Tengo la imaginación al límite

Y aunque no te lo diga, sigo leyendo todo lo que escribes, a pesar de que tus palabras duelan. Me duele más saber cero de ti.

Mi mente es muy mal pensada y tengo una imaginación infinita. A veces para bien y la mayoría para mal. Hasta puedo dibujarte recostada en un sillón hecha un ovillo, escribiendo en un cuaderno más traqueteado de lo normal, al que le crujen las páginas con esa peculiar melodía otoñal. Y un té, que eso es muy tuyo. Un té que te acabas a sorbos, aunque se quede gélido.

Escribes y lo cuelgas en Facebook. Y ahí ando yo, lista para leerte y sentirte, disfrutando de sufrir a propósito. Y  me voy a dormir enamorada de tus palabras y tu recuerdo porque formas la imagen perfecta para una foto en color, para no soñar en blanco y negro.

Lo bueno de que no me quieras nada es que, al menos, existió cariño por una parte. Hubiese sido genial que el sentimiento del Amor creciese en ambos Corazones, pero siempre es mejor que haya pegado el estirón en uno, no en ninguno.

 

Para ti, María

Eres como un libro alternativo en la temática y en su cercanía. Tiñes las grafías del color de tu mirada, y no es el de la tinta más sombría. Eres como esos libros que gustan de leer cuando hace viento y te trasladas con misticismo a la lejanía. Puedes tener una página escrita en rojo y otra con el color de tus ojos, pero no dejas ninguna vacía. Y yo, encantada de la Vida, en el infierno me quemaría con tal de confesarte al oído que siempre te leería.

 

Yo lo necesito

Yo lo necesito de una vez y no puedo guardarlo más, porque no es sano. Necesito que sepas lo que me ocurre al fondo del pecho. Cada lágrima que me rodaba con pereza era por tu ausencia. Me caían las lágrimas de una en una, lentas, perezosas, agotadas de tanto salir.

Cada vez que me acostaba con una mujer le ponía tu cara, tus caricias, tus gemidos… Necesito que sepas lo mucho que te amé y, por ende, que te odié.