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Lo que no cuenta el amor

Lo que no cuenta el amor

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Qué difícil me es usar la palabra amor.
Siempre he sentido que es una palabra tan grande que todo le queda pequeño.
Incluso ahora que lo hago hay algo dentro que me hace sentir minúscula.
Y que me debate por dentro como un animal que me llena de calor la sangre hasta que cualquier cosa que se me ocurra decir, se queda en nada, y mientras nado en mis aguas, me acomodo en sentir un algo que me desgarra la piel queriendo salir de mí, arrastrándome fuera de algún lado hacia alguna parte.
Lo que el amor no cuenta son pequeños detalles que nos cambian la vida.
Un momento, un mundo, un instante, un accidente. La causalidad de una casualidad.

Lo que no cuenta el amor 1

Ana estaba pasando la mejor noche de su vida con María.
Habían cenado en un pequeño restaurante de la avenida marítima.
Las horas habían pasado tan ligeras, que al pedir el café, ya el lugar había desconectado todas sus máquinas. Cuando se dieron cuenta y miraron a su alrededor, la mayoría de las mesas estaban vacías con las sillas sobre ellas.
María alzó sus cejas con una sonrisa cómplice ante la cara de pocos amigos que tenía el camarero. Salieron y caminaron por la avenida, riendo de cómo haber quedado para un café a media tarde las había llevado a enlazar la tarde con la medianoche.
Ana se abrazó a sí misma y escondió parte de su barbilla bajo el fular que daba dos vueltas a su cuello. Le costó seguir el paso que marcaba María. Cualquiera diría que había estado casi todo el día en una reunión de trabajo de esas que acabarían con la paciencia de cualquiera. Mirándola, agacharse a acariciar y juguetear con un pit bull que se cruzaba en su camino, Ana disfrutó de su sonrisa y del carácter abierto de aquella mujer que acabó entablando conversación con el joven que paseaba al animal.
No pudo evitar unírseles mientras charlaban de la edad de Cracket y, tras despedirse de él y del joven al que paseaba, emprendieron de nuevo el camino hacia el final de la avenida.
María, de pronto, rompió con el tema de conversación acerca de la posibilidad de adoptar uno, y apuntó con su barbilla hacia el único lugar del paseo que parecía transitado.
Avanzó delante de Ana, y se giró dando unos pasos de espaldas viendo como la otra mujer se pelaba de frío. Se quitó su bufanda negra y con un movimiento en arco lo puso en su cuello.
La música se hacía eco a lo largo del camino, mezclado con la brisa y el ruido del mar.
Mientras se iban acercando, Ana le preguntó a qué hora salía su vuelo al día siguiente.
María arrugó su nariz asqueada antes de decirle que antes del salir el sol.
Ana miró por primera vez su reloj, alertada porque era cerca de la una de la mañana.
La otra mujer, al ver su gesto, desaceleró el paso y le instó a que si quería dieran la noche por acabada.
Pero nada más lejos de la mente de Ana. Tenía que llegar al trabajo a las ocho y media, y seguramente pasaría un día con el pie en el mundo de Morfeo, sin embargo eso no tenía la mayor importancia a razón de lo bien que lo estaba pasando y lo fácil que era gastar horas con ella.
La sonrisa de María le hacía olvidar cualquier cosa….
Esa noche estaba teniendo imán incomprensible y no estaba dispuesta a ser ella la culpable de que todo aquello terminara.
Cuando llegaron a la entrada de aquel antro, había tanta gente a ambos lados de una pequeña puerta que casi pasaba desapercibida.
Sin dudarlo, más llevada por un impulso, tomó a Ana por su antebrazo y caminó delante abriéndose paso entre la gente a un simple golpe de un “disculpe”… “disculpe”.
Ya habían traspasado el pasillo de entrada y llevaba a Ana de la mano temiendo perderla en mitad de la multitud. A la mujer que seguía sus pasos le fascinaba su seguridad y su ímpetu, y, por un momento, mirando su mano entre la suya, se sintió como si el corazón de su sangre partiera desde esa mano hacia el resto de sí misma.
María la llevó hasta el centro de aquel bullicio y soltó su mano en el lugar que había elegido echar raíces.
Madre mía, era un grupo independiente de rock de esos de punchi punchi, de ese tipo de música que bailas saltando en una baldosa y te sobra media… pensó.
Todos a su alrededor votaban desquiciados o lo intentaban…
Miró a María y sonrió sorprendida de que a la otra mujer le pareciera como si todo aquello le divirtiera.
Ana sintió como ella se le acercaba, y de pronto, sin haberle entendido ni una sola palabra en medio de aquel ruido, vio cómo se habría camino moviendo la cabeza y alzando sus manos hacia la barra más cercana.
Rió de verla vestida con camisa y traje de pantalón y chaqueta larga, con todo y chaleco, en medio de todas aquellas chaquetas de cuero y y camisetas sin mangas con calaveras reinando en el espacio.
Durante unos largos minutos, se dedicó a mirar los delirios de los personajes más cercanos a ella, mirando de vez en cuando hacia el lugar por donde había visto desaparecer a María.
Hasta que, un golpecillo tras ella le hizo girarse.
María traía dos bebidas en sus manos. Vodka con naranja y un Smirnoff Ice.
Tomó su vodka mientras María trataba de limpiar resto de la bebida de sus manos chupando antes de que corriera por su ropa.
Luego miró como se colocaba a un paso de ella mirando hacia el escenario, donde un tipo vestido totalmente de negro y un pelo que caía por sus hombros, sacudía su cabeza como si descoyuntarse fuera para él como echar mantequilla a las tostadas por las mañanas. Y alguien vestido de novia cadáver se movía a su lado haciendo reverencias como las de la alta burguesía del siglo dieciséis.
María se giró con los ojos muy abiertos tratando de buscar su complicidad a aquella paranoia y Ana no pudo más que reir de su expresión. No podía escucharla, pero casi que podía leer su pensamiento. Se colocó a su lado y ambas siguieron el ritmo del desritmo de aquel momento.

