Señoras, estamos ante un auténtico clásico de la literatura que habla del amor entre mujeres. No hay muchos libros lésbicos como este, creedme, tan bien escritos, tan ajustados, con una prosa tan delicadamente realista y con una verosimilitud en los diálogos poco común.

Si, para colmo, sabemos que es la recreación de una historia real, ya hemos llegado a la redondez del círculo. Quede claro: no es el tema típico de “basado en una historia real”, no cae en la vulgaridad, la moralina y el horterismo a que estamos acostumbradas cuando se presentan historias (películas, novelas, etc) bajo este subtitulo. Lo he llegado a detestar tanto, que desconfío por principio de las narraciones que usan la vida de alguien para montar el relato. Me parece que, por regla general, no es más que un subterfugio de mediocres que, faltos de inventiva, usan y abusan de las historias de la gente real por no ser capaces de crear algo nuevo. Les viene dado: utilizan el andamio de la vida de otros, y sobre él edifican lo que debería ser una obra de ficción y en realidad sólo es un reciclaje de historias ajenas.
Nada de esto hay en Un lugar para nosotras. Es una novela de calidad. Y la referencia a personajes verdaderos no daña para nada la calidad de la narración. Simplemente, la historia real –que desconocemos en detalle- sirve de sustrato para que la autora, Isabel Miller, recree lo que pudieron ser las vidas de la pintora Mary Ann Wilson y de Miss Brundidge, su compañera. Los personajes reales inspiran la construcción de los ficticios, que toman los nombres de Patience White y Sarah Dowling.

