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3 mini relatos lésbicos para alegrar tu viernes

3 mini relatos lésbicos para alegrar tu viernes

Hogar

Hogar no tiene por qué ser una casa ni nada de eso que se te viene a la mente sin pensar… Puede ser un momento de un segundo tornándose inmortal. Tal vez una mirada que traspasa o un abrazo que cal(m)a. Quizá una mano en el hombro, ese dedo que toca tus labios para recordarte que saben sonreír, una palabra enérgica, una payasada a tiempo o incluso el propio silencio comprensivo.

Hay multitud de hogares para uno mismo; puede ser una casa o bien un camino.

 

A nadie más

Ya no sé cómo explicarte lo mucho que TE deseo. Lo mucho que LO deseo. Lo mucho que NOS deseo…

Es a ti a la que quiero contra la pared. A nadie más.

Eres tú la que me roba todo lo que me late al fondo del pecho. Nadie más.

Es a ti a quien quiero entregárselo. A nadie más.

Eres tú quien quiero que me atrape entre su cuerpo y el suelo. Nadie más.

 

No quiero a otra que intente seducirme.

No quiero a otra que me haga propuestas.

No quiero a otra que me mire con deseo.

No quiero la piel de otra.

No quiero el perfume de otra.

No quiero las caricias de otra.

No quiero los labios de otra.

No quiero los labios prohibidos de otra.

No quiero el sabor de otra.

No quiero el olor de otra.

No quiero los gemidos de otra.

No quiero el Orgasmo de otra.

¡No!

Es a ti a quien quiero.

A ti… ¡A nadie más!

 

(T)errores

Una vez casi dejé morir a una niña… Era una pequeña cargada de ilusión. Me quedé petrificada contemplando su agonía. Fui demasiado débil. Me sobraba el miedo. Pude impedir gran parte de su daño pero preferí mentirme y mirar en blanco.

Con el paso del tiempo, mis mentiras crecieron como crece la mala hierba en el cemento: de manera irracional. Llegué a odiarme por ello. Me lamenté, grité hasta ensordecer al silencio, y golpeé el aire de furia, de rabia, de impotencia… Era un berrinche hueco que no se sostenía por ningún lado, que se tambaleaba como ese juego de piezas de madera que forman una torre, y hay que quitarlas hasta ver a quién se le derrumba. Solo que yo las apartaba a puñetazos. Creo que se llama “Jenga”…

Y cuando me rompí los nudillos de tanto golpear el vacío, opté por buscar un color diferente al negro. Me asomé a la ventana y busqué mi camino preferido. MI camino. Ese que perdí aquel día. Pude rescatar el rumbo de mi vida y ya no me siento culpable de asesinato.

Una vez casi dejé morir a una niña. A la niña que vivía en mi interior.

Sobre el Autor

Sara Levesque

Mi pasión siempre ha sido escribir. Empecé para superar una ruptura, a modo de terapia. Como no lo conseguí, permanecí agarrada al lápiz, por si las moscas. Soy audioprotesista. Es un buen trabajo para ganarse la vida. Escribir, en cambio, es lo que me mantiene viva. www.bohemiateadoro.wordpress.com es mi web, por si quieres leer más.

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