Una vez acabaron con sus bebidas, se encaminaron hacia la salida. Ana casi lamentaba que ya hubiera espacio por el que caminar sin dificultad. No sabía si era correcto o no, coherente o loco, pero la acción de que la volviera a coger de la mano le inquietaba al tiempo de desearlo sólo por ver si volvería a sentir el mismo nerviosismo patético de antes…más que una necesidad, una apetencia de regresar allí a donde la llevó.
María la esperó en el umbral hasta que ella se le unió dos pasos atrás.
Por inercia, y sin decir una palabra, rieron de lo sucedido allí dentro. De cómo dos peces nadaron fuera del agua en un mar de porros, técnicos de sonido con graves problemas de audición y la triste manera de acoplar gaitas a un sonido de rock duro, rock jazz extremo…lo llamó María.
Llegaron al parking y el sonido sordo del sótano, sumado a la mirada de perro sin hueso de un hombre de avanzada edad que las miró de reojo, les hizo darse cuenta de que el grado de sordera era tal que hablaban casi a gritos. Shhhhh….dijo María poniendo su dedo índice en la boca. Y cuando el hombre desapareció en la cabina del ascensor, rompieron a reír con todas las ganas que traían y las que se habían aguantado mientras el hombre desaparecía de su vista.
El coche atravesaba la ciudad con una buena música de Dido a medio volumen. El necesario para charlar de los planes de cada una para el día siguiente, y a ratos unirse a coro a White Flag mientras los semáforos parecían ponerse de acuerdo en ponerse verde a su paso.
Ana aparcó sin problemas su citroen c3 debajo del hall del hotel. De alguna manera, sin decir ni media palabra, al ver a María salir del coche, decidió acompañarla.
María vio como pulsaba el cierre automático de su coche y se le unía.
Subieron en el ascensor hasta la planta cuatro y caminaron tratando de hablar bajo, sobre lo innecesario de que la acompañara hasta su habitación, y que haría más falta que media botella de vino tinto y dos vodka para perderse por aquel hotel…dijo mientras metía la tarjeta de en la ranura de la puerta.
“Pero son suficientes para que metas la tarjeta del revés” dijo Ana sacando la tarjeta y cambiándola de posición. Rieron, como quien por un intento de contenerse se muerde los labios para no armar un escándalo y sin poder evitar que se les saliera el ruido por la nariz.
María abrió la puerta, al mismo tiempo en que veía inminente la despedida, mientras colocaba la dichosa tarjeta en la ranura del interior de su habitación. Ana, a su lado apoyó su antebrazo en el bastidor de la puerta.
María se le acercó sonriendo, con una de esas sonrisas llenas de gratitud. Ana abrió sus brazos y se abrazaron… uno de esos sin palabras…ni de adiós, ni de gracias por todo, sin educación y sin prejuicios.
Cuando se soltaron se dieron dos besos formales y uno en los labios, que ninguna de las dos supo de donde salió. ¿Alguien sabe de dónde salen los besos?
Aquel segundo, un roce tras el cual volvieron a sonreírse y que hizo a María mirar al suelo mientras Ana le dedicaba un
-Cuídate. Mándame un Whatsapp en cuanto llegues.
-Descuida- respondió casi en un susurro María.
Ana empezó a caminar hacia el ascensor alzando la mano sin girarse, sabiendo que la otra mujer la estaría mirando aún.
María sonrió a su espalda al tiempo que entraba y, lentamente cerraba puerta.
Se apoyó tras la madrea con el picaporte sujeto a su espalda. Apoyó su cabeza dejándola caer hacia atrás y sonrió al aire sin saber por qué.
Ana avanzó unos pasos más hasta el ascensor cuando escuchó la puerta cerrarse tras ella. Se paró y se giró un segundo, extrañando aquella sonrisa de María, apenas unos minutos antes. Por un momento dio un paso hacia la puerta…pero sonriendo a sí misma dio un ligero golpe en la pared y siguió su camino hacia el ascensor.
Miró su cara en el espejo reluciente de aquel ascensor que le hacía subir y bajar, porque eso hacía ese ascensor, le hacía subir y bajar llena de “nada que objetar” decorado por una sensación de sonrisa en el espejo mientras se miraba en él tratando de reconocerse tras sus ojos.
Colocó el cuello de su abrigo y su fular enredado en la bufanda…
-¡La bufanda!- exclamó sólo para sus oídos,
Se había quedado por accidente la bufanda de la otra mujer y, por un momento, de esos que nos pasa a todos, dudó qué hacer…Sí, porque todos dudamos, si en un momento clave dar un paso o retroceder.
La tomó con ambas manos y se la acercó a su cara, la olió e identificó el olor de María en ella, su perfume. Sonrió sin poder evitarlo, hasta que el sonido de la apertura de las puertas del ascensor le hizo ajustarla a su cuello con su olor invadiendo los recuerdos de la noche.

