Mis padres siempre han trabajado los fines de semana (bueno no siempre, pero casi siempre) y por eso los sábados y domingos eran los días de estar con mi abuela. Algunos de los momentos más bonitos de mi vida los he pasado junto a ella y en cierto sentido gran parte de lo que soy y de la educación que tengo se la debo a su paciencia y constantes consejos.
Mi abue es una de esas señoras guapísimas de sociedad, que nunca salen de casa sin estar arregladas (está por cumplir los 95) y que son extremadamente educadas. Pero también es una persona muy cariñosa y cuando se trata de uno de nosotros es perfectamente capaz de hacer a un lado su educación por sus sentimientos. Por ejemplo cuando mi prima tuvo la mala suerte de quedarse embarazada y la corrieron de su casa, fue ella quien la invitó a vivir con ella y la defendió de todo el mundo. Por eso yo la quiero tanto.
Todos los domingos por la mañana mi abuela nos preparaba a mis hermanas y a mí para ir a la iglesia. Era un ritual que me gustaba mucho porque siempre íbamos a la misa de las 12:00 porque a esa iba el coro y a las tres nos gustaba mucho cantar, así que nos sabíamos todas las canciones y siempre nos sentábamos con ellos. Como mi abue vive en el centro de la ciudad caminábamos hasta la iglesia porque está tan solo a un par de cuadras de la casa.
Ella siempre nos guiaba mientras nos contaba cosas y recuerdo que uno de esos días iba yo saltando como desquiciada de la banqueta a la calle porque siempre he sido un tanto inquieta. Entonces mi abuela me mandó llamar y me dijo: «hija, no puedes ir así por la calle, recuerda que eres hija de médico«, yo en ese entonces no entendí que conexión había entre lo uno y lo otro pero como mi abuela para mi siempre ha tenido la razón me comporté como la gente y caminé por la calle tranquilamente.
