Mini Relatos: Tasiri y Magec
Magec se había levantado pronto esa mañana. Solía utilizar las hojas secas del viejo olmo junto a su granja, para abonar los campos, pero esta vez, el resto del pueblo,bajo la desesperación de las lluvias que inundaron en el invierno, y el calor abrasador del verano, no habían dejado ni una sola hoja seca en kilómetros a la redonda. A duras penas, había conseguido volver a dar cierta fertilidad al pequeño terreno del que dependía para sustentar a sus padres y sus dos hermanos pequeños y no estaba dispuesta a rendirse.
Caminó hacia la orilla en busca de algas secas, que iba metiendo en su viejo bolso de piel curtida de cabra.
El sonido de las olas que se estrellaban contra sus propias aguas, siempre le había hecho estremecer, así como despertado un gran sentido de respeto, casi miedo, a aquellas ondas de masas de agua que parecían desquitarse del peso del cielo sobre él, empujando su reboso hacia la arena.
Caminó, viendo a lo lejos como una enorme ola trepaba sobre una enorme roca en mitad de todo aquel azul, para luego, cientos de litros de agua en forma de espuma blanca, emprendiera un impetuoso vuelo hacia el cielo.
Clavó sus pies al suelo, sintiendo aquel vértigo inundar su mente y sus sentidos, y siguió su camino por la orilla, agachándose ante un pequeño montón de algas rojas varadas entre unas rocas.
Tenía su bolso casi lleno, cuando vio algo en la arena. Se acercó cauta, mirando a ambos lados como quien busca un testigo antes de aventurarse a lo desconocido.
Poco a poco pudo percibir que se trataba de alguien junto a uno de esos barcos que alguna vez había visto pasar ante tierra desde la cima de la montaña.
-Hola -dijo a aquella mujer que, con su pelo largo recogido en una cola, no se había percatado de su presencia y se afanaba en querer cortar con un viejo cuchillo un madero más ancho que la hoja oxidada de su herramienta.
-Hola -dijo la otra mujer parando en seco de su labor y sorprendida de aquella inesperada visita
-¿Es tuyo esto? -preguntó Magec sorprendida del tamaño de aquella nave de unos diez metros de largo por unos cinco de ancho.
-Sí, es Tilellit, mi viejo compañero -respondió, mirando con ese afecto con el que se mira a un aliado, parte del casco desgastado de su nave y colocando una de sus manos en la enorme grieta que trataba de reparar.
-Veo que necesitas ayuda con eso -dijo Mayec viendo como el rostro de aquella mujer había pasado de mirar con ojos nostálgicos a aquel barco, a otra de preocupación.
Tasiri, simplemente miró como la otra mujer se acercaba y pasaba su mano por el viejo madero roído colocando parte de su pelo oscuro y liso tras su oreja para ver la dimensión del trabajo por hacer.
-Podría ayudarte con ello. Tengo herramientas en mi granero que podrían facilitarte el trabajo, a cambio podrías ayudarme con la cosecha -dijo haciendo una pausa antes de continuar-…al menos hasta que lo acabes.
Tasiri miró aquellos ojos color tierra que le daban una salida para proseguir su viaje, y la verdad era que no estaba en posición de rechazar aquella oferta.
-Ya tienes esa ayuda –respondió la otra mujer extendiendo su mano en señal de pacto de dos.
-Soy Tasiri -añadió finalmente notando las durezas y los pequeños cortes en la mano de la otra mujer.
-Majec -dijo notando la fuerza de la mujer del agua en su apretón.
Ambas caminaron tierra adentro hasta tomar un camino a cuyos lados, a medida que avanzaban, la tierra parecía lánguida, ocre, clamando por una gota de agua en el lugar certero, porque en otros tramos, unas inundaciones llenaban el aire de un olor nauseabundo y pantanoso, generando un nido de malas hierbas que parecían querer apoderarse del paisaje. En definitiva, los troncos muertos y secos que salpicaban las llanuras, daban fe de que hubo un día en que todo aquello lucía otro aspecto diferente.
Una vez en la granja,Tasiri entendió el porqué de cada una de las heridas cicatrizadas que adornaban sus antebrazos.
Y así comenzó una rutina en la que desde que clareaba el día, hasta media tarde, ambas atendían los campos. Unas veces tratando de salvar la cosecha de verduras, otras, ayudando con soportes a que los maizales permanecieran cara al cielo, una cualidad que habían perdido al crecer de una tierra desoxigenada, sin otro nutriente que sus cuidados…en un cielo en el que un sol abrazador parecía querer robarles la vida que les quedaban. Pero cada tarde, ambas iban hasta la playa, a trabajar en los cuidados de Tilellit. Majec, aprendió de la mirada de Tasiri, a no ver el mar como ese gran muro que le impedía pasar, y casi podía aceptar la idea de que escondiera algo más que eso si podía sacar aquel brillo que sacaba en la mirada verde de Tasiri.
-¿No tienes miedo? -preguntó cierta vez mientras trataba de pulir la madera del viejo navío que, descansaba mitad en la arena, mitad en el agua.
-¿Del mar? -añadió Tasiri.
-Sí
-Cada momento que paso en él. Cada vez que el viento sopla y ha estado a punto de dar la vuelta al viejo Tilellit. Miedo a la oscuridad que hay cuando ya mis ojos no pueden alcanzar la luz que lo ilumina.
-¿Entonces? ¿Por qué lo haces?
Tasiri, una vez más, se había tropezado con esa pregunta, cuya respuesta siempre había conseguido que la tacharan de loca o quizás de algo peor, una soñadora. Sin embargo, la mirada sincera de la otra chica hacia ella bien valía el riesgo de decirle la verdad sencilla de su motivo.
-Dicen que tras las tierras pobres, y escondida tras los mares negros, existe un mar, con una transparencia tal que se puede ver el brillo de las estrellas reflejadas en el fondo. Que el cielo que lo cubre se refleja en él con tal similitud que no se sabe dónde empieza lo uno y acaba lo otro.
-¿Hay una promesa de tierra en ese mar?
-Ni siquiera sé si existe ese mar.
-Pero lo buscas
No respondió con palabra alguna, continuó lijando el madero nuevo que tanto le habían costado encontrar, dándole la forma necesaria para cubrir la grieta.
-Solo una persona valiente haría eso -dijo Magec con una leve sonrisa sin dejar de pulir el casco pero desviando sus ojos castigados por el trabajo en los campos que parecían sostener en ellos todo el equilibrio que le faltaba a esos terrenos baldíos.
