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Bad Girls Resumen de Episodio Retro 2×01 Litigio Parental

Bad Girls Resumen de Episodio Retro 2×01 Litigio Parental

plantas39

Escrito por: Arcadia:

“Soy de ideas fijas. Vivo en la meseta norte española. Estoy felizmente casada, después de muchos años de vida en común, y que vaya tan felizmente como hasta ahora. Me encanta el cine (sobre todo el clásico), la buena literatura y las historias bien contadas. En el Twituniverse se me conoce como @havingdrink

Hola de nuevo. ¿Qué tal les ha sentado este tiempo en libertad? Espero que bien y que hayan recargado las pilas y vuelto morenitas, porque toca volver a ingresar en prisión y entre rejas, (o a la sombra, como prefieran) da poco el sol. ¡Ah….se siente! Pero si quieren participar de aventuras carcelarias, hay que aceptar meterse en el trullo de nuevo. Y ojo, que quien se atreva, esta vez tiene que pasar en la trena trece episodios, ¡una condena de tres capítulos mayor que la temporada anterior! Quien tenga lo que hay que tener en el bajo vientre, que apechugue ahora con la sentencia y no se queje luego. En esta ocasión pasaremos dentro del penal nada más y nada menos que doce episodios y un día. Que cada quien revise su conciencia y decida si se lo merece o no (o si su abogad@ ha hecho bien su trabajo). 😉

Helen Steward acabó derrotadita la primera temporada, a causa de los tremendos envites que sufrió su espíritu. Por una parte, su novio no fue muy comprensivo con que le dejara plantado a punto de ir al altar; por la otra, su corazón ha pegado un salto brusco hacia la acera contraria en la que se aposentaba.

Este interés creciente por la reclusa Nikki Wade no sólo ha perturbado el mundo amoroso de Helen, también su capacidad de ir al trabajo. De hecho, la gobernadora está de baja. Nadie tiene noticias de ella, por lo que caben tantas posibilidades de que vuelva como de que no lo haga. Esto tiene contentísimo a Fenner porque las esperanzas de ocupar su puesto son cada vez más verosímiles. Tan seguro está del ascenso, que llama a su mujer y la conmina a celebrarlo. Pero su esposa está preocupada: ha recibido una carta con las señas escritas en letra infantiloide y se huele que no puede contener nada bueno.

Tiene razón, porque la teoría la avala su experiencia: ha recibido una larga retahíla de cartas que expresan el mismo mensaje. Recordemos que la primera misiva la ha enviado Shell, La SuperMalota, para vengarse de Fenner contándole a su esposa los secretillos de “convivencia” de su marido con la mayoría de la población reclusa (a la que debería cuidar y vigilar en vez de acostarse con ella). Es de suponer que el resto de las cartas también hayan sido de la misma autora. Jim Fenner está tan seguro de conseguir el cargo de Helen que ya va deshaciéndose de los objetos personales de su predecesora: encuentra un inocente lápiz de labios en un cajón y, con esa sonrisa que exhibe cuando se pone sádico, lo arroja a una papelera. No debería hacerse tantas ilusiones: el Big Boss Simon Stubberfield (anda, qué gracia, podríamos llamarlo BoBo SoSo) le convoca a una reunión en la que también está otra persona. Es una mujer rubia y de buen aspecto, llamada Karen.

La señora en cuestión viene de dirigir un módulo carcelario masculino y ahora el gran jefazo quiere ficharla para el reto de lidiar con mujeres (cosa que, como todo el mundo sabe, es muchísimo más complicado: las chicas somos difíciles). En cuanto Karen vislumbra a Fenner, hace un gesto de disgusto. Ya se conocían y –aunque el Big Boss no se percata- no les une precisamente una gran amistad.

Cuando Fenner llega a su casa, se encuentra a la esposa en estado de mosqueo total. No sólo no ha reservado mesa en restaurante para pre-celebrar el supuesto ascenso del marido, sino que le pide explicaciones.

Enseñadas las cartas al infiel, Jim hace lo que todos los infieles: negar rotundamente, explicar que estos chantajes son normales y decirle a su mujer que si no confía en él de modo ciego es que ella es imbécil. Vaya, qué amable. Sin embargo, tan frágil defensa tiene un éxito momentáneo en la fe de su esposa: por increíble que parezca, decide creerle. Pero Fenner piensa que está en la cumbre de su gloria, así que sus problemas domésticos no perforan ni la primera dura capa de su personalidad. Mientras crea tener opciones a ser el nuevo jefe, nada podrá perturbar su felicidad: ni siquiera quedarse sin hogar ni esposa. Estas son las prioridades en la vida de Jim Fenner, nuestro villano favorito y predilecto. Ahora va de traje: vestido para mandar. Y de tal guisa entra en plan poderoso a “su” despacho, sin atender a la secretaria, que quería advertirle de que la oficina de dirección no estaba libre. Cual maremoto irrumpe en el espacio y se encuentra con la barra de labios que arrojó a la papelera sobre “su” mesa. Se abre la puerta y aparece…..¡¡¡¡HELEN!!! Oh, bienvenida, qué alegría verte, ¡gobernadora titular! Con serena sonrisa y dulce ironía, nuestra directora recibe al infatuado mamonazo, que no puede evitar que su cara delate una profunda, venenosa y afligida decepción.

