
Escrito por: Arcadia:
«Soy de ideas fijas. Vivo en la meseta norte española. Estoy felizmente casada, después de muchos años de vida en común, y que vaya tan felizmente como hasta ahora. Me encanta el cine (sobre todo el clásico), la buena literatura y las historias bien contadas. En el Twituniverse se me conoce como @havingdrink«
Los planes de boda de Reyes y Araceli van viento en popa. Ya casi están a las puertas mismas del altar y, como manda la tradición, quieren hacer una despedida de solteras. Cada una la suya, se supone; pero no, porque Reyes tiene un buen montón de amigas a las que invitar y Araceli… ninguna. Así que, tras dos o tres súplicas, consigue que su prometida le deje adosarse a la suya. Una despedida para dos. Pero en cuanto Reyes dice que vale, que sí, a Araceli le da por la contraria: ahora ya no va y se monta una despedida propia. ¿A que está muy loca? En cualquier caso parece que, en su momento, tuvo una muy movidita en su primera boda (con Enrique). En aquella ocasión, tres musculosos y morenos cubanos le hicieron un número subidito de tono. Ella cree que ahí nació su “falofobia”. A ver, ya vale de tanto estereotipo: ahora resulta que las lesbianas no sólo odiamos a todos los hombres, sino que además nos dan repugnancia los penes y por eso es que somos lesbis. ¿Cuándo se entenderá que no hay nada de eso, que es un asunto de atracción hacia las mujeres y no de rechazo hacia los hombres?

Para celebrar el evento de Reyes, eligen nuestras protagonistas el bar de Enrique. Dicho local ofrece unas ventajas indudables, como pueden ser: a) No hay clientes nunca, así que lo tienen bastante a disposición; b) no puede cobrar gran cosa, porque el 50% del negocio es de Araceli (los gananciales que aún, al parecer, no han disuelto). Enrique cede el local porque no le queda más remedio, pero como acababa de salir de la ducha y sólo lo cubre una toalla, pilla frío.
La comecocos (Judith) y la ninfómana guapa (Raquel) andan desesperadas de la vida. Resulta que, en un rapto de inteligencia, ambas han rechazado la ofrenda del Recio de llevarlas de acompañantes a la Gala del Bogavante de Oro. Dicho magno acontecimiento consiste en la entrega de un premio al mejor mayorista de marisco –como los óscars, pero en pescadería- y el Rancio piensa ganarlo. El resultado es que se han quedado aburridas viendo la tele y, en medio de la velada, empiezan a asaltarles los complejos de su fracasada vida amorosa. Ambas no tienen suerte con los hombres-es la verdad- y no se explican el porqué de tan mala fortuna, siendo tan monas, tan guapas, tan atractivas, tan deseables y tan hermosas (y teniendo tan alto concepto de sí mismas, como bien se ve).
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