-Buenos días -dijo el recepcionista
-Buenos días- respondió antes de abrazarse a sí misma, que se abriera la puerta automática de cristal, saliera y caminara hacia su coche, incapaz de pensar, de calcular la dimensión del estado alterado de sus adentros….. sonriendo a su propia sonrisa.

El amor.
¿Acaso si un instante es perfecto no sigue siendo el mismo instante perfecto al día siguiente? ¿Se puede enamorar de una noche porque en esa noche salió tu sol?
¿Puede ser amor un instante?
¿Puede que sea esa verticalidad infinita de un recuerdo imborrable que nos marca, nos cambia?

Lo que no cuenta el amor 2

Diana caminó calle abajo.
Miró su reloj y calculó que Miguel, Bego, Marcos, Eli y Eva, llegarían a las once y media como siempre que habían quedado a las diez.
Primero de mes y en el centro, pero así lo había decidido Bego y era usual que la del cumpleaños eligiera lugar y hora.
Las calles aguantaban más ajetreo de lo normal, así que había querido adelantarse un par de horas. En su mente había calculado tres cuartos de hora de trayecto de su casa hasta allí, por saber que a comienzos de mes, con la nómina fresquita en los bolsillos, el centro tenía tanto tránsito como si estuvieran repartiendo billetes de 20 en las esquinas, sumado a la dificultad de encontrar donde aparcar incluyendo en los aparcamientos privados de la zona.
La gente subía por la alameda y un ruido de concierto de rock le llegaba de lejos, casi inaudible en medio de las músicas variadas que salían de cada terraza.
Uno de los típicos conciertos del antro de la avenida marítima…pensó.
Miró su reloj. Tenía media hora hasta empezar a caminar hacia el lugar de encuentro, la plaza de la iglesia de San Benito.
Sonrió porque tratándose de un grupo con más plumas que un gallinero, siempre terminaban por quedar en alguna plaza frente a una iglesia.
En medio de tanta terraza, vio una bandera de arcoíris y quiso hacer un cálculo de cuanto había sido la última vez que había salido de noche por aquella zona, porque aquel lugar no le sonaba ni por asomo.
Se abrió paso entre la gente que venía en sentido contrario, levantando el mentón y caminando firme. No sabía por qué, pero cuando la gente ve a otro que camina así, como sabiendo a donde va, de alguna manera le abren paso o como poco, son conscientes de tu presencia.
Llegó hasta la puerta, en donde una mujer le ayudó a abrirla advirtiéndola de su dureza.
Le dijo que tras esa encontraría otra puerta, que la abriera y bienvenida. Le despidió con una sonrisa que a Diana se le hizo simpática.
Cuando aquella mujer cerró la puerta, allí en medio de las dos puertas, ajena a la visión de alguien, colocó un poco el cuello de su chaqueta y aguó un poco el pañuelo que traía con tantas vueltas como alcanzaba a su cuello, humedeció los labios y sintió esa inquietud que te da cuando entras en un lugar de ambiente de esos pequeñitos y que al tiempo que se abre la puerta sientes cientos de ojos clavados en tu ser que te miran como carne fresca. Abrió la puerta y se sorprendió de la amplitud del local. De hecho estaba muy concurrido, cosa que agradeció. Los auhhhhh de La Loba de Shakira, machacaba los oídos y hacía vibrar el suelo confundiéndolo a veces con los latidos de su propio corazón.
Parada a unos pasos de la entrada, observó el lugar buscando un rincón en el que ubicarse y tomarse algo. Había una barra a la derecha llena de cuerpos que se movían en medio de las luces de colores que por momentos los teñían de azul, otros de rojo.
Pero a la izquierda, al fondo, había otra barra en la que había unos tímidos espacios libres.
Fue hasta allí no sin antes, por el camino, una pava pasada de copas se le pusiera delante luciéndose con su mejores pasos. Todo un ritual de conquista del que ya era experta en hacer la cobra. Alzó sus manos y las movió en el aire usando a la mujer de pareja un minuto hasta que, posiblemente por la falta de costumbre de que el ritual surtiera efecto, dejó perpleja un instante a la otra mujer con aliento a destilería cervecera, y en el descuido, avanzar unos metros moviendo sus hombros alejándose de su zona de caza.
Se apoyó en la barra, se quitó la chaqueta que puso en el taburete libre a su lado y, esperó que la chica de las bebidas se liberara de las demandas del otro extremo. Mientras tanto empezó a mover su cabeza al ritmo de la música. Parando su mirada en aquellas que saltaban abrazadas, otra que bailaba con los ojos cerrados contoneando su cuerpo como si no hubiera un mañana ante, posiblemente su pareja…el baile de la mantis religiosa…pensó. Sonrió a sí misma porque, a pesar de ya no gustarle mucho estos espacios bulliciosos en los que había pasado muchas horas de su vida diez años atrás, tenía que admitir que ver a la gente entregada a la diversión, ver sus rostros relajados, le daba cierto sentimiento de empatía que la hacía sentirse contagiada. Y el ambiente de aquel local era de esos que hacía mucho ya no existían. Incluso la música alternaba un nuevo éxito con otro antiguo, lo que hacía que el ambiente no decayera.
