La verdadera vocación de Alejandra Gonzales es la cocina. Recuerda con verdadero deleite los ratos que pasaba con su abuela compartiendo tareas entre pucheros. Pero para su familia, esta no es una opción profesional seria. Por ello, se ve obligada a buscar otros caminos. Tras una fuerte discusión con sus padres debido a este asunto, le da el pronto rebelde y decide nada menos que meterse en las Fuerzas Armadas.

Para ella es un mundo fascinante, que imagina le procurará emociones y aventuras (además de dejar a sus progenitores realmente sorprendidos, por supuesto).

En realidad, sus padres se enorgullecen de la decisión tomada por Alejandra. No todos los días una hija decide ser militar profesional, con bastantes opciones de llegar al grado de oficial. Así que, aunque no consigue su inicial objetivo (fastidiar, básicamente), sí alcanza otro más importante: el respeto de su familia y un futuro profesional en un mundo que le atrae.

Pero enseguida descubre, precisamente en el cuartel, que le atraen otros ámbitos de la vida en particular. Concretamente, las mujeres. Alejandra se da cuenta durante su etapa de entrenamiento de que las mujeres son su debilidad. Es, sin lugar a ninguna duda, lesbiana.

Y no es lo único que descubre durante su aprendizaje. Poco a poco va viendo que el ambiente militar no es ni mucho menos como ella lo había imaginado. Porque contaba con que fuera duro y exigente. Ahora bien, nunca hubiera supuesto que la corrupción campara a sus anchas.

Todo ello se ve acentuado por una creciente politización de la vida militar. Hasta el momento, en Venezuela los militares eran apolíticos. Para garantizar su neutralidad, no podían ni votar. Pero al nuevo presidente le interesa cambiar las cosas.

Esta situación repugna a Alejandra, que cada vez está más a disgusto en la institución. Además, su vida personal tampoco resulta una maravilla: convive con su pareja, Laura, pero la relación dista mucho de ser saludable. Laura está llena de inseguridades, no quiere salir del armario y encima Alejandra sospecha que le es infiel.

Ante tales circunstancias, Alejandra decide que algo tiene que cambiar. Se asfixia en el ejército, donde cada vez descubre más asuntos turbios y, encima, debe esconderse porque ser homosexual está prohibido (se supone que daña el prestigio de la institución). Por otro lado, es obligado tomar decisiones en el ámbito privado.

Así que pronto inicia el camino hacia un cambio radical.

“Mi otro yo” relata el devenir personal de la protagonista en un entorno poco común. El ejército no resulta un medio en el que suelan desarrollarse historias de este tipo, por lo que quizás el mayor interés de la novela resida precisamente en ubicarla en el ámbito militar venezolano.

Esta ubicación sirve también para el desarrollo de una serie de aventuras que animan bastante la acción. No en vano, la oficial Gonzales acaba trabajando en el campo de la inteligencia militar, lo que propicia que se encuentre inmersa en una serie de situaciones de peligro e intriga que enriquecen el argumento.

Por otra parte, el machismo, la doble moral, y otras lacras generalizadas en el ejército del país, se ven reflejadas a lo largo de la novela de manera bastante amplia. Todo ello hace que podamos considerar que la narración tiene mucho de denuncia.

En este sentido, resulta interesante leer una obra en que se descubren aspectos totalmente ocultos de una institución que suele estar velada a los ojos del público en general.

Que la disfrutéis, si os apetece.