Esta es la historia de dos mujeres que vivieron hace algún tiempo. No en un tiempo muy lejano, aunque los acontecimientos que se narran bien podrían haber sucedido del mismo modo en plena Edad Media, y eso hubiera tenido algo más de justificación. Los acontecimientos que se narran en la novela se sitúan en España entre los años 50 y 90 del siglo XX. Muchas de nosotras, por tanto, hemos vivido y conocido el ambiente y la mentalidad del periodo que abarca la acción o de parte del mismo.

Luz y Ali se conocieron de niñas y fueron muy amigas ya desde entonces. Siempre sintieron un poderoso afecto la una por la otra y enseguida comenzaron a hacer planes sobre su futura vida juntas. Proyectaban, por ejemplo, matricularse en los mismos estudios y completar idéntica carrera universitaria, algo que –dicho sea de paso– no era algo normal porque tampoco era normal que la mayoría de las mujeres estudiaran. Ese sentimiento de gran amistad mutó en la adolescencia hacia algo más intenso aún, que ninguna de ellas reconoció como amor en ese primer momento, pero que lo era. Un amor grande, tenaz, potente y…peligroso, muy peligroso.

En el pueblo de Valencia donde vivían nadie hubiera podido comprenderlo. Todo lo contrario. Ahora bien, si nos tienta pensar que tal rechazo provenía únicamente del hecho de que habitaran en un medio rural (y, por tanto, supuestamente más atrasado), nos equivocaremos. Muy pronto nuestras dos protagonistas se darán cuenta del siguiente y desgraciado detalle: absolutamente todo el mundo que las rodea es hostil, sin diferencias de clase social, lazos familiares, nivel cultural, origen, o cualquier otra circunstancia.

A su favor opera la incredulidad general de que dos mujeres puedan amarse. Pero como un amor real y pasional muestra síntomas que no pueden ocultarse fácilmente, aunque sea de forma fugaz siempre alguien termina por sospechar.

La respuesta a la consulta que el padre de Luz realiza a un médico eminente sobre la gravedad o no de lo que puede estar sucediendo es muy reveladora. En primer lugar, el diagnóstico es rotundo:

Parece, por lo que me cuenta, que su hija padece una fijación nerviosa por una amiga. Esa fijación morbosa debe arrancarse de raíz en previsión de que pase a mayores y termine por impedir que su hija se convierta en una mujer adulta que ponga sus intereses en donde los intereses de las mujeres maduras deben estar, en el matrimonio y la maternidad.

En cuanto a la etiología de la presunta dolencia, el problema ha nacido por dejarla estudiar; estudiar es para los chicos. Las chicas tienen un sistema nervioso frágil y no soportan las presiones propias de un mundo de hombres. Ahora estad preparadas para no llevaros las manos a la cabeza, porque la explicación que ofrece la eminencia en cuestión a la atracción amorosa y sexual entre mujeres es la siguiente:

…ellas, presionadas, inseguras en un mundo que no es el suyo, masculinizadas a la fuerza, terminan por ver en su mejor amiga, en lugar de la segura amistad femenina, una especie de trasunto de ellas mismas. Ya que no se les ha dejado ser mujeres completas, buscan a otra mujer para completarse.

Pero, según él, no hay motivo de alarma. En realidad nunca van a llegar a acostarse, dado que:

Las jóvenes pocas veces llegan a mayores en sus relaciones con estas amigas especiales porque no está en el cerebro de la mujer tener relaciones del mismo tipo que las que tienen los hombres.

En descargo de este desafortunado galeno hay que decir que no era el único que defendía semejantes estupideces: tal era el parecer más generalizado entre la comunidad “científica” (lo pongo entre comillas porque parece ridículo hablar de ciencia cuando se manejan estos planteamientos).

Desde el momento en que el tema se enfoca bajo la perspectiva de lo enfermizo, las consecuencias están claras: si hay una enfermedad, hay que curarla. Comienza la búsqueda de las terapias más adecuadas para erradicar la supuesta dolencia. Como lo más importante en teoría es el bien del “enfermo” –en este caso las “enfermas”–, no deben escatimarse esfuerzos para devolverle la “salud” cueste lo que cueste, con el uso si es preciso de “tratamientos” que hoy en día calificaríamos de brutales, inhumanos y absurdos, pero que entonces se consideraban eficacísimos.

Así nos encontramos ante una situación paradójica, en la que las supuestas enfermas deben someterse a “curaciones” que lo que les provocan en realidad son verdaderas enfermedades reales y graves. Y el terreno donde prioritariamente aparecen esos trastornos es, cómo no, la mente. De tanto repetirle a una persona que está enferma, termina por estarlo porque lo siente así.

