Escrito por: Arcadia:

«Soy de ideas fijas. Vivo en la meseta norte española. Llegaré muy pronto a la cuarentena, así que me voy resignando. Vivo en pareja desde hace un buen montón de años, y que vaya tan felizmente como hasta ahora. Me encanta el cine (sobre todo el clásico), la buena literatura y las historias bien contadas.»

¿Qué pasa cuando un beso es demoledor? ¿Y qué sucede cuando una chica que se pensaba hetero se besa con otra chica y resulta que el beso es como para perder el sentido? Pues que se desorienta y empieza a indagar sobre cuál es su orientación sexual.

Jess llega a un Café muy femenino (a juzgar por la clientela y el personal de barra) y con las mesas llenitas de revistas también de chicas. Espera a Alex y juntas toman un café. Por parte de Alex, la cita parece “aclaratoria”: lo que ella teme es que Jess se haya hecho una idea “equivocada” de la situación. Porque, ¿Quién no se ha besado ardientemente con otra mujer dos días antes de su boda? Esta aparente contradicción esconde, desde el punto de vista de Alex, la cosa más normal del mundo.

Jess se apresura a tranquilizarla. No pasa nada. A fin de cuentas, dice, “¿Qué es un beso entre amigas?”. Y añade: “Si no hubiese tenido amigas con quien besarme, estaría muy sola en estos momentos”. Oh, ¿Es de veras así la vida escolar en el Reino Unido? ¿Un paraíso de chicas besuconas? ¡Qué pena, penita, pena, no haberme pedido una Beca Erasmus para estudiar un añito en el Paraíso!

Y, como Jess es una mujer con un sentido del humor picantuelo, bromea: “Sólo me he hecho un tatuaje pequeñito con tu nombre”. Alex se queda pasmada, ante el regocijo de Jess, que aclara: “Estoy bastante segura de que puedo quitármelo”. Al fin, Alex le pilla el punto a la broma y sonríe también toda aliviada. Con el ambiente ya tranquilizado, Jessica continúa interrogándola sobre sus planes de cara a la despedida de soltera que se avecina. Por lo visto, su futura esposa sí que se la ha organizado con unos amigos de la Universidad y ni siquiera está en la ciudad. Alex, en cambio, ni ha pensado en tal evento. Jess exclama escandalizada: “¿En tu noche de despedida de soltera? ¡NO! ¡No hay forma de que escapes de esto!” Y la invita a cenar. Bueno, no es que exactamente la “invite”, dado que piensa cargar la cena en la cuenta de sus servicios.

Así que Alex y Jess salen a cenar juntitas. Y esto, aquí y en Pekín, huele a peligro. Porque si juntamos los ingredientes despedida de soltera + beso previo + Jess con curiosidad lésbica + novia que no sabemos de qué va, nos sale un potaje de difícil digestión, sobre todo para Lisa (la otra contrayente).

Jess ha quedado para comer antes de la faena con sus tres superamigas, a quienes confiesa que es su irrevocable intención seducir a Alex porque el besuqueo le hizo más mella de lo que confesó y porque le parece un territorio de exploración interesante. Trudi no es partidaria de que se meta en medio de una pareja a punto de casarse. Siobham, con la mente dirigida por sus problemas matrimoniales, disculpa la iniciativa por la necesidad que ella misma siente de buscar un escape infiel. Añade, además, que a veces las parejas necesitan probarse. Y, para rematar, concluye que la única culpable del estropicio de pareja sería quien se va a comprometer y nunca quien se mete por medio. Alentada por estas teorías que la exoneran de cualquier responsabilidad, Jess se pasa el resto de la tarde leyendo una revista sobre sexo lésbico (“The New Lesbian Sex Guide”). Quiere documentarse.