De pronto una voz le sorprendió por un lado de su cara.
La bargirl le hablaba.
La saludó y pidió un Smirnoff ice, sin vaso, en botella y bien fría.
La chica le sonrió dándole a entender que había escuchado su petición a pesar del ruido que las rodeaba.
Ella le respondió levantando su dedo pulgar.
En los dos minutos siguientes ya tenía su bebida en la mano junto a un pequeño plato con cacahuetes cortesía de la casa.
Le agradeció con un guiño mientras hacía otro sondeo a las chicas a su alrededor metiendo un par de cacahuetes salados en su boca.
En la pared frente a ella, sin previo aviso, empezó a verse los vídeos musicales de las canciones que iban sonando.
Desvió su mirada hacia la pantalla y fue viendo vídeo tras vídeo, alternando de echar un vistazo a su alrededor de vez en cuando, sobre todo cuando alguna risa o algún grito loco destacaba por sobre el volumen infernal de la música.
Habían pasado tres canciones, dos cumpleaños y una despedida de soltera, cuando se le acabó su bebida. Se giró hacia la barra dispuesta a pedirse otra bebida antes de salir de aquel lugar e ir en busca de sus amigos. Mientras esperaba por la bargirl jugaba con el culo de la botella haciendo círculos en la madera gastada y pulida, masticando los dos últimos cacahuetes.
De pronto, al otro lado de la barra, justo bajo una de las luces de las cercanías del bar, vio a una mujer de pelo largo. Tenía parte de su cabello tras de su oreja y parecía esperar por la camarera mientras mantenía su mirada perdida en alguna parte. Allí con los brazos apoyados en la barra era como una isla que ha naufragado en un mar de mujeres.
Vio como aquella chica bajaba su mirada. No sabía por qué le había llamado tanto la atención, pero su actitud no era la del resto de personas a su alrededor.
La contempló frente suyo, y permaneció así al tiempo que veía como alzaba su mano y limpiaba algo de su cara. Lloraba…pudo notar que levantaba sus manos alternándolas cada cinco segundo.
Un mundo se le movió dentro incapaz de apartar sus ojos de ella.
Empezaba a sonar One and One de Robert Miles, cuando la camarera interrumpió su visión colocándose delante suyo y luego apartándose al ver sus ojos dirigidos como hipnotizados hacia el fondo de la barra.
Percatándose de que la camarera esperaba su petición, desvió sus ojos el tiempo necesario para pedirle otro Smirnoff ice.
De repente, al volver a mirar frente a suyo, vio como la chica se limpiaba con ambas manos y que otra chica aparecía desde atrás y le decía algo que la hizo casi sonreír.
Era obvio que escondía sus lágrimas de su amiga, era obvio que estaba haciendo un esfuerzo para no ser notada. Una idea se le pasó por la cabeza y se dirigió a la bargirl que justamente le estaba colocando la bebida delante de ella.

La camarera se acercó a la mujer del otro lado portando en su mano una botella helada de la misma bebida de su otra clienta.
La colocó delante suyo y se le acercó para decirle algo.
Diana notó como ambas la observaba y la camarera la apuntaba con el dedo sonriendo, y un momento después ya atendía los reclamos de las demás peticiones que la asediaban por todas partes.
La chica de ojos llorosos y brillantes bajó sus ojos arrugando su frente. A Diana no le costó calcular, por empatía y por experiencia, que aquella mujer estaba interpretando su invitación como un modo de acercársele. Así que, cuando aquellos ojos volvieron a levantar sus parpados para mirar hacia ella, se limitó a sonreír levemente, negar con la cabeza y, con un gesto de un parpadeo, le alentaba a abandonar, al menos por un momento, todo aquello que pudiera estar pesándole tanto como para llorar en medio de aquella multitud.
Con algo de esfuerzo, le correspondió con algo parecido a una sonrisa mientras gesticulaba un “gracias” que Diana pudo leer en sus labios. La respuesta de su parte no fue otra que arrugar su nariz y dedicarle una sonrisa más abierta. Seguidamente alzó su botella en su dirección.
La otra bajó sus ojos a la botella, sintiendo, posiblemente una mezcla de sensaciones…sentirse descubierta ante una extraña, su gesto…su sonrisa.
Para cuando levantó los ojos de nuevo, dándose cuenta de que aquella acción la había pillado desprevenida, el lugar que ocupaba la mujer que le había invitado a aquella bebida estaba vacío.
Trató de buscarla por las cercanías del bar con su mirada pero fue inútil.
Miró la botella durante unos minutos, unos en los que solo ella sabía qué pasaba por su interior. Luego dio un sorbo de la bebida y se giró hacia el grupo de amigas que se mantenían ajenas a ella desde hacía rato.

