Escrito por: Arcadia:
«Soy de ideas fijas. Vivo en la meseta norte española. Estoy felizmente casada, después de muchos años de vida en común, y que vaya tan felizmente como hasta ahora. Me encanta el cine (sobre todo el clásico), la buena literatura y las historias bien contadas. En el Twituniverse se me conoce como @havingdrink«
Atención con lo mal del tarro que anda Araceli. Y es que cuando pones tu espíritu a disposición de la filosofía oriental a tope, con yogas, chacras y vedas pero sin sentido común que te agarre los pies a la tierra (y sin Kamasutra, que es lo más interesante) cabe la posibilidad de que la pelota se te vaya de órbita. Como una auténtica cabra está la chica: acude a consulta de Judith (la psicóloga-presidenta), pero con una perspectiva disociativa. Explico los síntomas porque no acabo de ver que exista ninguna patología que case con la conducta de nuestra chamán, acaba ella de inventarla: resulta que ella está allí como paciente, contándole a la terapeuta la cena que ha tenido con ella misma (Judith), pero no tratándola como comensal, sino como psicóloga –como si ambos aspectos pudieran despegarse y desjuntarse del mismo individuo, cual celofán. Judith, obviamente, la contempla en estado de estupor: hablar con ella de ella, pero como si fuera otra persona, tiene por fuerza que descolocar al más curtido trabajador de la Psicología Clínica. Judith pretende entonces aclarar el equívoco: “¡Estás hablando de MÍ!”, dice. Pero Araceli es dura de pelar en sus chaladuras: “No, estoy hablando de la novia de mi ex. Tú eres mi terapeuta”, responde sin despeinarse.

De repente, en cuanto Judith declara que su relación con Enrique ha finalizado, a Araceli se le muta la disociación y ya no es paciente, sino “amiga” (por lo que la psicóloga puede contarle ya sin miedo todas sus cosas amorosas). No es difícil llegar a la conclusión de que nuestra reaparecida vecina usa sus chifladuras como mejor le conviene: para sacar información, preferentemente.

