El resumen anterior acababa con la intrigante pregunta de si a Cata le daría tiempo de confeccionar el vestido de novia para su cuñada Blanca y qué tal le iría a Celia con los folletines, pues bien, parece que a ambas les han ido bastante bien las cosas… vamos a comprobarlo.

Empieza la semana con Celia súper mosqueada porque el editor del periódico básicamente se ha cargado su novela al convertirla en folletín (que sí, lo ha escrito Celia, pero con otras intenciones y no para que llegara el hombre este y lo desvirtuara). Y Claro, Celia está que echa humo por las orejas. Pero, además, lo que más le molesta es ¡¡encontrar a Federico enfrascado leyéndolo!! Para él, está genial, le pica el gusanillo de saber qué va a seguir pasando, es como cuando empiezas un libro y te tiene tan enganchado que no puedes parar de leer, pues así está él, y ella diciendo que no, que esto se va a acabar, así que está toda convencida en ir a hablar con el editor para romper “el contrato”.

Celia acude a ver a su novia a la tienda (que parece ser que le quedan 2 telediarios); la encuentra retocando el vestido de Blanca (parece que sí que le va a dar tiempo a acabarlo) y le pregunta a la maestra que si le gusta, ésta dice que sí (aunque yo creo que contesta por inercia). Celia suspira y Cata le pregunta que si le pasa algo, entonces nuestra maestra se desahoga con su novia. Le cuenta que ha ido a hablar con el editor, que el folletín ha sido todo un éxito, lo que ha provocado el aumento en la venta de los periódicos e incluso en sacar una nueva entrega por la tarde. De esta manera, Celia tiene que ampliar su novela con nuevas historias y seguir escribiendo folletines. Cata está encantada con la idea, le hace ver a Celia que de esta forma va a poder seguir escribiendo, que es su pasión, pero Celia no las tiene todas consigo, ya que la primera entrega le costó un montón y en las siguientes no sabe qué contar. Al final Cata le hace ver que esto es una oportunidad para darse a conocer y seguro que en un futuro podrá dedicarse a escribir su gran novela.

Más tarde, Celia está enfrascada en la escritura del folletín cuando entra Merceditas con la merienda. La sirvienta se pone por detrás de la escritora intentando fichear lo que escribe y Celia le llama la atención. Merceditas le cuenta a la maestra que esa mañana en el mercado no se hablaba de otra cosa que no fuera el folletín, pero la pobre estaba un poco preocupada, porque venía publicada con otro nombre, así que Celia le explica que es así, que es suyo pero pone otro nombre y que por favor no se lo cuente a nadie. Cuando hace amago de salir de la habitación, Celia la llama y le pregunta que si de verdad se hablaba del folletín, y con la afirmación de la criada, parece ser que Celia se lo empieza a creer. Así que Merceditas aprovecha para sonsacarle información a la maestra, está necesitada de saber qué va a pasar en próximas entregas, pero ni la misma autora sabe qué va a ocurrir. Merceditas le cuenta que podría hablar con Elpidia, que ha estado un buen rato divagando sobre lo que podría pasar, expresarse bien no sabrá, pero ideas no le faltan… así que Celia ve la oportunidad y le pregunta que si ella se acuerda de alguna de esas ideas. Mientras Merceditas habla y habla, Celia apunta y apunta.

A Celia le llega la inspiración, como no, y se pone a redactar el folletín y se lo va narrando a Merceditas, ésta, tan inmersa en la historia, no se da cuenta que se ha pimplao la merienda de la señorita (jaaaaaajajajajajajaja… me ha encantado esto). Le dice que le va a subir más, pero Celia le dice que no, que ya bajará más tarde, ahora lo que le apetece es seguir escribiendo.

Al día siguiente, Velasco no ha llegado a sentarse en su silla del despacho cuando Celia entra acelerada. Él se extraña, que recuerde, no habían quedado. Celia le muestra un puñado de cartas atadas con un cordel; son de las seguidoras de la escritora, encantadas con el folletín, y eso es sólo una pequeña muestra, la redacción del periódico está inundada. El inspector se alegra muy mucho por su amiga, sabía que tenía un gran talento. La maestra teme quedarse sin ideas, pero su amigo le dice que eso es imposible. También le dice, que si no quiere nada más, se va a poner a trabajar que con todo lo de Marina no da abasto. La maestra no sabe de qué le está hablando, así que le pregunta. Resulta que ha intentado suicidarse para, lo que creen, eludir el sanatorio, pero no lo va a conseguir, así que no le ha servido de nada. Celia espera que acaben pronto con el tema, así su amigo podrá descansar y dejar de tener las ojeras que tiene. Éstas son debidas, también, por su preocupación hacia Gabriel, su madre le ha pedido que hable con él, desde que está solo está perdido y descontrolado.

