Es chocante lo que me pasa: me ha gustado tanto este libro lésbico que me cuesta un montón arrancar con la reseña. No sé por dónde empezar. He disfrutado como una enana. Han sido de las mejores horas que he pasado leyendo porque para mí tiene los ingredientes necesarios para que me lo pase bien, pero bien, bien de verdad.
En primer lugar, la novela se construye en torno a un misterio. Es un misterio muy misterioso, aunque se aparece de la manera más casual posible a la protagonista y que nace de una aventura: el descubrimiento de una lápida en un cementerio en que se ha colado para contemplar un entierro, el de su tío “el chache” Antonio, al que odia enormemente –y sus motivos tiene.
Allí, escondida entre los panteones para no ser descubierta, alcanza a ver una lápida de contenido desconcertante: “María Bielsa. Veinticuatro veces”.
Resolver el enigma se convierte para nuestra protagonista poco menos que en la razón de su vida entera. Desde ese momento hasta que termina por descubrirlo un montón de años más tarde, cuando ya está bien metida en la adultez, ella vive por y para descubrir quién fue María Bielsa y el porqué de su asombroso epitafio.
En realidad no sólo acabará por revelar el misterio, sino también la verdadera naturaleza de su propio ser. Es, en este sentido, un viaje iniciático de la protagonista que termina en el momento en que se encuentra a sí misma –una Bildungsroman, una novela “de crecimiento”.
Hasta ese momento, vemos desfilar la vida en un pueblo de la provincia de Jaén, con todo su sabor localista, la peculiar manera de ser de sus paisanos y las terribles dificultades que tiene la joven detective para iniciar su investigación.