Diana caminaba calle abajo, esquivando a la gente de camino a la plaza de San Benito, deseando encontrarse con sus amigos y pasar una noche que durara hasta la mañana..

El amor.
¿Puede traerte la diferencia de un desamor a una pérdida de fe el detalle de una desconocida? Porque si te devuelve la fe y no lo llamas amor. ¿Cómo llamarlo?
¿Puede ser algo tan poderoso que un gesto sin provecho y sin intención de una continuidad pueda iluminar la oscuridad?
¿Cómo llamar casualidad a algo que marca una diferencia en tu vida?
¿Qué te construye?
¿Qué te rescata?
¿Qué te deja hacerte sentir un náufrago en un mar oscuro?

Lo que no cuenta el amor 3

Melinda se sentó en una mesa próxima a un ventanal que daba hacia la avenida marítima. Desde el ático de aquel hotel, una de los más altos del centro, tenía una de las vistas más amplias de mar abierto, tan alto que parecía moverse como una masa uniforme.
Estaba nerviosa, con una sensación de nudo en el estómago que ni su experiencia como psicóloga podía ayudarla a combatirlo.
Cuatro años, cuatro largos años que se habían pasado sin darse cuenta, cuatro sin verla.
Y ahí estaba. Se había hecho con su número de móvil después de haber encontrado fotos juntas en un viejo y olvidado disco duro externo en el fondo de una vieja caja de cartón de su desván.
Las había borrado rápido para que Lisa no las encontrara, o dado el interés que ponía en su vida, quizás fuera más por no compartir con ella algo que, con el paso del tiempo había aprendido a apreciar más de lo que hubiese querido. Igualmente a veces borramos fotos como un símbolo de aniquilar a una persona de nuestra vida, como si no recordara cada trazo de cada imagen en la mente y a veces…más allá.
Miró la hora del reloj de su muñeca…las ocho y media. El sol empezaba a desaparecer por el horizonte tiñendo el cielo de un fuerte color fuego.
Su móvil sonó y por un instante temió lo peor.
La voz de Lisa sonó fría y rotunda
-Oye, ¿dónde está el informe de Claudia Jaén?
-Sobre mi mesa – respondió igual de fría y de concreta.
-Ok, te veo luego.
-Ok, nos vemos –acabó por decir dándose cuenta una vez más de que hacía bastante tiempo Lisa había olvidado esos detalles que un día la hizo enamorarse de ella.
De hecho, ni sabía que estaba allí ni la razón por la que había rebuscado en su pasado. Algo que en realidad ni ella misma sabía.

