Hemos pasado tantas semanas sin nuestras dosis diarias de Callie y Arizona que ya padecíamos de abstinencia. No, en serio, yo necesitaba ya de ese chute semanal de drama que Anatomía de Grey siempre trae consigo. No se puede ser tan feliz en esta vida, hay que meterle un poco de sufrimiento para que las alegrías sepan más :P.
En fin que el siglo pasado nos habíamos quedado en que Arizona y Callie y se habían dado cuenta de que tenían un problema de los gordos. Una quería un hijo, otra no, y por primera vez tenían una desavenencia con algo realmente importante para su futuro como pareja. ¿Se habrán arreglado en el tiempo en que no las vimos?

Me temo que no nenas, lo nuestro es sufrir más que María Magdalena, Cleopatra y Betty la Fea juntas. En fin, el caso es que en la casita Robbins-Torres la cosa está que arde. Por un lado, Callie no puede entender como la santa madre de todos los patines no quiere tener un bebe en casa pero arde en deseos de atender millones en el hospital. Por otro Arizona siente que su pareja debería entender que no está en ella tener pequeños mounstrillos con su cara y se siente atacada en su feminidad. ¡Menudo panorama!
Callie le propone un ejercicio a Arizona. Le pide que cierre los ojos y le empieza a describir como su bebe va a abrazarle con sus manitas pequeñitas en el cuello y se derrite mientras lo describe. Pero a Arizona la derriten otras cosas como Callie en bikini y una sangría en España. Dios mío, debo ser una veleta porque a mi me derriten las dos. El caso es que la pelea no hubiera tenido fin si no fuera porque afortunadamente Sloan-Sloan decidió dar a luz en ese mismísimo momento interrumpiéndolas.