Estarán de acuerdo conmigo en que muchas veces una cena sirve para mucho más que simplemente cenar (aunque la comida esté muy rica). Jess está contando una anécdota al parecer graciosísima sobre un tío que quería que le montara una escena lésbica para su solaz, o algo parecido. Ambas se ríen muchísimo, y de repente, Jess sorprende una mirada de Alex disparada directamente contra sus ojos. Le cambia la expresión, mientras pregunta un poco sobresaltada en qué piensa. Ah, nada, disimula la novia, sólo estaba reflexionando sobre lo bonito que es el local. ¡Ya, y yo me chupo el dedo y no me percato de los ojitos que le estás echando a la organizadora de eventos! Oh, creo que Jess me ha leído el pensamiento y tampoco se traga la excusa de tan sugerentes miradas. “Estoy para servirte”, declara insinuante mientras devora una frutita. A partir de ahí, ambas se dedican al noble deporte de tirarse los tejos con reciprocidad. Es más, Jess considera casi una obligación de toda novia flirtear en su noche de despedida de soltera.

“¿Cómo es que has llegado a esta edad sin acostarte con ninguna mujer?”, pregunta curiosa Alex. Toda vez que a muchas heteros les parece increíble que una lesbiana lo sea sin haber probado nunca con ningún hombre, la pregunta me parece correcta, porque plantea el problema justo desde la dirección opuesta (¿Cómo una mujer es hetero si nunca probó con otra mujer? ¿Cómo sabe que es hetero y no lesbiana?). Y con el historial de Jess, la verdad es que parece mentira que nunca se haya metido en cama con mujer alguna, dada la alegre libertad y frecuencia con que visita los lechos ajenos.

Jess explica su falta de experiencia sexual con mujeres porque no se ha sentido nunca atraída lo suficiente por ninguna…..hasta justamente ahora. No hay nadie en este mundo que con estas miradas y estas frases no vea claramente que le están echando los tejos a lo bestia. Y Alex no está en la luna.

Muchas veces el flirteo lleva adheridas peligrosas consecuencias. Jess conduce a Alex a su casa y, presa de alborotados nervios, ofrece todo tipo de copas y bebidas de las que está provisto su mueble-bar y cocina. La novia está sorprendida por la reacción de semihisterismo de Jess. ¿Que por qué está tan nerviosa Jess, experimentadísima como es en las lides del amor? Pues porque nunca ha plantado sus banderas en el campo de batalla del sexo entre mujeres y, como ella misma declara, es como si fuera a perder la virginidad otra vez. Y, dicho esto, se lanza con fiereza contra Alex y le plantifica un beso con empujón que la sitúa de golpe contra la pared. Allí acorralada, la novia frena la ansiosa embestida de Jess. “Para ser la primera vez, vas un poco deprisa”, exclama. Jessica comprende que, en tales circunstancias, es mejor dejarse hacer. Y Alex, con inteligente lentitud, comienza a demostrar a Jess que ella sí que sabe lo que se trae entre manos.

Hay asignaturas en las que de poco vale dejarse los codos estudiando y estudiando. Nada como una buena clase práctica para aprendérselo todo de una vez. Jessica pronto se percata de lo inútil de tanta documentación, y que es muchísimo mejor atender a las explicaciones de una docente experimentada. Así que se sorprende y fascina una y otra vez con las desconocidas delicias que se ha estado perdiendo hasta el momento. Opino que, vistos el interés y aprovechamiento que ha demostrado, no va a tener problemas para aprobar esta materia en la primera convocatoria (es posible que incluso saque buena nota).

A la mañana siguiente. Jess despierta bajo la mirada atenta de Alex, que la coge de la manita. Ambas sonríen, pero en la novia descansa una cierta tristeza. Declara que el acostamiento pre-conyugal le ha sido satisfactorio. Jessica dice que si tan gozoso ha sido el encuentro, no hay por qué no repetirlo y así seguir con la diversión por tiempo indefinido.

No. Tenemos que dejarlo. No podría hacerle eso a Lisa. No una vez que estemos casadas. Aunque no lo estemos aún.

