacia el techo del salón.
-Venga, te dejo que estaba a punto de irme a la cama, pero mañana quiero un reporte completo de esas vacaciones.
-Bien, te veo mañana en la oficina. Buenas noches.
-Nos vemos, un beso.

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