Ladeó su cabeza mientras hacía ese acto de contrición para consigo misma por haber permitido que su relación llegase a ese punto. Al mirar hacia la entrada vio por fin un rostro conocido.
Elena apareció con ojos curiosos recorriendo el espacio con sus ojos, buscándola.
Sonrió antes de que la descubriera y un momento después, levantó su mano para hacérsele notar.
Elena levantó un par de sus dedos y esquivó las muchas mesas ocupadas hasta llegar a ella.
Melinda se levantó para darle dos besos, quedándose con las ganas de darle un abrazo por haber venido, por estar allí…después de tanto tiempo.
Sintió su sangre arder por un instante cargada de adrenalina, hasta que Elena habló pidiendo disculpas por la tardanza, alegando que un concierto esa noche en la avenida tenía colapsada el tránsito por el tramo marítimo de la ciudad.
Verla allí, sentada ante ella, le trajo recuerdos que creía olvidados. Los hoyuelos que se le hacían al sonreír, su mirada que parecía que nunca tuviera prisa. A pesar de su pelo hasta sus hombros, los mechones que caían a ambos lados de su cara y su forma más formal de vestir, parecía ser la misma de siempre.
-Gracias por venir –dijo Melinda tratando de buscar un modo de dar el sentido a aquel momento que tanto le había inquietado durante todo el día.
Elena la miró y le hizo un guiño con su nariz en lugar de usar palabras.
Justo en ese momento un camarero vino a atenderlas
-Café solo, por favor –dijo Elena, mientras que Melinda pedía un nuevo capuchino señalando la taza vacía ante ella.
Cuando el hombre traspuso, Elena, reconociendo el nerviosismo de Melinda con sus ojos en el fondo vacío de su taza, trató de romper el hielo del instante.
-¿Qué tal todo? ¿Cómo estás? –dijo colocando ambos brazos sobre la mesa.
-Bien, no me puedo quejar –dijo tratando de ser convincente, haciendo un equilibrio entre ser formal o dejarse llevar y hablarle como a alguien cercano tal cual siempre la sintió.
-¿Sigues con la psicología?
-Sigo – y tras un silencio fue Melinda quien tomó la iniciativa.
-¿Cuéntame, qué tal de ti?
-Tengo una pequeña empresa de programación.
-Lo que siempre quisiste.
-Así es.
Tras un incómodo silencio, Melinda se sintió recuperar su valentía ante aquel rostro que le era tan familiar, como se recuerdan los rostros de quienes han compartido una relación hace tiempo. Tan cerca y tan lejos, tan conocido como desconocido.
-Quiero pedirte disculpas.
-¿Por?
-Por este tiempo sin mover ficha para comunicarme contigo. Por haberte apartado. Por la distancia – dijo sin preaviso.
Melinda la miró seria mientas cruzaba sus piernas y apoyaba una de sus manos en su barbilla.
-Bueno, más vale tarde que nunca…o eso dicen – dijo sonriendo tras aguantar la envestida de la otra mujer que fue algo que siempre la caracterizó y era algo que le había encantado de ella desde el primer momento.
-Me han dicho que estás con alguien –añadió Melinda mientras la miraba despacio tratando de leer en aquella cara familiar.
-Así es, Moni.
-¿Todo bien?
-Perfecto – siguió sonriendo sin poder evitar recordar el rostro de su chica que tanto le había animado a ir a aquel café -. ¿Y tú qué tal?
-Lisa y yo vivimos juntas desde hace tres años. Tenemos una consulta conjunta.
-¿Hola? ¿Otra psicóloga? Debe ser genial para ti ¿no?
-Sí, supongo que tener cosas en común siempre ayuda –dijo tratando de recordar aquellos tiempos con Lisa en los que habían más motivos para pasarse horas hablando que los silencios y desidias de ahora. Recordando los motivos equivocados que le habían hecho llegar a la persona errónea. Una persona con lo que hablar de trabajo se había vuelto la única comunicación que tenía. Aquella por la que su entrega le había hecho dejar atrás sus amigos, sus aspiraciones, una vida. Esas cosas irrecuperables que cambias al precio de una sola persona que te envuelve en su mundo hasta que te das cuenta de que no tienes más amistades que las suyas. Y no hacía falta ser muy estúpida para darse cuenta de que en caso de ir cada una por su lado, ella era quien más habría perdido…. Esa Lisa.
Elena, no pudo evitar darse cuenta de que aunque Mel trataba de dar su respuesta lo más fielmente posible, su rostro tenía cierto halo de nostalgia por algo perdido.
Luego la otra mujer cambió su rostro tratando de esconder un secreto que sólo las personas que te han llegado a conocer como Elena la había conocido, podría descifrar.
-¿Y Moni?¿Es programadora?
-¿¡Programadora Moni?! – exclamó Elena sonriendo abiertamente y arrugando su nariz -. Moni es de las que se pelea con las aplicaciones de su móvil…y ganan las aplicaciones.
Ambas rieron al comentario.
-No, es profesora de Inglés.
-Horror. ¿Trabaja con niños?
-Peor…¡adolescentes! – dijo abriendo mucho los ojos para dar énfasis en la palabra -.Es profesora de instituto. En ese preciso momento el móvil de Elena sonó.
-Disculpa – dijo -.Hablando del rey de Roma….
Melinda sonrió y con un lento parpadeo de sus ojos le quitó importancia de que contestara a una llamada de su chica.
-Dime honey…-Sí, todo bien….-Cuidado por el centro que esto está al competo… -¿A Boliche? No hay problema, yo lo saco en cuanto llegue…..-Ciao, nos vemos esta noche.
Melinda veía el brillo en la mirada de Elena. Era la definición de una mujer feliz, a gusto con su vida. Escuchando y empatando las respuestas con las posibles contestaciones de Moni, miró su móvil de reojo…su silencioso móvil.
Ya era bastante duro recordar que aquello que tuvo había sido lo que siempre había querido, como para sumarle que tenía que confesar que le habría encantado ser Moni en esos momentos. Por varios motivos, por un lado le hubiera gustado apreciar lo que tuvo antes de perderlo y que ahora fuera demasiado tarde incluso de recuperar aquella complicidad que extrañaba. Y por otro, a que viendo a escena de ellas dos, recordaba qué era lo que siempre había querido…
Quería esos detalles que te hacen feliz completa al final del día, un mensaje, alguien que te apoyara y no alguien que hiciera poco a poco de sus sueños un castillo de naipes al antojo de un golpe en la mesa y una puerta cerrada en su cara.
Sin embargo, en su fuero interno, era feliz de ver a Elena así, con total sinceridad y con todo su corazón, sabía que aquella mujer se merecía alguien que la hiciera sonreír como ahora sonreía segundos antes de finalizar la llamada.

