El murciélago y la Campana es una novela de vidas cruzadas, al modo de un tapiz en que se entremezclan los hilos, los colores y las texturas. En este tapiz confluyen tejidos independientes pero que, por el capricho o el jugueteo del destino, terminan por encontrarse, entrelazarse y formar juntos las historias que viven sus personajes.

Partiremos de Lola, porque Lola emprende el viaje que servirá de aglutinante a las vivencias de las demás protagonistas. Lola es salmantina y se encuentra en estos precisos instantes en la propia Salamanca, comiendo con las amigas en un restaurante y, de paso, llevándose una terrible decepción. El tipo con el que salía ha demostrado ser un capullo y acaba de descubrirlo. Una señora, Begoña, sentada en una mesa próxima, ha oído la conversación en la que se plasmaba la desolación de Lola y se ofrece a ayudar: resulta que Begoña es psicóloga y su actividad profesional se centra en el coaching, razón por la cual ofrece ayuda a la entristecida y desesperanzada Lola.

Begoña utiliza técnicas originales, como original es su explicación “psicoartística” del amor, al que compara con el Partenón de Atenas:

“La salud de vuestra relación es el arquitrabe, que debe estar en una perfecta línea perpendicular. Las dos columnas tienen que proporcionar el mismo apoyo. Debéis aportar lo mismo a la relación. Tiene que haber un equilibrio. Si no, el templo crece torcido, en desnivel, y tarde o temprano acaba por derrumbarse, con o sin la intervención de otras personas”.

La terapeuta propone a Lola una actividad curativa especial: aprovechar sus vacaciones veraniegas para recorrerse media España (o casi), vivir aventuras, relacionarse con gente variopinta y, en resumen, volver en septiembre como nueva. Para el éxito de la experiencia es imprescindible un detalle: Lola debe escribir un diario en el que refleje con todos los pelos y las señales que pueda, cuanto le acontezca. Lo llama “El cuaderno de la piña”.

En su peregrinaje terapéutico, Lola llega a Barcelona en los días de la celebración del Orgullo y conoce a una panda de chicas bastante alborozadas y alborotadas, procedentes de puntos diversos de la geografía nacional. Ahí es donde nuestra primera protagonista descubre cómo son las lesbianas, puesto que la totalidad del grupo participa de esta condición humana. Como figura a destacar señalaríamos a la “Guacamaya”, una peculiar y dicharachera mujer que se empeña en llamar a Lola Izaskun y en creer a pies juntillas que Lola participa de la lesbianidad (lo que pasa, según ella, es que está en el armario, confundida y asustada, sin poder reconocer su inclinación). Lola no para de aclararle que es heterosexual –hasta que se cansa y lo deja por imposible–, pero la tozudez de la Guacamaya no se rinde ante una negativa más o menos firme de la interesada: Lola se llama Izaskun y es lesbiana, porque ella lo cree así y punto redondo.

Los pasos de Lola, detalladamente narrados en su diario, recaban en el Pirineo leridano. Y ahí es donde conoce a la segunda de nuestras protagonistas (no por segunda en esta presentación, menos importante). Se llama Clara, es médica de familia y esta sí que entiende un montón.

La familia de Clara tiene un albergue, llamado “Casa di Legno”. El nombre es italiano porque su madre, que falleció hace tiempo en un accidente, también lo era. Es una casa rural de gran encanto en una zona de gran encanto también (creedme: tras leer la novela dan ganas de visitar los pueblos y parajes que se describen). Aunque vive su vida de forma bastante independiente, se ha hecho cargo del negocio temporalmente porque su padre se ha roto una pierna y su hermano no da abasto él solo con tanto huésped. Clara decide posponer un viaje que estaba a punto de emprender y quedarse: “Casa di Legno” la necesita y su familia también.

Lo que no puede Clara ni imaginar son los cambios que esta decisión procurará en su vida. Quedarse será lo mejor que haya hecho en mucho tiempo porque se va a reencontrar con muchas cosas, responder a muchas preguntas y resolver bastantes cuestiones. Sin ir más lejos, descubrir qué sucedió con su madre, e iluminar zonas del pasado que no merecen permanecer en la oscuridad. Quizás incluso recupere lo más importante: el amor verdadero.

