Mi madre es la mayor de once hijos y yo vine al mundo cuando ella tenía 22 años, lo cual no tendría ninguna importancia si no fuera porque apenas cuatro años antes mi abuela tuvo a su último hijo, así que David (mi tío) y yo eramos los dos peques de la casa y siempre jugábamos juntos. La cosa es que fue él quien me empezó a enseñarme a amar el fútbol y una lección muy importante, que tienes que quedarte con tu equipo hasta el final.
Un día, cuando tenía como cinco o seis años, estábamos viendo un partido de nuestro equipo (que es el América), el caso es que iban perdiendo como tres a uno y faltaba poco tiempo para que llegara el final del partido, así que yo le pregunté: «¿Por qué no nos cambiamos de equipo?». En mi mente estaba claro que si seguíamos apoyando al América íbamos a perder, así que el momento del cambio era este. El caso es que él me miro con cara de: «Pequeño saltamontes… aún no sabe nada de la vida» y me respondió que uno nunca podía traicionar sus ideales y a su equipo, luego me contó que hacía mucho tiempo, había habido un partido igual. Que el América iba perdiendo 5 a 0 y que al final consiguieron meter cuatro goles. Y yo (que en ese entonces no sumaba muy bien) ¿Y ganaron? Y él, pues no, volvieron a perder, pero lo importante es que metieron cuatro goles y pudieron ganar.
