Amores con Sentidos: este título tan sugerente arropa un total de ocho relatos con un denominador común, el amor entre mujeres, vestido por los cinco sentidos tradicionales que todos conocemos y algún otro no tan oficial, pero a veces más poderoso e importante, por ser necesario para explicar los sentimientos.

El juego de palabras alude, como es obvio, a la ambigüedad entre los sentidos corpóreos (o incorpóreos) y la aceptación voluntaria del amor. Porque, como dice la propia autora, “…el amor se consiente, se permite, se deja fluir y se acepta. El amor no se fuerza ni se obliga”.

Comenzamos por el gusto. En “Una dieta muy dulce”, Isa cuenta a su mujer, Valentina, una historia que ella bien conoce: cómo se conocieron e intimaron tras los esfuerzos de Isa por llevar una dieta sana y equilibrada… y todo lo que pasó después. Una historia sabrosa, una golosina en la que veremos cómo todas las adversidades pueden vencerse si hay amor verdadero.

El oído nos lo regala “En el aire”, un relato donde las ondas radiofónicas son la pasión de Iris –hasta el punto de llamar a su perrita “Alcachofa”, pero no por la hortaliza, sino por lo que tiene que ver la palabra con un micrófono. Iris es una joven locutora que quizás encuentre el amor no demasiado lejos de la radio.

“El rocío” es el relato del olfato. La nariz privilegiada que posee Laura no le deja opción a elegir otra profesión que la de perfumista. Esta capacidad singular no siempre le ha acarreado alegrías porque, como bien sabemos, hay gente que odia todo lo que es diferente, incluso el talento. Pero en efecto, Laura es muy buena haciendo perfumes. Aunque hay uno muy especial: el más especial que ha creado se llama “Rocío” y reproduce fielmente la esencia de una mujer.

El tacto protagoniza “Il y a du monde au balcón” (“Hay gente en el balcón”) y las tribulaciones de una profesora de francés que, tras reponerse de su viudedad y encontrar a su actual esposa –a la que ama con todo su corazón–, comienza a tener ciertas inquietudes mentales relacionadas con el sexo. Este es un relato que me encantó, lo confieso: una historia preciosa sobre cómo el amor puede nacer en las aulas y cómo el tiempo no tiene por qué debilitar la complicidad conyugal -aunque cuidadito con la imaginación, los jueguecitos peligrosos y los deseos mal enfocados. Pero nada comparado con el doble sentido de la expresión francesa que le sirve de título y tiene muchísima gracia o, sobre todo, con la gran paradoja final.

“El jardín de tus delicias” representa a la vista. Mientras Valeria restaura una imagen de Virgen con Niño en una iglesia, no puede evitar escuchar las angustiadas palabras que proceden de un confesionario cercano. Una joven relata su “pecado”, consistente en sentirse irremediablemente atraída por las chicas. Como es habitual en estos casos, el cura le impone una penitencia por tan “grave falta” y la “pecadora” se queda rezando las tropecientas oraciones ordenadas. Valeria se ve impelida a acercarse a la muchacha y tranquilizarla, haciéndola ver que lo que le sucede no es tan demoníaco como se lo han pintado.

“El sexto sentido” resulta el sentido más difuso, menos palpable y reconocible, pero no por ello menos real e influyente. Aunque es cierto que no se encuentra dentro del listado de los famosos cinco sentidos, este sexto tiene también su indiscutible importancia. Un extraño eclipse (tan extraño como todos los eclipses) puede ser el acicate que impulsa a Sandra y Vera a emprender la mayor locura de su vida: pasar con una desconocida total (porque no se conocen de nada, acaban de contactar por un chat de internet) un fin de semana en otra ciudad. La ciudad elegida resulta ser nada menos que Venecia, quizás el lugar más romántico y especial de la tierra. Ambas tienen obligaciones, parejas, deberes que cumplir, sensatez… ¿Ocurrirá entre ellas lo que parece que el destino quiere que ocurra o imperará –ya que hablamos de sentidos- el menos común de ellos (el sentido común)?

Los dos últimos relatos, en opinión de la autora, no se encuentran inmersos en la temática de los sentidos, que han presidido los seis anteriores. De hecho, los introduce con un pequeño mini-prólogo titulado “Fuera de los sentidos”. Sin embargo, creo que de algún modo sí tienen relación con el mundo sensorial.

En “Tatuada”, el fallecimiento de su abuela impulsa indirectamente a la protagonista de esta historia a entrar en el universo de los tatuajes y a conocer, de paso, a Blanca. En realidad, lo de tatuar una imagen de recuerdo sobre la piel ha sido idea de su novia. Pero las sesiones de aguja y tinta perturban su mente y su corazón hasta extremos importantes.

Por último, “Una bonita dedicatoria” narra cómo Andrea, que desayuna todos los días en la misma cafetería, descubre que la amable camarera que la atiende habitualmente es autora de ficción. Quién sabe, tal vez sus libros tengan mucho que decirle.

La defensa a ultranza del amor es la clave de bóveda que une todos estos relatos “con sentidos”, sustentados a su vez en un fuerte alegato contra la intolerancia que planea sobre el conjunto. En todos ellos hay alguna alusión, muchas veces explícita, a la necesaria lucha contra la homofobia más o menos beligerante o soterrada y los obstáculos que todavía hay que superar ante un entorno social y/o familiar aún hostil en algunos –demasiados– casos. En palabras de la autora:

Ojalá todos podamos amar como nuestros corazones desean y no como unos pocos amargados quieren que lo hagamos. Os deseo mucho amor, tanto, tanto, que os empalaguéis.

“Amores con sentidos” es un libro de contenido sensible –puesto que todos los sentidos se pasean por aquí– y comprometido, con historias variadas, originales, bonitas y bien contadas. Sin duda, una buena elección que puede haceros pasar muy buenos ratos saboreando sus páginas. Que lo disfrutéis, si os apetece.