Elisa, Nuria y Valeria son amigas desde la adolescencia. Han compartido muchas cosas, han sufrido juntas, disfrutado juntas y, desde muchos puntos de vista, han construido juntas sus vidas porque éstas han estado estrechamente entrelazadas.
En el año 2011, lejos ya de sus años más juveniles, Nuria y Elisa acuden a una cita en el acantilado que fue testigo mudo de sus íntimas emociones. Allí charlaron, se confesaron y se hicieron confidencias. El acantilado, con un hermoso y gran faro proyectando su mirada al mar, es el lugar idóneo para volver a encontrarse.
Entonces, Nuria comienza a evocar los años en que las tres amigas vivieron lo que probablemente constituyó lo más intenso e importante de sus vidas hasta el momento presente.
A Nuria le gustan las chicas, a Valeria los chicos y a Elisa…no se sabe bien. Aunque se da por sentado, como suele suceder, que camina por la acera hetero mientras no se demuestre lo contrario.
Esto lleva a Nuria por el camino de la amargura. Sí, lo acabáis de adivinar: Nuria está perdidamente enamorada de Elisa, nada menos que desde los 14 añitos. Para una chica «normal» lo de enamorarse en la temprana adolescencia (básicamente pubertad) sólo genera los problemas lógicos del evento: el típico deshoje de margarita -me quiere, no me quiere- y poco más. Pero Nuria sufre lo indecible porque además de insegura, está aterrada. Lleva años aterrada. Sabe que su amor es algo prohibido, algo que hay que ocultar a toda costa.