Viendo como Elena colocaba el móvil sobre la mesa y daba un sorbo a su café, ella levantó sus ojos tratando de esconder esa tristeza que la invadía sin razón aparente. Así que disimuló con su mejor intento.
-¿Boliche? –dijo sonriendo y apoyando la barbilla en su mano en la barbilla.
-Nuestro labrador. Moni le llamó Boliche porque cuando era un microbio no se le veía ni las patas. Decía que un día de estos lo llamaríamos y aparecería rodando… Y Boliche se quedó.
Melinda sonrió con una sonrisa abierta que le hizo que Moni pareciera una de esas personas que le caía bien solo de oír hablar de ella.
Elena miró su reloj un instante y disimuladamente
Cuando levantó sus ojos se tropezaron con los de la otra mujer.
-Es Boliche, tengo que ir a casa y sacarlo antes de reunirme con Moni en una fiesta de despedida a una de las profesoras sustitutas que han destinado a Mallorca.
Melinda no dijo nada, pero de alguna forma que el fin de esa hora que había pasado allí sentadas, ya tuviera un final definido, le hizo sentirse casi dolida.
Era fácil estar con Elena, siempre lo había sido. Había querido contarle muchas cosas, sin embargo se tragó su egoísmo de acabar hablándole de sí misma, contarle cosas que sabía que ella entendería como nadie, y en su lugar se sentía afortunada de haber pasado aquel buen rato con ella.
Elena, la observó mientras ella tomaba el sorbo de café. Quizás hacía ya mucho tiempo que no se veían ni tenían contacto, pero aún era capaz de reconocer el libro abierto que eran los ojos de Mel. Sabía que algo no estaba bien, pero le resultó muy atrevido preguntarle qué le pasaba. En su lugar trató de hacer que aquella cita le pareciera un principio si así lo decidiera. Que después de esa podrían quedar alguna otra vez. Que no le tenía rencor por nada, que de no haber sucedido lo que había sucedido no habría conocido a Moni. Que hacía tiempo que no se cuestionaba las causas porque las que a veces sucede lo que sucede. Que le gustaría verla sonreír como solía hacerlo, porque Mel tenía una de esas sonrisas que iluminaban un cuarto sólo con entrar y la mujer que tenía frente a ella….era como una mujer que se busca porque ya se ha olvidado casi de quien había sido.

Durante diez minutos intercambiaron mails, sus direcciones, repasaron la vida de algunos de sus amigos en común. Hasta que, de repente, la noche había entrado con todas las de la ley. Sólo se veían las luces de las calles, la iluminación de la costa, a los lejos las parpadeantes luces de algún navío, y unas pocas estrellas iluminaban la oscuridad por encima de las candilejas de aquel cielo.
Pagaron al camarero y bajaron la escalera hasta el piso inferior.
Allí, un grupo ensayaba su sonido, preparándose para convertir en una pequeña sala de fiestas aquella sala en la planta inferior de la cafetería, que por el día era un restaurante.
Algunos camareros ayudaban a apartar algunas mesas para dejar un espacio libre frente al pequeño escenario en el que una chica de pelo rizado y oscuro hasta su cintura, vistiendo un traje negro de talle estrecho y que dejaba ver una apertura a un lado que llegaba a medio muslo, dejando ver su piel brillante y bronceada, daba las últimas instrucciones a los técnicos de sonido.
-Vamos chicos….Un dos Tres…
La música empezó a sonar justo cuando Melinda y Elena atravesaban la improvisada pista de baile.
El sonido del órgano hizo que Melinda se parara en seco a un borde a pista. A Elena no les costó reconocer la canción, era una de las favoritas de la otra mujer. Se quedaron a esperar la entrada de la voz de aquella mujer. Cuando su voz sonó, Melinda abrió los ojos y puso cara de sorpresa. Sonaba So Sorry, I said, y la voz de aquella chica no desmerecía para nada la de Liza Minnelli.
La canción más triste del mundo, cantada por una de las voces femeninas más carismáticas del universo….recordó Elena lo que solía decir Melinda de esa canción.
Melinda empezó a seguir el ritmo con su cabeza, y como siempre que escuchaba esa canción, los ojos se le empañaban sin control. Mientras, las luces se atenuaban y focos de colores parpadeaban alternándose creando un ambiente de esos que te dejan ver a ratos a una persona como si de ella emanara luz, y a ratos perderla de vista dejándola en una sombra atenuada en la oscuridad.
Elena sonrió de que hubiera cosas que no cambiasen pese a quien pese, pase el tiempo que pasase.
Sintiendo que no podría ayudarla con lo que quiera que mantenía su alma apagada pero sintiéndose capaz de hacer algo por ella, se puso ante ella y con una reverencia y extendiendo su mano con una sonrisa cómplice, la invitó a bailar.
Mel, sonrió moviendo la cabeza en negación, pero ante su insistencia, accedió a tomar aquella mano.
La mirada de la cantante se fijó en ellas sintiendo eso que sienten los cantantes cuando logran que a alguien le llegue su música. Seguro estaba ante uno de esos momentos en aquella sala vacía, con aquellas dos mujeres en aquella pista desierta, en la que había una historia…y se sintió la banda sonora de aquel instante. Sonrió y puso su mejor cuidado en cada nota, dedicándoles la canción.
Con un movimiento de mano dio instrucción al técnico de iluminación que las enfocaran un foco de luz amarilla. Mel no cabía en su asombro, en algún lado de la vergüenza y sentirse viva como hacía tiempo que no lo hacía. Todo aquello era algo tan inusual, casi sub real, y la sonrisa de Elena, como si fuera lo más natural del mundo. Elena colocó una mano en su cadera y extendió la otra marcando la postura. Con reticencia, Mel colocó la suya en su hombro y unió su otra mano con la de ella.
Cuando dieron unos primeros pasos y ya iban al compás.
Elena notando que Mel era incapaz de mirarla, posiblemente metida en aquella música o quizás lejos de ella, soltó su mano y la unió ambas manos a su cadera. Eso hizo que Mel metiera su cara en su cuello, por encima de su hombro.
Elena sonrió de sentir como la otra mujer ya movía sus pies como consciente de la música, mientras que Mel cerraba sus ojos, y sencillamente disfrutaba de una magia con el olor familiar de un pasado que le venía a rescatar de su presente, y no se trataba sólo del aroma de lo fácil que era ser feliz, sino del recuerdo de un recuerdo de sí misma.
Elena la dejó ir para dar un giro y ver, por un segundo, la sonrisa que recordaba en ella. Satisfecha la volvió a abrazar a medio minuto de acabar la canción.

