Hace unos cuantos añitos, estaba yo en la fiesta de cumpleaños de uno de mis primos. Tenía como 8 años y estaba triste porque mi tío David (que tan solo es cuatro años más grande que yo) me había dicho que no quería quedarse porque «le aburrían esas cosas». Mi mamá me explico que a los niños grandes ya no les gustaban las piñatas ni jugar a lo de antes y recuerdo de manera super vívida que en ese momento pensé: «A mi jamás van a dejar de gustarme las fiestas de niños, no voy a ser como los adultos. Siempre voy a querer darle a la piñata y recoger los dulces y jugar un montón».
La realidad es que con el paso de los años las fiestas de niños me hacen menos ilusión y cuando me dí cuenta pensé: «demonios me he fallado a mí misma y me convertí en una adulta». No es una experiencia que me haya pasado solo una vez.
Cuando tenía 14 me desperté tarde un fin de semana y a pesar de que mi madre me había pedido que le lavara los trastes me quede viendo televisión y haciendo el pato toda la mañana. Por la noche ella tuvo que lavarlos cuando llegó de trabajar y mi padre se enfado conmigo (obvio) y yo pensé: «es fin de semana y quiere que trabaje, que pesado yo nunca voy a ser así con mis hijos». El caso es que de ser una chica living la vida loca a quien le hacían la comida todos los días (bua extraño esos días) me convertí en una madre y esposa que tenía que hacer la comida todos los días. Y aunque me gusta mucho la cocina y me divierto mucho haciendo muffins y demás cosas, han habido muchos días en los que llego totalmente hecha polvo del trabajo y tengo que hacer de comer y me encuentro con Judith dormida y una pila de trastes del tamaño del universo y entonces pienso en mi madre.


