Señoras, la vida de nuestras Otalia es como una montaña rusa. A veces estás en la cima de la subida, con toda esa adrenalina recorriendo tu cuerpo y experimentas tal energía y felicidad que sientes que vas a reventar y terminas por lanzarte por la cuesta sin manos y sin dudas. Pero otras, otras sales de una vuelta de tornillo para encontrarte bajando sin descanso directa hasta el infierno y sabes que cuando todo esto termine vas a vomitar y no hay nada que puedas hacer para evitarlo.
Esta semana, nos ha tocado una de las segundas, así que las conmino a agarrarse a cualquier bebida alcohólica que tengan por delante (a menos que tengan menos de 18 en cuyo caso un deberán cambiarlo por unos 3 litros del helado de su preferencia) y me acompañen en este resumen de episodio. Porque si pensábamos que nos iba a tocar ver cumbres borrascosas en la granja del amor, nos hemos equivocado chicas, porque nos ha tocado el mismísimo «niño» haciendo berrinche sobre los tejados.
¿Preparadas? Pues vamos allá
La semana pasada nos habíamos quedado con Natalia en el baño intentando que se le pase ese extraño y misterioso malestar que la ha aquejado, y es justo ahí donde comenzamos esta semana. Oliva está esperándola afuera y Buzz decide regalarle el pastel y el helado que había pedido porque en sus propias palabras «no la había visto tan feliz desde que estabas con…» (con él).
Olivia se ríe y Blake entra en escena para reírse también. Justo en ese momento sale Natalia que aun se está sintiendo un poco mal. Olivia piensa que pudo haber comido algo en mal estado, pero Nat piensa que puede ser por los nervios de contarle a Emma lo que hay entre ellas.
Blake las mira con cara de «awww que lindas se ven juntas» y le asegura a Liv que Natalia es la empleada perfecta. Blake le pregunta a Natalia si cree que estará lo suficientemente bien para ir a trabajar por la tarde y ella le asegura que sí. Que estará ahí en cuanto le entregue al padre Ray unas galletas que ha hecho para la iglesia.
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