Jessica interpreta estas frases de acuerdo con el significado que desearía que tuvieran, y no el que realmente tienen. Cree que Alex está dejando abierta la puerta a una relación con ella, siempre y cuando siga siendo una mujer soltera. Pero la verdad es que Alex no quiere seguir adelante, con boda o sin ella. Aunque se le nota el disgusto, Jess encaja bien la decisión de Alex y se despide provisionalmente de la casi-recién-casada que, con muy buen juicio, abandona la estancia porque no quiere llegar tarde a su propia boda. Y cuando ambas se despiden, ese “adiós” es como navaja de dos filos: para Alex significa “Nunca más” y para Jess “Adios, te veo luego en la ceremonia, que para eso la he organizado yo”.

En el cóctel de la boda, Jess mata la espera consumiendo cuanto chupito le pasa por delante. Por fin llegan las novias y, con la espontaneidad que da la alegría etílica, susurra al oído de Alex: “Te comería entera”. La recién casada huye despavorida hacia otro extremo del salón, para evitar que su cónyuge escuche tan inapropiadas expresiones (que seguro la pondrían sobre la pista de la razón por la que siente cierto peso en la frente). Pero como no ha oído nada, achaca la extraña conducta de Alex a “los nervios de la boda” y se queda tan feliz.

Justo antes de partir la tarta, Alex decide hacer un pequeño discurso y declara rotundamente su amor por su flamante esposa.

Me gustaría daros las gracias a todos por venir. Y también me gustaría decir unas palabras sobre…bueno, mi….¡esposa! Lisa no sólo es atractiva. Es inteligente y sincera y es la persona más afectuosa que conozco. Y soy muy feliz porque haya aceptado pasar el resto de su vida con alguien como yo. Y estoy completamente enamorada de ella.

A Jess se le van llenando los ojos de lágrimas y, cuando las novias se besan, no puede más y se larga no sin antes suministrarse otro trago.

Despechada del todo, Jessica fuma, bebe y lanza una arenga a una invitada que pilla por banda sobre lo poco que le gustan las bodas, que a fin de cuentas (defiende) son una “estupidez” y un mero “ritual pagano”. Y sigue despotricando ante la sorprendida invitada, que no puede por menos de expresar que le desconcierta un poco que muestre tanto ímpetu en desacreditar ceremonias que ella misma organiza. Ella no da más de seis meses al matrimonio recién inaugurado, porque finalizado ese plazo se van a disputar hasta “el puto gato”, según su teoría. Lo que pasa es que la repudren los celos y la frustración, porque debía pensarse que Alex dejaría a su mujer por un polvo maravilloso. Y se amorra a una botella de champán hasta que se la termina, con clara vocación de acabar con una curda de las de mejor no acordarse.

En éstas, la invitada ha visto claro dónde le aprieta el zapato a Jess. Le echa un ojo, la considera apetitosa y una verosímil pieza de caza. Así que se lanza al ataque y sigue a su presa que se encamina veloz hacia la barra para conseguir más bebercio. Comienza la competición a tequilas. Cuando van por el tercero, la invitada no quiere seguir. Jess otea a Alex cerca y decide que si no puede suministrarle un buen beso a ella, tiene una sustituta ideal justo enfrente. Así que se arroja contra su compañera de juerga etílica y la achucha con ardor, incluyendo un fogoso morreo con exploración completa de la cavidad bucal hasta la misma campanilla. El tonto plan de Jess es despertar los celos de Alex que baila felizmente con su esposa cuatro metros más allá.

Y era fácil de predecir que ya iban siendo demasiadas copas. Jessica sale corriendo con urgencia hacia los servicios y vomita con estrépito y disgusto. De nada sirve el comentario jocoso de la invitada cuando Jess termina de devolver hasta la papilla (“Generalmente provoco este efecto en las mujeres”). Muy afectada y aún bajo los efectos de varias copas de más, Jessica explota en llanto y dice: “Siempre lloro en las bodas”. Olvida añadir: “especialmente en las de quienes me acaban de romper el corazón”.