En otro lado de la ciudad, Cata recibe una visita inesperada. Se trata de Cándida, la dueña del burdel; está interesada en comprarle la tienda a Antonia. Cata no la trata de muy buenas maneras que digamos, lo que provoca que Cándida le diga que si la final se queda con el local, por supuestísimo, que no va a trabajar allí.

Celia está en el despacho de Federico. Éste le sirve un café. Ella le pregunta por Gabriel. Él sigue preocupado, por muchas veces que le diga el propio Gabriel que está bien, Federico no le cree y claro, pues se preocupa. Le pregunta a Celia qué haría ella, y le dice que esperar y que seguro que cuando lo necesite, le buscará. El inspector le pregunta a la maestra por sus ojeras. Son causa de la no escritura, toda la noche haciendo rayones para acabar en la papelera. Celia realmente se plantea el dejarlo, no tiene ideas con las que continuar. Le confiesa a su amigo que la última entrega está basada en ideas de Elpidia, así que su amigo le aconseja que siga en esa línea hasta que consiga tener ella sus propias ideas.

En otro lado de la ciudad, Blanca y Amalia acuden a la Villa de París para que la Silva se pruebe el vestido. Después de la prueba de vestido, la Silva está más que encantada con el trabajo de la costurera, simplemente perfecto, le dice. Aunque Amalia le dice que estaría bien añadir pedrería, la Silva insiste en que así, sencillo, es lo que quiere, y le da la enhorabuena a Cata.

Más adelante, Elpidia se está dando a la bebida (y llorando) en la cocina de la Casa Silva cuando Celia hace su aparición. La maestra necesita de su ayuda para seguir con el folletín, así que le pregunta qué le gustaría que pasase. Elpidia echa a volar su imaginación y Celia como loca apuntando todo lo que le dice (anda que… la que no se dé cuenta que Celia no hace más que escribir cuando pregunta por ¿qué pasará? es que no tiene ojos en la cara).

Celia va a ver a su novia al currele. La maestra le muestra su gratitud con lo bien que ha hecho el vestido de su hermana, y le plantifica un besazo. Cata pone cara de pocos amigos, le cuenta a su novia que puede que ese sea su primer y último vestido de novia, ya que le ha llamado Antonia para decirle que la oferta de Cándida es muy buena y se está planteando venderle la tienda si no aparece otro comprador.

A la mañana siguiente vemos a Celia con sus gafitas y su pelazo suelto (babas) sentada en el escritorio escribiendo. Llaman a la puerta, es Elpidia, le sube el desayuno para que no pierda tiempo. Hoy es el gran día de Blanca y tienen que estar a la perfección para la ocasión. La maestra no piensa llegar tarde al bodorrio, pero antes de irse quiere acabar el folletín. En un momento desesperado, le suplica a Elpidia que la ayude, le muestra un montón de cartas y le dice que son suyas también, ya que ha usado sus ideas para escribir, así que la sirvienta, viendo la carilla de animalico desvalío de la maestra, decide ayudarla.

La maestra le está contando cómo ha quedado el texto final con sus ideas. La criada, le dice que, de lo que entiende, le encanta. Celia le sugiere que podrían dar un adelanto de lo que va a pasar a las lectoras, así que Elpidia pone su cabeza a echar humo y da una gran idea sobre la suegra de la prota (ayyyy… las suegras, las suegras…). Celia transforma la idea en palabras bonitas (que si os fijáis, no apunta) y dice que ya han acabado (¡¡¡pero si no has apuntado nada, alma de cántaro!!! Anda, tira a apuntar que como se te olvide… ¡verás!).

Antonia está esperando a Cata. Ésta se ha retrasado porque se ha acercado a ver a Blanca, por si tenía que hacer algún retoque. Antonia le confirma que lo más seguro es que sea el último día de la tienda abierta. Al final no ha aparecido otro comprador, así que Antonia se ha decidido y se deshace de la tienda. Cata se preocupa por lo que va a pasar con ella, por cómo trató a Cándida, sabe que no va a contar con ella para llevar la tienda, Antonia le dice que no se preocupe, que con lo buena que es, seguro que encuentra curro en un plis plas. Para colmo, Antonia, para despedirse le dice “Que tengas un buen día” ¿¿Tendrá valor la tía?? Encima que la deja en la puñetera calle, que tenga un buen día… ¡¡¡No te digo!!! ¡¡¡Pos claro que no lo va a tener!!!