El murciélago y la campana”, como decíamos al principio, es una novela de múltiples personajes a quienes el destino mueve y relaciona. Porque el destino es el motor fundamental de la acción. No en vano, el libro comienza con la siguiente sentencia: “Ningún copo de nieve cae en el lugar equivocado”. Esta resulta una idea clave: todas y cada una de las acciones, todos y cada uno de los acontecimientos suceden por algo.

Si Clara y Lola terminan por encontrarse “por casualidad”, no es algo banal. Tampoco lo es que Lola se haya cruzado antes con Ares (una interesante chica de la que pronto sabremos que tuvo una relación muy importante con Clara), ni con Antonia, ni con la Guacamaya…todas ellas se conocen y tienen un papel en la vida de las otras.

El destino lo sobrevuela todo. Hasta participa en el comportamiento de algunos objetos. Porque en este libro los objetos tienen gran importancia, tanta que la mayoría de ellos tiene incluso nombre. Por ejemplo, “Saudade” es el coche de Clara y le puso así por la indeleble huella que le dejó Lisboa. El diario de Lola (el “Cuaderno de la piña”) posee vida propia, él solito parece querer cambiar de manos y viajar por su cuenta. De hecho, tiene tanto poder actante que desencadena reacciones, sentimientos y hasta algún que otro acontecimiento (porque, sin su lectura, otros personajes no estarían enterados de los sentimientos de Lola y no se verían llamados a actuar al respecto). Pero, ante todo y sobre todo, el Cuaderno de la piña es un elemento esencial, que propicia el cruce de acciones narrativas y nos da la información que nos falta para completar el mosaico.

La obra comienza con un prólogo que plantea un desdoblamiento autora/narradora. La narradora interviene a lo largo de la obra para hacer observaciones a pie de página, traducir del italiano o del catalán y realizar apostillas. Resulta un curioso recurso, útil como modo de introducir aclaraciones e, incluso, alguna que otra valoración de lo que está sucediendo.

El título, en línea con lo crucial del rol de los objetos en esta novela, nombra a una campana muy importante, que pudiera parecer un simple adorno pero que es mucho más. No por casualidad el padre de Clara se pone histérico cada vez que alguien pretende manosearla. El murciélago, además de un animalito que perturbó una noche muy especial en una tienda de campaña, también tiene forma de pegatina. El coche con una pegatina de un murciélago pertenece a Ares. Y los murciélagos, como bien dice Lola, son seres muy especiales: “–Pues dicen que los murciélagos apenas ven. Que se guían en la oscuridad con un sexto sentido. Algo parecido a un sonar. Quizás tienes que aprender a ver como ellos, a percibir lo que está oculto”.

Como puede verse, los hilos entretejidos son muchos, pero al final todo encaja. Y el destino se encargará de que lo que sucedió en el pasado salga a la luz.

“El murciélago y la campana” es una obra entretenida, con muchos giros argumentales y una trama llena de episodios vívidos que nos hacen llegar a lo más interno de los personajes. Clara, Ares, Lola… pueblan con realismo el libro, y leyendo sus páginas llegamos a comprenderlas y a alegrarnos (y también a sufrir un poquito cuando toca) con ellas y sus aventuras. En resumen, es una historia sobre descubrir, perdonar, entender, valorar, escuchar. En definitiva, amar.

Si buscáis una novela con amores y desencuentros, un viaje de autoconocimiento, múltiples personajes con mucho que compartir, el destino como fuerza omnipresente y una buena dosis de optimismo flotando por el ambiente, este es vuestro libro. Que lo disfrutéis, si os apetece.

Edición citada: SAMPIETRO LARA, M. El murciélago y la campana. Caligrama, 2020. Versión Kindle.

El murciélago y la campana
Hay quien siente mariposas en el estómago cuando se enamora, y hay quien nota murciélagos revoloteando en la cabeza. Sea como sea, el amor siempre nos marca y, si no, que se lo pregunten a Lola y a Clara.