No somos las únicas que se alegran de su vuelta, ni tampoco Fenner el único que lo lamenta: Shell tiene un disgusto encima de los importantes. Pero resulta toda una excepción a la regla del resto de las reclusas, que la reciben con entusiasmo en el comedor. Helen aprovecha su aparición para anunciar de paso que Zandra ha dado a luz a un niño (hermoso al parecer, pero dotado de un síndrome de abstinencia con el que le ha obsequiado su madre, incapaz de pasar de droguitas ni durante la gestación). Todas aplauden, encantadas por la noticia. Nikki Wade está especialmente alegre por la vuelta de la directora y se acerca a ella, deseosa de hablar. Ms Steward no quiere entrevistas de momento y la rechaza suavemente, pero con firmeza: “Cuando esté preparada”, se justifica. ¿Preparada para qué? 😉

Fenner está nerviosísimo: mientras era jefe, todas las quejas, bulos, denuncias y similares llegarían a él, y es obvio que no haría caso de todo aquello que pudiera perjudicarle. Ahora cabe la posibilidad de que la jefa se entere del contenido de los anónimos que está recibiendo su esposa y Fenner termine en la cola del paro por guardián fornicador. Jim narra tales preocupaciones a su reclusa-amante; durante unos breves instantes, a Shell se le suben los ovarios hasta la garganta: cree que Fenner sabe que ella es la culpable de los envíos. Pero no, de quien sospecha es de Nikki Wade. Sus ovarios vuelven a su sitio correcto mientras masculla: “¡Esa malvada zorra lesbiana!”.

Sus odios se dirigen por igual contra Fenner, contra Nikki y contra la mujer del guardián; y dirán ustedes: “¿y por qué la tiene tomada Shell con esta señora?”. Pues por estúpida, porque ya no sabe qué hacer para que se crea de una vez que su marido le pone los cuernos. Deseosa de avivar el conocimiento de la señora Fenner respecto a las andanzas sexuales de su cónyuge, Shell consigue un teléfono móvil. Con él planea sacar fotos del acto de la cópula, para que no le quede la menor duda a la ingenua señora de cómo su maridito se la trajina (a Shell) un día sí y otro también.

La entrevista de Helen Steward con el Big Boss con motivo de su reincorporación al trabajo no es del todo satisfactoria. Stubberfield quiere estar seguro de que la vida sentimental de Helen no va a provocar otro desmadre como el que terminó con la primera temporada. A Fenner le va a dejar al mismo nivel de mando que el que Ms Steward ostenta (será jefe, aunque de uniforme). Por último, anuncia la contratación de una nueva oficial (Karen, a la que nosotras ya conocemos pero Helen no).

Muy sonriente entra Nikki en el despacho de Helen. Y muy seria la recibe Ms Steward. El contento que manifiesta la reclusa por el regreso de su amada directora no encuentra reacción paralela por parte de Helen. A pesar de que ha roto con su novio, no han sido sus sentimientos por Wade los determinantes de esa decisión (al menos esto es lo que declara la directora). Ha sido más bien una especie de fatalidad determinista: que tal relación sentimental no hubiera salido bien de ninguna manera. O sea, que Helen pretende que Nikki crea que ha dejado a su novio porque (y sólo por eso) tuvo una especie de revelación de que el casorio sería un desastre. Nikki protesta por recibir una explicación tan pobre: “¿Por qué no puedes decir que significo algo para ti?”. La directora se atrinchera: “¡Mira, no importa qué demonios sienta, Nikki!”. Helen explica que mientras sean gobernadora-reclusa ninguna relación pueden tener, fuera de que la primera tenga encerrada a la segunda en la prisión. Wade le reprocha anteponer su carrera a su relación, pero Steward replica que está contra la pared y que nada puede hacer.

El tema amoroso tendrá que esperar hasta que Nikki salga en libertad y entonces ya se verá. No parece un plan muy prometedor: si en la temporada anterior a Nikki le quedaban 10 añitos de trena, pongamos que haya cumplido uno…quedan nueve.