Lo peor no es, con ser terrible, el entorno que las rodea. Lo peor es lo interno. No olvidemos que la misma educación que han recibido los demás la han recibido ellas mismas. Así que la homofobia interiorizada hace su aparición, con todos sus devastadores efectos. Cierto es que no afecta por igual a ambas. Luz posee una personalidad más enérgica, más decidida y más independiente (tiene la suerte de no tener que aguantar a familiares). Pero Ali queda atrapada dentro de su íntimo rechazo y sufre lo indecible al constatar que ama a quien no debe amar y que además no puede evitarlo. Ali se tortura cada día por el terrible pecado que cree estar cometiendo, el sentimiento de que hiere a sus seres queridos y perjudica a su familia, por la vida enfermiza y estéril que, en suma, piensa que está viviendo. Y así, arrepintiéndose una y otra vez, pero sin poder dejar de amar a Luz, pasa los días sufriendo y machacándose a conciencia. Todo este proceso, lógicamente, no puede ser nada bueno para su salud mental.

Como señala la propia autora, la génesis de “Su cuerpo era su gozo” está en la publicación de una noticia en el diario “El País”, en diciembre de 2001. El periódico daba cuenta de una sentencia judicial absolutoria, tras el proceso a una mujer que había quitado la vida a su compañera sentimental. La víctima había pedido a la acusada que así lo hiciera. Después de esto, se rodó la película “Electroshock” (2006), dirigida por Juan Carlos Claver y protagonizada por Carme Elías y Susi Sánchez, cuyo argumento está claramente inspirado en la novela que ahora reseñamos. Lo más terrible de todo es que, aunque obra de ficción, este libro esté basado en hechos reales.

A partir de la noticia, Beatriz Gimeno construye una historia verosímil de cómo esas dos mujeres pudieron llegar al extremo de que una de ellas le pida a su pareja que la mate y ésta acceda. Resulta difícil imaginar el estado de derrumbe emocional en el que se encontraban ambas y como habían podido alcanzar tal grado de desesperación. Pues bien, “Su cuerpo era su gozo” lo consigue: consigue que comprendamos el dolor continuado, la andadura vital llena de sufrimiento y angustia de esta pareja de mujeres que tuvieron que enfrentarse a todo y que no lograron vencer, porque a veces vencer es imposible.

Esta es una novela muy introspectiva. Su objetivo principal pasa porque en todo momento sepamos con detalle los sentimientos que invaden a las protagonistas. Entrar en su interior, conocer qué piensan, qué sienten y, a la postre, por qué actúan como actúan en cada momento. Por eso el estilo narrativo resulta denso, subjetivo y lleno de referencias a los sentimientos de Luz y de Ali. Los diálogos son escasos y frecuentemente indirectos, y por todo el texto planea una sensación de presión, de amargura y de miedo. Porque quizás el mayor logro narrativo de este libro sea haber sido capaz de trasladarnos a ese entorno ominoso y terrible que parece acosar a los personajes y que, finalmente, no les deja salida ni escapatoria.

Ali y Luz no lograron ser felices más que a pequeños retazos a lo largo de su vida en común, durante breves temporadas y en contados momentos, agobiadas por el acecho continuo de parientes más o menos cercanos y del resto de la sociedad en general. Una presión que fue ejercida también desde su propio interior, que particularmente a Ali no le dio tregua al sentimiento de culpa y de pecado.

Después de todo lo dicho, tal vez sea un poco difícil explicar por qué esta novela, a pesar de contener tanto sufrimiento, es de lectura recomendable. Lo es porque estas cosas hay que contarlas y no olvidarlas jamás, porque hay que ser muy conscientes de todo lo que hemos logrado y de lo que aún queda por lograr. Y sobre todo, porque tantas mujeres como Luz y como Ali se merecen que su historia se conozca.

Para quienes nos resultan familiares algunos de los hechos y los condicionantes que aquí se narran, este es un libro inquietante pero tranquilizador; por fortuna eso es el pasado. Pero no olvidemos dos cosas: la primera, que ni está tan lejano lo que aquí se cuenta ni el peligro de volver a las andadas ha pasado por completo (si alguien lo duda, que se fije en las manifestaciones que ciertos políticos se atreven todavía a hacer); la segunda, que hay muchos lugares en el mundo en que las mujeres lesbianas aún siguen teniendo que soportar situaciones similares. Por todo lo dicho, creo que es muy conveniente leer “Su cuerpo era su gozo” y traer esta reseña precisamente en estos días en que celebramos el Orgullo. Que disfrutéis de la lectura, si os apetece.