
Leigh Grove es la típica protagonista de un libro lésbico: lista, mona y de buena familia. La vida le va bien, pero tiene un ojo para los hombres pésimo de verdad. Se ha enrollado con su jefe, un tal Peter, que se pasa borracho la mitad del tiempo y la otra mitad se dedica a ponerle los cuernos con otra empleada. Profesionalmente, ambos trabajan en la gestión de fondos de inversión. A Peter se la refanfinflan las pérdidas que puedan sufrir los inversores, a Leigh no: posee una cartera de clientes compuesta de señoras de cierta edad que le ponen sus ahorros en las manos y confían ciegamente en ella. Así que cuando se entera de que Peter no sólo resulta un traidor en la cama, sino que manipula las inversiones con alto riesgo bajo los auspicios de un “Comité”, valora que es la última gota que colmaba el vaso de su paciencia y le deja en el transcurso de una cena.
“Casualmente”, una de sus clientas se encontraba en el restaurante esa misma noche y, antes de que Leigh pillara la puerta toda cabreada, se había acercado a saludarla. El nombre de la clienta en cuestión es Jen Stryker. Jen estaba tomándose unos chismes con su sobrina, Conn. ¿De dónde viene “Conn”? De Constantina, nombre que ella detesta mucho, así que hay que llamarla Conn o se puede armar.
Quedamos pues en que Miss Grove abandona el restaurante y su relación con Peter. Previamente al abandono, alguien se dio cuenta de que Leigh era un elemento a controlar. Así que le pegaron suavecito (moratón en cara y labio ligeramente partido), con el aviso de que la próxima vez la leña sería más contundente si no “obedecía”.




