Alcancé a odiarla

No fue fácil alejarla. Odiarla sí. Pero alejarla hasta el olvido…, eso ya es otro

cantar. En su caso se podría decir "otro recitar", que va más con ella. Con la escritora

que se olvidó de escribirme.

Reconozco que alguna vez la he odiado. Y también que viví momentos en que era

incapaz de distinguir a quién despreciaba más: a su indiferencia o a mi timidez. Aun así,

querer alejarla no es mi sentimiento más fuerte. El que gana la batalla también empieza

por "A". Y, si se gira la palabra, luce el paradero de la Fuente de Trevi.

Me gustaría poder hallar mil maneras de convertirla en un recuerdo indoloro. No

sé si es mejor que duela un ratito o que escueza para siempre. A pesar de no haberme

prometido nunca nada, ni siquiera un insulso "tal vez" de madrugada, lastima mucho

más de lo que me convendría; se me desgarra una y otra vez la herida. Eso es jodido,

teniendo en cuenta que ella tendrá a otra a la que le prometerá toda su Vida, que es lo

que se me escurre a mí a medida que pasan los días.

Adicción a la ficción

Otoño III

Recuerdo recitar uno de mis latidos a su zona más íntima:

"Al pensar en su otoño mojado de placer, me enrojecía como se enrojece

septiembre con la llegada de la estación. Un jardín privado con los matices propios de la

etapa más madura.

Conocí sus voluminosas cordilleras al norte de su panorama, cada una con su

propia cima, sonrosada y sedosa; picos apacibles, esponjosos, cercanos. Fue entonces

cuando me dio por el alpinismo. Y, armada de valor, trepé hasta el monte más hermoso

que me quiso desvelar: el de Venus. Un lugar recogido y misterioso que guardaba en

secreto. Aquella loma contaba con su propio otoño, envuelto por un denso seto color

café.

Qué hermoso resultó curiosear entre su prado e ir descubriendo, paso a paso,

lugares cada vez más acogedores. Hasta llegar, a través de un pasadizo oculto, a la

abertura que daba acceso a un mundo subterráneo. Su mundo subterráneo. Con el

carmín de mis labios, le dejé claro lo lindo que me parecía su paisaje.

Después de tres meses explorando zonas tan espléndidas, decidió que había

llegado la hora de marcharse a un lugar más frío, y borrar la huella que dejé en su tierra

cuando la escalé a besos. Ahora creo que el color castaño de su piel se ha difuminado,

tornándose blanca. Sus sendas son níveas. Aún así, no me parecen pálidas, sino puras,

de lo claras que son.

Y yo, desde entonces, me paso los días buscando horizontes inéditos, visitando

nuevas praderas, siempre encharcadas, de tonos ocres o cobrizos, con intención de

encontrar otro monte tan auténtico como aquel suyo.

Recuerdo lo que pensé antes de que mudara de época: para ser otoño, no le hacía

falta olmo, roble, arce ni ningún miembro arbóreo. Tan solo con su follaje marrón

oscuro, raso o acolchado, pero siempre cálido, se convertía en la estación más completa

y sabrosa del año.

Le confesaré algo: Siempre he querido comérmela a versos. Y así se lo diré, para

que le llegue mejor; pero, sobre todo, para que lo sienta mejor:

Adoro el otoño

del color del madroño.

Mi ánimo es algo ñoño,

cada día, más de ti me encoño.

Con mis propios lamentos me escoño,

me tienen hasta el moño.

Al contemplarte entre el cambroño,

recuerdo lo que más me abrigó: tu otoño".

Adicción a la ficción

Más o menos completa

He llegado a la conclusión de que la única pareja estable con la que he vivido ha

sido la escritura. Es un bolígrafo. Un pedazo de papel arrugado. Un recambio de la

pluma. Es todo eso. Es más que ella. El único amor del que no me canso tras tantos años

de convivencia.

Melancólica en forma de prosa, delicada si se viste de poema, o pura y arrolladora

cuando me narra, la escritura es lo que me enseñó y también lo que me dejó. Lo único

que aún conserva su esencia y a través de ella puedo escribir su nombre sin que me

duela demasiado. O sus iniciales, escondiéndolas donde no sea fácil encontrarlas: en

mitad de un párrafo, en tres adjetivos consecutivos, o antes de un punto y aparte.

Si me apetece estar con una rubia, me tomo una cerveza. Que quiero una morena,

pienso en el café. Y si se me antoja pelirroja, cualquier licor anaranjado me sirve. Sobre

todo, un buen vino rosado.

Y luego estaba ella. También era mi amor, pero de esos platónicos. De esos que se

escaparon y solo volverán cuando ya no me quede fuerza en los dedos para agarrarlo.

Lo malo es que a ella sí la podría cambiar por la primera mujer que me hiciera ojitos. Y

acabar así devolviéndole el daño que me dejó de recuerdo.

La verdad es que vivir conmigo debe parecerse mucho a suicidar los sentimientos.

Habría días en los que no querría ni mirarla a los ojos, ni me importaría saber cómo le

ha ido en el trabajo, ni siquiera hacer el amor con ella. Surgirían instantes en los que

preferiría seguir enmarañando mi interior en el sofá, de madrugada, a solas; momentos

en que sus caricias me irritasen y la apartase de mí, refunfuñando. Habría días en los

que necesitase mandarla muy lejos, allí donde no huele bien… Porque no sé qué extraña

conexión se daba en mi cerebro que, cuando me encontraba sola, ansiaba enlazarme con

ella; y en los pocos pasos que anduvo a mi lado, deseaba estar muy sola. Nunca acepté

esa contrariedad para ninguna de las dos.

Así que me conformo con la escritura. Es la única a la que soporto y me

sobrelleva. La única que me hace sentir más o menos completa.

Adicción a la ficción