Como si nunca hubiera empezado

Serví la cena sobre la mesa. Sentía hambre, también muchos nervios. No quería asustarte. No quería asustarme. Cenamos bien. Me pusiste al día de tus expectativas y yo hice lo mismo. Mis temblorosos dedos poco a poco se acostumbraban a tu cercanía. Al acabar, te levantaste, me tomaste de la mano. Salimos al porche con nuestras copas de vino, a ver el bosque de noche. Busqué a propósito la soledad: una casita de madera en medio de la nada, sin vecinos, sin visitas inesperadas, sin ruidos urbanos… El lugar perfecto para tenerte para mí sola.

Cuando entramos, la oscuridad se adueñaba de la habitación. La luz de las bombillas era muy tenue, lo suficiente para enternecer la velada. Para crear ambiente. Me pusiste las manos sobre los hombros y yo dejé resbalar las mías por tu espalda. Vi muy cerca el desastre y solté la copa. En vez de devolver la mano a tu cuerpo, la introduje en tu pelo, desordenado. Siempre me ha gustado tu estilo caótico. Es casi anárquico. Al sentir ese desorden, mis dedos dejaron la timidez para otra ocasión. Cuando nos besamos, me puse de puntillas.

Vi la travesura en tu cara. Soltaste la copa y me llevaste hasta el rincón secreto de la cama.

Con gracia, te deshiciste de las botas y después los pantalones. Diste un paso para salir de tus prendas y, acto seguido, me besaste. En parte me lo esperaba y en parte no. Me dejaste sin aliento. Quise seguir asfixiándome por ti. Manejabas tu cuerpo con absoluta libertad. Tu cuerpo, tu libertad. Tenía vértigo de cómo me hacías sentir. Acabaste de desnudarte. Comprendí que lo hacías por completo, arrastrando la piel junto con las prendas. Dijiste algo, no recuerdo qué, ya no me quedaba sangre en la cabeza. Contemplé tus esbeltas piernas, tostadas por el sol, reptando sobre el colchón, y las seguí, admirando de paso el resto de tu cuerpo.

Te colocaste sobre mí. Besándome, no te costó encontrar mi zona más profunda. Con una mano de perfumada y fina piel, bajaste hasta mi sur, encharcado de placer. Una tierra húmeda, la mejor zona para sumergirte.

–Me encanta saberte excitada –te susurré. Me miraste sonriendo. Esa fue tu respuesta.

Adoraba que no dudases a la hora de elegir la postura de nuestro juego. Tan preciosa. Tan imposible. Sentirte era magia. Y tú, una deliciosa maldición. A las dos nos encantaba enredarnos con besos eternos mucho rato. Besos inagotables, voraces, insaciables.

–Te quiero –comentaste, interrumpiendo tu recorrido hacia mis curvas más prohibidas.

Sabía que bromeabas. Que lo decías en otro contexto. Que me querías, pero solo físicamente. Yo también te quería, de más maneras. Tenía la esperanza de que me quisieras, amándome. Anhelando esa creencia y hechizada por tu seducción, acabamos muriéndonos de éxtasis con cada caricia regalada.

Gastamos nuestros cuerpos y, recostadas juntas, nos fuimos calmando, inhalándonos mutuamente.

Qué conjunto tan precioso formabas con el mundo. ¿Lo sabías? Un mundo repleto de tonalidades: negro azulado de la noche, dorado de tu piel, el marrón del pelo y el blanco de la luna. Lástima que yo fuera ciega a los colores por tu culpa.

Permanecí en vela, viéndote dormir, incapaz de hacerlo yo. Oía ruidos extraños por todas partes. Pensaba en el más extraño de todos: tu respiración. Te besé mientras soñabas, sintiendo el milagro de tus labios, para poder conciliar el sueño.

No descansé. Me desperté entumecida y agotada. Demasiadas emociones juntas.

Me puse un jersey y abrí la puerta. Aún amanecía. La brisa era espesa. Todo estaba mojado; yo ya no. Había llovido durante la noche, lo normal en otoño. Me volví desde el umbral para mirarte. Aún dormías. Te observé un momento, de esos que son tesoros. Tú eras un tesoro inasible, como un comienzo para que ocurra algo a continuación. El principio de una historia que nunca dejaré de contar, porque das para eternizarla de mil maneras diferentes. Quisiera retenerte junto a mí, pero no puedo. Te marcharás. No se puede sujetar algo tan libre como tú, tesoro.

Fui a despertarte con café recién hecho, tostadas con mermelada y fruta. Me saludaste, medio adormilada. Tus movimientos eran lentos y torpes. Tropezaste con tus propios pies y casi caes. Eras entrañable cuando te lo proponías. Envolviste tu somnoliento cuerpo con mi chaqueta. Saliste al porche y pude apreciar cómo temblabas bajo el madrugador sol de finales de año.

Recuerdo el perfume de tu piel. Y su tacto, tan suave como un susurro.

–Pequeña, pronto será de día. Tengo que marcharme.

Retrocedí, devanándome en hebras de emoción, como alguien enmarañado.

–¿A dónde? ¡¿A dónde vas?! –pregunté.

Ella se encogió de hombros.

–Aquí cerca, allí lejos… Ni tan cerca, ni muy lejos. Y según sople el viento, a cualquier otro lugar.

Y yo, como la eterna idiota que soy, dejé que te marcharas, convenciéndome de que algún día volverías. Nos dimos dos besos y ahí acabó todo, como si nunca hubiera empezado. Hasta la próxima, Mimi.

Despacio

Profundiza en mi mirada.

Pero hazlo despacio, encanto;

puede que aún siga con vida.

Puede que vuelva a enamorarme de ti.

Puede que nos hagamos daño de nuevo.

Rock and Reggae

¡Qué sorpresa cuando me dijiste que te encanta el rock and roll! Se te ve tan delicada y grácil… Como si a las personas como tú no pudiera gustarles el estilo musical más puro que existe.

Me asombré de mi propia comparación, avergonzada. Y deduje que eres maravillosa, única.

Y yo me he vuelto a aficionar al rock, dejando el reggae para cuando no estés. Así tendré algo de qué hablar contigo.