Celia y Diana, histérica, están esperando a que baje Elisa. A continuación, hace aparición LA NOVIA (que llega tardísimo, por cierto). Las hermanas están encantadas con el vestido de la novia de Celia, le queda como un guante. Cuando ya parece que se van a ir, suena el teléfono, es Francisca, quiere desearle suerte a su hermana; además le ha echado en cara que ella ha vivido la parte amarga de su relación con Cristóbal y que ahora que viene lo bueno, se lo pierde. Rosalía, antes de que se marchen, les apuntilla que esta puede ser la última vez que estén todas juntas, ya que Blanca se marcha a Francia y Diana a los viñedos.

Celia llega como una exhalación a la Villa de París para recoger a su novia e ir a la boda. Cuando la ve, sólo se le ocurre decir “vaya” pero no un vaya de… “qué fea”; “qué discreta”… no, no, no… suelta un vaya de “madre mía, ¿cuándo dices que te puedo arrancar ese vestido?” (Y seguro que ha babeado un poco, pero como está de espaldas no la hemos visto… ¡cachis!). Cata no sabe muy bien qué pinta en la boda, enseguida Celia le dice que ella es la modista del vestido y ha ido a ver qué efecto causa. Mientras la maestra se lo dice, la costurera está buscando las llaves de la tienda, aprovecha para comentarle a su novia que puede que sea la última vez que lo haga, Antonia va a aceptar la oferta y la nueva dueña seguro que no cuenta con ella. Celia no puede más que seguir dándole ánimos.

Y aquí estamos, en medio del bodorrio. Básicamente escuchamos trozos de lo que dice el cura mientras enfocan a los asistentes. Celia, emocionada por su hermana y Cata, una fila por detrás, atenta a lo que está pasando. (Y tanto esperar para el bodorrio, para luego esto… hay que joerse).

La parejita está tomándose un café y comentando la jugada del día anterior. La gente está encantada con el diseño de la costurera. Cambian de tema y hablan sobre el futuro incierto de Celia y los folletines. La maestra insiste en que le cuesta horrores adaptarse a ellos y va a hablar con el editor (otra vez) para cancelar el trato, pero Cata le dice que no, que no puede dejar a los lectores a medias, que es de lo más comentado en la calle y que sería injusto que se quedaran sin saber cómo acaba la trama.

Cata está acabando de retocar un sombrero cuando entra Cándida. Después de medio rebajarse la costurera, la futura nueva doña del comercio le dice que le enseñe cómo hace su trabajo. A la nueva no le gusta para nada cómo trabaja la costurera, le tiemblan las manos y parece que no sabe hacer la O con un canuto (todas sabemos que no es verdad, la pobre estaba súper nerviosa). En pocos días la nueva tendrá la total posesión del negocio y ya le deja bien clarito a Cata que no va a contar con ella.

Mientras Cata las está pasando canutas con la visita de Cándida, Celia está con su súper mejor amigo Federico en el despacho de éste. El inspector está más que enfrascado leyendo el folletín y ni nota la presencia de la maestra. Ella carraspea y él intenta disimular, pero es inútil. Le cuenta que ha pillado a más de un compañero de la comisaría leyéndolo a escondidas. Está más que enganchadísimo. Celia, por su parte, está hasta el tato de escribir, y por fin ha hablado con el editor. Éste, claro está no ha aceptado su renuncia y le ha ofrecido el doble de pasta. La maestra no sabe si aceptar, ya que piensa que se está vendiendo. Para ella no es arte lo que escribe, por lo que no se siente para nada orgullosa de ello.

La maestra acude a ver su a novia. Cata le confirma que, oficialmente, en unos días se queda sin trabajo, así que está agobiadísima. Para dejar de pensar un poco en sus problemas, le pregunta a Celia qué tal con el editor, y entonces, a Celia le cambia la cara. Acaba de tener la mejor idea que podría tener en décadas. ¡¡¡COMPRAR LA VILLA DE PARÍS!!! Cata se ilusiona porque piensa que va a mantener el puesto, pero Celia piensa que es mejor transformarla en una librería, y aunque su novia no entienda de nada, ella le enseña.

Y así es como acaba la semana, con una Celia más que decidida en ir a hablar con Antonia y comprar, de un plumazo (jijiji) la Villa de París, transformarla en una librería y darle trabajo a su novia. ¿Creéis que Antonia se la venderá así de buenas a primeras? ¿Se convertirán las chicas en empresarias? ¿El trabajar juntas no hará que discutan y tengan problemas? Demasiadas preguntas.