Cuando la música cesó, se sonrieron sin soltarse de las manos y, ante la mirada de la cantante, se giraron y le dedicaron un aplauso con una gran sonrisa.
La mujer agradeció su gesto aplaudiéndolas a ellas, con el consecuente sonido estridente del micro en su mano. Elena levantó su pulgar antes de empezar a avanzar hacia el ascensor y Mel imitó su gesto.

En el hall del hotel se despidieron. Se dieron dos besos y sin promesas, se invitaron a verse alguna otra vez. -Dale saludos a Lisa –dijo Elena.
-Tú lo mismo a Moni – le respondió antes de empezar a caminar a la calle paralela a la alameda, por donde el sonido estridente de alguna banda de rock se dejaba escuchar.

Melinda caminaba despacio con sus manos en el bolsillo, con su bolso en su hombro apretado bajo su axila, con una sonrisa en sus labios y tristeza en sus ojos. Estaba claro que la canción más triste del mundo, ahora le traería, cada vez que la escuchara, una sonrisa de dentro hacia afuera y de afuera hacia adentro.
¿Podría ser que hubiera olvidado la magia?
¿En qúe momento se había conformado con menos?
¿Cómo deshacer lo que se hace si ya no te reconoces en aquella inmadurez que te hizo caer?
Desde luego, aquella cita esperaba que la sacara de sus miserias. No era feliz y estaba claro que buscaba la forma de recordar cuando lo había sido por última vez.
Cogió su móvil antes de poner su coche en marcha y escribió en un whatsapp con la foto de Lisa sentada como una profesional ante la mesa de su despacho: Tenemos que hablar.

Lisa lo recibió en medio de una cena con unos clientes, y a pesar de la seriedad que guardaban esas palabras, no parpadeó ni dejó de hablar sobre el presupuesto que pedía para que su consulta se convirtiera en la oficial de los empleados del ayuntamiento.

El amor.
¿Qué tiene la felicidad que los que la procuran la buscan y los que creen en ella la encuentran? Hay momentos que se viven porque sacan de uno algo que tenías dormido; sensaciones, emociones que nos vienen de alguna parte que nos marcan qué encontrar, reconocer cuando se encuentra… aunque ni seamos conscientes porque es algo que el amor no suele contar.
El amor no se olvida, respeta el olvido, espera en una esquina hasta que te tropiezas con él porque habías olvidado donde lo habías colocado.
Y sí, si puede ser esa verticalidad infinita de un recuerdo….¿por qué no?
Un amor imposible, callado…
Siempre me ha sorprendido cómo se suele colocar esas dos palabras juntas…amor…imposible.
¿Acaso los perros maúllan? Si ya es amor ¿qué es lo imposible? ¿Y de verdad llamamos silencio a no decir una palabra mientras que cada poro de la piel grita su presencia en ti?

Sobre el Autor

Genix

Amo el mar, los días soleados tumbada en la arena, pasear por la orilla en las noches cálidas. A veces me voy a mi propio mundo, escribiendo hasta conseguir sentirme una espectadora en las realidades que invento. Si te gustan mis intentos de ser una aprendiz de besar con palabras puedes encontrarme en mi página de Facebook

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