
Releo este diario. Releo este naufragio. Releo este rosario y mis dedos encallan uno a uno contra sus cinco misterios dolorosos. Al fondo, en una cruz de olivo y aluminio, he visto a una mujer crucificada de amor. (Pág. 43)
Uno de los traumas más profundos que puede sufrir una persona es la ruptura con su pareja. Y más si tiene la convicción (al menos hasta ese momento) de que es el amor de su vida y lo ha perdido para siempre. Y, más aún, si encima ese amor la ha abandonado sin dar explicaciones, sin razón aparente, sin colaborar en el proceso de asunción por la “víctima” de su derrota. Un trauma no asumido es más traumático.
Entonces esa persona abandonada y herida tiene que arrostrar por sí misma todo el duelo, cargarlo a cuestas y, además de aceptarlo, sobrellevarlo, superarlo, admitirlo y asimilarlo.
Esto es lo que le pasa a nuestra protagonista: después de un buen tiempo viviendo con su amante-compañera. La tal novia, un buen día…desaparece. Simplemente se marcha a la francesa.
No sabemos cuáles han sido los motivos, el camino sin retorno que ambas recorrieron hasta que una de ellas decidió abandonarlo. Seguramente la prófuga no es tampoco culpable del desastre. Sus razones tendrá, con toda seguridad. Pero lo que se nos narra en esta novela no tiene que ver con esto: se centra, exclusivamente, en el proceso de duelo de la persona que se queda exánime, desorientada y náufraga de amor.
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