Escrito por: Arcadia:
«Soy de ideas fijas. Vivo en la meseta norte española. Estoy felizmente casada, después de muchos años de vida en común, y que vaya tan felizmente como hasta ahora. Me encanta el cine (sobre todo el clásico), la buena literatura y las historias bien contadas. En el Twituniverse se me conoce como @havingdrink«
Larkhall recibe un nuevo cargamento de reclusas. Normal, ¿verdad? De vez en cuando asistimos a esta escena y nos preguntamos si no es curioso que a esta cárcel siempre entren más presas de las que salen, con el consiguiente peligro de masificación que esto lleva consigo. Es un hecho que tenemos siempre lleno el gallinero. Reflexiones filosóficas aparte, en esta ocasión el aporte de presas tiene algo de especial: llega una peligrosísima. Tiene la moza unas artes para hacer amigos que pone tiesos los pelitos de la nuca: cumple condena por trocear a su hermana en cachitos pequeños y en la prisión anterior le arrancó de un mordisco la oreja a un guardián porque debió de levantarse de mal humor aquel día (vamos, lo normal, tal cual me pasa a mí todos los lunes). 😉

La llaman Tessa La Loca (obviamente no han sido muy creativos buscándole un mote). Resulta que la tal Tessa está pegando chillidos dentro del furgón que la traslada, presa de lo que parece un ataque de pánico ansioso porque, además de loca perdida, también es claustrofóbica. Viene la reclusa desprovista de documentación, dado que los de la cárcel-origen quieren endilgársela a Larkhall y convertir lo que iba a ser una estancia provisional en una definitiva. Es evidente que nadie quiere un bicho así en su cárcel. Y la que menos, Karen, que ya tiene una experiencia traumática con esta pájara: en la prisión donde tuvo su anterior destino, la loca en cuestión armó la de San Quintín. Así que alberga sobre ella un agrio recuerdo.