El niño de Zandra está bien al fin. Es una monada. Su papá pródigo ha vuelto (recuerden: dejó abandonada a su novia por reclusa –no por drogota, dado que él compartía en los inicios estas aficiones estupefacientes- y se iba a casar con una pija rica mucho más conveniente para él desde el punto de vista socioeconómico). El padre recién recuperado se llama Robin y la madre, que sigue medio atontada por sus huesos, ha decidido ponerle a la criatura su mismo nombre en homenaje a la retomada paternidad. El pequeño Robbie, por tanto, gozará de figura paterna+materna, tal como lo mandan los cánones bienpensantes. Otro tema es la calidad de ambos progenitores: Robin trama apoderarse del niño recién parido. Él legitima su propiedad en que suya era la semillita que plantó en la vagina de la mamá hace tiempo, aunque no volviera a pensar en el asunto hasta justo hoy. Por su parte, Zandra tampoco es como para aparecer en la portada de la revista de las madres perfectas: quiere mucho al niño, pero sigue coqueteando con su adicción politóxica. Precisamente por eso se desencadena el drama. Zandra está en la Unidad de Madres –que es donde tienen a las presas con sus bebés-, y tiene la mala idea de comprarle una dosis de polvitos blancos a otra reclusa-mamá. Cuando se arrepiente y pretende devolverle la mercancía, la camella rehúsa la devolución y exige el pago. Todo se lía y Zandra acaba agarrando por los pelos a la otra y tirando papillas al resto de las mamás.

Zandra, en pleno apogeo alborotador de Unidad de Madres Presidiarias

Ms Steward llama a capítulo a la infractora y al padre-inseminante. Él deja claras sus intenciones: “por el bien” del pequeño, quiere quedárselo. El muy falsuco manifiesta que el loco ataque de Zandra ha servido para reafirmarle en que está haciendo “lo correcto”.

No le faltaba a Zandra nada más para perder del todo los nervios. Convencida de que no puede hacer ninguna otra cosa para evitar que le quiten al niño, se encarama con él en los brazos en todo lo alto del tejado de la prisión.

Desde el patio, las reclusas observan expectantes el desarrollo de la escena. Sube Fenner a ver si la convence de que se baje de ahí antes de que se despeñe, intencional o accidentalmente. Pero a este hombre no le dotaron los cielos con habilidades diplomáticas: más bien está consiguiendo que a la presunta suicida le aumente la desesperación. Sube Helen con los mismos propósitos salvadores. Ella es más delicada, a ver si lo consigue. Jim la ayuda a subirse a lo alto del tejado, al mismo nivel de cornisa que está Zandra. Desde abajo Nikki mira aterrada a su proyecto de futura novia jugarse el pellejo…¡Ay, que se cae!

Mostrando lo común que hay entre ellas (haberse echado por novio un capullo mental) logra que Zandra se ponga medio en cuclillas, ofreciendo al vacío menos posibilidades de precipitarse en él.

Helen consigue calmar momentáneamente a la desesperada madre, explicándole que sólo le queda un año de cárcel. En cuanto salga, podrá volver a estar con el bebé. Añade a la explicación la promesa de que ella la ayudará en todo lo que haga falta para que el imbécil de su novio no pisotee sus derechos de custodia. Zandra cede y le entrega el niño pero….acto seguido, pretende arrojarse al patio con la evidente intención de acabar con todas sus desdichas haciéndose papilla contra el suelo. Menos mal que el guardián Dominic se había deslizado cual culebrita por detrás de ella y en el último momento consigue atraparla.

Solucionado el problema, que ha constituido la atracción del día en la cárcel de Larkhall, Helen Steward recibe una grandísima ovación del grupo de reclusas que permanecía en el patio. La más entusiasta es, sin duda, Nikki Wade, orgullosísima de su amada gobernadora. ¿Cabe una admiración mayor? ¿Cabe adoración más descarada? ¿Puede Nikki delatarse más al respecto? ¿Queda alguien en esa cárcel que no sepa ya que la reclusa está colada por la directora? A Nikki le importa un pimiento que lo sepa todo el mundo y tampoco le importan los razonamientos de Helen sobre lo sensato que sería que se alejaran la una de la otra. La reclusa espera a Ms Steward tras las rejas (lógico, estamos en la trena) que cierran uno de los pasillos, y en cuanto ve a su amada, la reclama:

Nikki:Creo que estuviste fantástica en el tejado y…lo siento, Helen, pero tengo que decírtelo: eres preciosa. Estoy completamente enamorada de ti. No puedo hacer nada para evitarlo.

Durante un momento, a Helen se nota que está verdaderamente conmovida. Miren qué carita pone:

Pero la gobernadora no se deja gobernar por las pasiones, saca fuerzas de flaqueza y sigue en sus trece: nada de complicaciones amorosas reclusa-directora. Así que le responde:

Helen: Bueno, yo sí.

¿Qué les ha parecido el comienzo de la segunda condena en esta prisión? Espero sus opiniones. Hasta la semana que viene.

About The Author

Paola Mejia

Soy una chica lesbiana demasiada inquieta como para no hacer nada durante 20 minutos seguidos. Soy friki de nacimiento y me encantan las series y los videojuegos a niveles altamente peligrosos.

Hola bienvenidas a este mundo de cosas lesbicanarias. Si eres lesbiana o bisexual pasa paisana, si eres hetero deberías replantearte las etiquetas o si no no estarías aqui (es broma, es broma, relájate) si eres hetero bienvenida también.

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